En Siria, nación árabe con una guerra a cuestas que ya sobrepasa los seis años, el conflicto armado amainó este 2017 gracias a las victorias del Ejército y sus aliados frente al grupo terrorista Estado Islámico o Daesh (por su acrónimo en árabe).

A esos éxitos se unen, entre otros factores, la instauración de cuatro zonas de distensión en diversas partes del país, lo cual allana el camino hacia la solución pacífica del conflicto armado en este territorio levantino.

Los triunfos alcanzados por las tropas castrenses, con el apoyo de Rusia en las provincias de Alepo y toda Deir Ezzor -dígase la ciudad homónima, Al-Mayadeen y Al-Bukamal-, propiciaron que algunos Estados de Occidente incluso reconocieran que las tropas leales al presidente, Bashar Al-Assad, ganaron la guerra.

Sin embargo, aún en el campo de batalla quedan remanentes de agrupaciones terroristas y formaciones opositoras que de cierta forma las apoyan, con el concurso de las fuerzas militares de Estados Unidos.

Tras vencer a los extremistas del Daesh en Deir Ezzor, las huestes gubernamentales tienen el reto de enfrentar a otras bandas terroristas como el Frente para la Liberación del Levante (otrora Al-Nusra).

La agrupación radical concentra sus elementos en la norteña provincia de Idlib y en algunas zonas sureñas.

Al Nusra está presente también en Ghouta Oriental, al este de Damasco, región desde la cual agrupaciones extremistas con frecuencia lanzan proyectiles de mortero y cohetes contra los poblados capitalinos.

En medio de la compleja situación, los gobiernos de Siria y Rusia consideran que para el arreglo del conflicto impuesto a este país, el mayor obstáculo sigue siendo la ilegal presencia del Ejército estadounidense en este territorio, que no cuenta con la aprobación del gobierno sirio.

Según datos recientes, Washington dispone de unos dos mil efectivos militares en suelo sirio, en tanto contabiliza unos cinco mil 200 en el vecino Iraq, de acuerdo con datos del Pentágono.

Analistas corroboran que además de la ilegal base aérea de Al-Tanf, en el sur sirio, Estados Unidos posee al menos una decena de instalaciones bélicas en el nordeste de este Estado árabe, que desde marzo de 2011 vive una implacable guerra.

El conflicto armado, además de provocar pérdidas económicas por valor de más de 200 mil millones de dólares, dejó un saldo hasta la fecha de más de medio millón de muertos y mutilados, según Naciones Unidas y organismos independientes.

A ello se suma la destrucción de más de tres mil escuelas de las 22 mil del país y unos 27 mil inmuebles, el gran descenso de la producción agrícola e industrial y la baja en la esperanza de vida de 75,9 años como promedio en 2011 a 55,7 años actualmente, según datos de organismos humanitarios.

Tras la evidencia de que el Estado Islámico, que invadió Siria desde 2014, ha sido derrotado militarmente -sin descartar que pudiera resurgir bajo otros ropajes-, las tropas norteamericanas se niegan a abandonar el país, lo que complica aún más el panorama.

Vamos a permanecer en Siria el tiempo que sea necesario para apoyar a nuestros socios y evitar que regrese al país el grupo Estado Islámico, advirtió el portavoz del Pentágono, Eric Pahon.

Estados Unidos, que como otros actores occidentales en la guerra aspiran a apropiarse de las riquezas petroleras y de gas de este Estado, hace caso omiso a las reiteradas exigencias del gobierno sirio ante Naciones Unidas para que retire sus tropas.

A ese negativo rol en el conflicto armado de los halcones de Washington, se suman otros factores retardatarios que impiden una efectiva solución política del fenómeno.

Entre ellos se cuentan el respaldo logístico, financiero y con armas de las Monarquías del Golfo a grupos extremistas, y las sistemáticas agresiones israelíes, que incluyen bombardeos con misiles contra instalaciones de Damasco.

Un elemento de peso en la búsqueda de la paz en Siria lo constituye la creación de las ya mencionadas zonas de distensión, en virtud de un acuerdo adoptado en mayo de este año por Rusia, Irán y Turquía en Astaná, Kazajastán.

El mismo establece áreas de desescalada del conflicto en la región de Ghouta Oriental, al este de Damasco; norte de Homs; en Idlib y determinadas zonas de las vecinas provincias (Latakia, Hama y Alepo), además de áreas del sur.

Tiene como objetivo central lograr el cese de los combates entre las fuerzas gubernamentales sirias y la oposición armada.

Paralelo a ese plan, que impulsa con vehemencia el presidente ruso, Vladimir Putin, bajo el auspicio de Naciones Unidas en Ginebra, Suiza, se desarrollaron 11 rondas de negociaciones entre el gobierno y la oposición siria, sin llegarse aún a acuerdos concretos.

No pocos expertos en política internacional consideran que las pláticas no avanzarán si los grupos opositores persisten en exigir como condición para el diálogo intersirio que el mandatario Al-Assad deje el poder.

En el intento por buscar una salida al conflicto por la vía política y diplomática, representantes del organismo mundial trazaron una hoja de ruta que contempla la reforma de la Constitución y la realización de elecciones en un futuro próximo.

Mientras eso sucede, en el plano interno las autoridades sirias impulsan el proceso de reconciliación nacional, el que da sus frutos con el retorno a sus comunidades de origen de miles de civiles y su reincorporación a la vida social.

Junto al reto para 2018 de profundizar el diálogo político entre los propios sirios y consolidar la paz, el Ejecutivo se propone también proseguir, como en 2017, con la reconstrucción de infraestructuras.

Además de potenciar el desarrollo del sector productivo, el poder gubernamental tiene la tarea, junto a la comunidad internacional, de hacer que vuelvan a sus hogares 7,6 millones de desplazados internos y cinco millones de refugiados que se encuentran en el exterior.

 

       

Fuente: Prensa Latina

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