La guerra en Siria acaba de entrar en una nueva fase tras los ataques aéreos de Israel a posiciones militares gubernamentales, que contaron con el inmediato respaldo de Estados Unidos. Washington sustentó el pretexto de legítima defensa esgrimido por Tel Aviv ante una presunta incursión de un avión teleguiado iraní, que alegan partió de una base en territorio sirio.

Sin embargo, las dos sucesivas incursiones de la fuerza aérea israelí en la mañana del sábado último dejaron un saldo inesperado para el Gobierno sionista, al tener que admitir el derribo de uno de sus cazabombarderos F-16, de fabricación norteamericana, por parte de la defensa antiaérea del presidente Bashar al Assad, al que Washington y sus aliados intentan derrocar desde hace siete años.

En tono triunfal, Tel Aviv proclamó la destrucción de una docena de posiciones militares en el país árabe, pero no pudo ocultar el impacto social ni sicológico de los videos que recogen las imágenes del F-16 en llamas, antes de estrellarse, y del piloto gravemente herido, algo incompatible con la sostenida propaganda oficial de la supremacía aérea de Israel.

Se hizo sentir el instantáneo apoyo estadounidense, con todo el peso imperial, al «derecho de Israel a defenderse», tras aceptar como buena esa justificación para el ataque.

«La escalada calculada de la amenaza de Irán y su ambición de proyectar su poder y dominio, pone en riesgo a toda la gente de la región, desde Yemen hasta el Líbano», añadió la portavoz del Departamento de Estado, Heather Nauert.

Sin embargo, tal como advirtió The New York Times, las incursiones aéreas de Israel «podrían marcar una nueva fase peligrosa en la larga guerra civil de Siria».

En realidad, el diario norteamericano solo se equivoca al esconder una parte de la verdad, al describir como «guerra civil», es decir, un aparente conflicto interno, lo que desde el principio —en marzo de 2011— se reveló como una clara intervención foránea de Occidente y sus aliados regionales, para liquidar al único Estado árabe que todavía incomodaba sus planes de dominación, tras la sangrienta ocupación de Libia y el asesinato de Muamar el Gadafi.

La pretensión de la administración Trump de extender el conflicto sirio no es nueva. Estados Unidos quedó inconforme con el balance de fuerzas que emergió sobre el terreno tras la derrota infligida por el ejército sirio con el apoyo de la Fuerza Aeroespacial rusa al grupo terrorista Estado Islámico y otras bandas armadas y financiadas desde el exterior. Mucho menos le agrada que Irán brindara el respaldo de asesores militares al Gobierno legítimo de Al Assad.

El propio secretario de Estado norteamericano, Rex Tillerson, anunció en enero último la decisión de mantener una presencia militar (ilegal) en territorio sirio con el argumento de proteger a la población kurda en la región del noroeste e impedir el resurgimiento de los terroristas del Estado Islámico.

Tanto Washington como Tel Aviv también se sorprendieron con la postura de Rusia, transmitida por el presidente Vladimir Putin, quien el propio sábado hizo una llamada telefónica de alerta al primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu y le requirió que «evitara una escalada de las tensiones».

Comentaristas de la prensa israelí no tardaron este lunes en sacar las conclusiones apropiadas al subrayar que Netanyahu no debía engañarse: Rusia no se apartará de su aliado Irán, ni impedirá que Damasco use todo el potencial de su defensa antiaérea.

Tal vez también entiendan que Moscú no cederá una pulgada del espacio geopolítico conquistado en esta estratégica región del Medio Oriente, después de dos años de decisivo apoyo al Gobierno de Al Assad y la búsqueda de una solución política negociada con todas las partes, que preserve los logros obtenidos en el campo de batalla, la estabilidad a largo plazo, la soberanía y la integridad territorial de Siria.

El desafío planteado por el atrevimiento militar de Israel, el sorpresivo resultado del derribo del F-16, que echa por tierra el mito de la superioridad aérea, y las imprevisibles consecuencias de una escalada bélica con Irán y Rusia, al parecer urgieron a Tillerson a emprender una apurada gira por Medio Oriente.

Rex Tillerson voló a Egipto el domingo en una operación de control de daños que también lo obligará a dar la cara ante el malestar generado por las políticas de la administración Trump durante sus escalas en Kuwait, Jordania, Líbano y Turquía.

«Estos son algunos de nuestros socios más cercanos, dijo un alto funcionario del Departamento de Estado a los periodistas. Pero también son socios con quienes enfrentamos algunos de los problemas más difíciles que tenemos que enfrentar en la región».

La gira ocurre en una situación tensa, incluso, antes de que Israel efectuara sus ataques en Siria. Lo peor es la certeza de que esta no es la última vez que Tel Aviv provocará una mayor extensión del conflicto con todas sus nefastas consecuencias.

 

       

Fuente: Juventud Rebelde

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