En el cementerio de Highgate, mientras finalizaba el invierno londinense de 1883, Federico Engels, frente a la tumba de su amigo y camarada, describiría a Karl Marx como el pensador más grande de su tiempo que “fue, ante todo, un revolucionario”. Esa breve, pero contundente descripción, alejada de un personaje destinado a estatuas o bibliotecas universitarias, refleja la verdadera vida de un hombre que combinó una capacidad de trabajo teórico inmensurable con una enorme pasión por la política, los debates encendidos y la agitación social. Un día como hoy, hace dos siglos nacía, en la antigua ciudad de Treveris, a orillas del Río Mosela, y su vigencia es incuestionable.

En 1835, con tan sólo 17 años, cuando marchaba de su ciudad natal para comenzar sus estudios universitarios en la ciudad de Bonn, “el Moro”, como le llamaban, escribiría que la guía que debe dirigirnos a la hora de elegir una profesión es el bienestar de la humanidad ya que sólo se logra la perfección personal trabajando para el bien común. Esa guía que luego se traducirá en su famosa Tesis 11 sobre la necesidad de transformar el mundo, no sólo comprenderlo, lo acompañó durante toda su vida, desde sus primeros escritos periodísticos en la Gaceta Renana en 1842 hasta sus largas horas de estudio de la Economía Política clásica en la Londres victoriana, luego de exilios obligados que lo llevaron por Paris y Bruselas en la más absoluta pobreza.

Junto a su compañera Jenny Von Westphalen, proveniente de una familia noble y adinerada, a quien Marx le dedicaría tres libros de poemas durante su estadía en la Universidad de Berlín, enfrentaron situaciones económicas y políticas, por momentos desesperantes. Debiendo empeñar todas sus pertenencias, endeudándose o pidiendo prestado a amigos y siendo embargados por caseros, que hasta se llegaron a llevar la cuna de uno de sus bebés, la familia Marx atravesó años de exilio en la miseria, que le costaron la muerte de tres de sus hijos, uno de ellos a sus 8 años, ya instalados en Londres, debido a una tuberculosis intestinal agravada por mal nutrición.

Este hecho afectó profundamente a Marx, quien solía dedicar mucho tiempo a pasear con sus hijos e hijas e inventarles historias y cuentos. A pesar de las condiciones económicas en las que vivían, su hija menor, Eleanor lo recordará como “el ser más alegre y jubiloso que haya existido”.

Allí en el barrio Soho, en el centro de Londres, con sus calles repletas de exiliados políticos y mendigos, con brotes de cólera y olores nauseabundos por la falta de cloacas, en un pequeño piso de la calle Dean Street sin agua potable y con algunos pocos muebles viejos, rodeado de libros, papeles y juguetes de sus hijas, Karl Marx comenzaba a escribir esa “mierda económica” como él mismo la llamó, que debía entregar en cinco semanas, pero que le llevó 16 años terminarla y se publicó bajo el nombre de El Capital.

Las demoras en finalizar los escritos y las enfermedades y erupciones que lo acosaban cada vez que se acercaba una fecha de entrega serían una constante en su vida, pero la finalización de esa obra cumbre de su pensamiento significó una verdadera pesadilla. Era el fruto de muchos años de trabajo dedicado al estudio y escritura, con jornadas de 12 horas diarias, en las que sólo descansaba para jugar con sus hijas, leer alguna novela y comer algo. Tiempo de trabajo que debió ser reducido a partir de 1864 cuando comenzó a militar y dedicar buena parte de sus días a la conformación de la Asociación Internacional de Trabajadores, a través de la cual pretendía alcanzar la unidad de la clase obrera de todos los países en una lucha común contra la burguesía.

Durante aquel tiempo de trabajo intenso, Marx respondía cartas de trabajadores de todo el mundo, así como recibía visitas constantes de revolucionarios y exiliados en su casa, leía periódicos y continuaba sus estudios alternando lecturas de economía con los últimos descubrimientos en biología, química y otras ciencias, al mismo tiempo que estudiaba de manera autodidacta diversos idiomas.

En esa ardua tarea contaba con la ayuda constante de su compañera, Jenny, y sus dos hijas más grandes, quienes ya comenzaban a interesarse por los estudios y por la política y lo ayudaban a transcribir su ilegible letra y a traducir algunas epístolas.

Como militante revolucionario que era, Marx describió a El Capital como un misil lanzado contra la burguesía. Ese misil, que aún hoy sigue siendo útil para analizar la realidad del capitalismo y que continuará siéndolo en la medida que continúen existiendo las condiciones que le dieron vida, no implicó para Marx una mejora en sus propias condiciones económicas en absoluto. De hecho, años después le dirá a su yerno Paul Lafargue, casado con su segunda hija Laura, que El Capital no pagaría todo el tabaco que se fumó escribiéndolo. Su vida cotidiana sólo mejoró un poco gracias a la ayuda de su amigo Engels, quien constantemente intentó paliar los apremios de la familia para que Karl se pudiera dedicar a su trabajo.

A lo largo de toda su vida, Marx supo combinar la dedicación teórica y el estudio interdisciplinario de la sociedad en la que vivía con una fuerte convicción de la importancia de la organización y unidad política de los trabajadores para transformar esa sociedad. Esa es quizás una de sus mayores enseñanzas.

La vigencia de su obra, su capacidad para comprender la crisis actual del capitalismo, la creciente desigualdad que ha generado el neoliberalismo, las nuevas formas que adquiere la lucha de clases, así como las consecuencias ambientales del avance del capital sobre los bienes comunes, nos sirve como herramienta para la comprensión de la realidad, pero sólo podremos transformarla si tomamos su ejemplo como militante político de la causa de los trabajadores y trabajadoras del mundo.

A 200 de su nacimiento, Marx sigue vivo y lo seguirá en la medida en que exista la explotación y la lucha de clases.

 

       

Fuente: Damiano Tagliavini/Notas

Frases

“No es entonces mera retórica nuestra bolivarianidad. No. Es una necesidad imperiosa para todos los venezolanos, para todos los latinoamericanos y los caribeños fundamentalmente, buscar atrás, buscar en las llaves o en las raíces de nuestra propia existencia, la fórmula para salir de este laberinto”.

Hugo Chávez Frias

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