Algunos metafísicos han pretendido que existe un “problema del conocimiento”, en el sentido de un conflicto insoluble entre el sujeto que conoce y el objeto conocido (o por conocer). Ese problema data de la filosofía griega la cual, como un reflejo de su sociedad, dividió la realidad en dos mundos contrapuestos: la materia y el espíritu.

La materia sería un reflejo imperfecto de un mundo “ideal” e inmaterial, que existe en un lugar ignoto, pero al cual no tenemos acceso desde este mundo material, carnal, imperfecto y corruptible. Por ese motivo, según esa filosofía, nuestro conocimiento apenas es capaz de abarcar lo que nos llega por los sentidos (el fenómeno), pero la esencia verdadera y última de las cosas nos está vedada (el “noumeno”, diría Kant).

El conocimiento es una construcción social e histórica

Contrario a lo que creían los griegos, el mundo de las ideas emana de la realidad material, y no al revés. Esos binomios contrapuestos como materia/espíritu, solo pudieron aparecer en una sociedad rígidamente escindida en dos polos amos/esclavos. Constituyen una “idealización” de una realidad material muy concreta.

Tendrían que pasar muchos años para superar esa actitud errada que no reconoce la relación dialéctica entre sujeto y objeto, de que ambos están íntimamente relacionados, que el sujeto vive en y con el objeto (la naturaleza y la sociedad), que el conocimiento es la forma como sujeto y objeto se relacionan, que el conocimiento es una construcción que se perfecciona con el tiempo y, sobre todo, que el conocimiento es un producto social e histórico.

Por supuesto, como dice Marx, el mundo (o la realidad) no es evidente por sí misma. Si así fuera no harían falta la ciencia, los métodos y las técnicas. Se necesita una combinación, también dialéctica, entre razonamiento y observación (controlada), para conocer o descubrir las leyes que gobiernan el universo, la materia y la sociedad. El conocimiento es una construcción conceptual de la realidad, no una foto de lo que percibimos por los sentidos, como creen los empiristas extremos.

El conocimiento es un producto social. Esta afirmación es más cierta en la ciencia social que en cualquier otro ámbito del conocimiento humano. Porque en ciencias sociales el sujeto se encuentra inmerso en el objeto que estudia, la sociedad, y las respuestas que formule a los problemas que se le presentan, las preguntas que se hace, los métodos de observación que elige, dependen mucho de su situación social. Por ende, hay una influencia innegable de la subjetividad, no tanto individual, sino social, sin que llegue a convertirse en determinismo.

De allí que se recomiende al investigador que “tome la mayor distancia posible de su objeto de estudio”, para reducir prejuicios que contaminen la investigación. Aunque es bien sabido, que la perspectiva subjetiva del investigador queda expresada desde el momento mismo en que formula las preguntas y las hipótesis de la investigación.

Influyen sobre el conocimiento humano no solo las circunstancias personales del sujeto que reflexiona, sino también las circunstancias históricas, “el espíritu de la época”. No se trata de un determinismo en que las personas estarían mecánicamente constreñidas a pensar de una forma según su condición de clase, sino de tendencias culturales o enfoques científicos que nacen, “se ponen o pasan de moda” bajo la influencia de cambios sociales.

Para desechar la creencia en un determinismo que condiciona las maneras de pensar según la pertenencia de clase, basta el ejemplo de Federico Engels, coautor del materialismo histórico junto con Carlos Marx, reconocido dirigente de la clase obrera europea del siglo XIX, pero cuya familia era propietaria capitalista en Inglaterra. Para no mencionar la existencia de obreros con ideologías conservadoras o liberales.

Pero las grandes corrientes filosóficas o científicas, las diversas teorías sociológicas, surgen o tratan de responder a fenómenos sociales que emergen y que requieren explicación. No podía haber una economía política liberal si previamente no había nacido el mundo capitalista; para que naciera la teoría marxista se requirió primero la existencia de la clase obrera industrial y sus problemas; la condición de la existencia de la teoría feminista a mediados del siglo XX fue la aparición de un fuerte movimiento feminista; la teoría desarrollista y de la dependencia intentan explicar los problemas sociales de América Latina a lo largo de la pasada centuria.

Racionalismo e irracionalismo como productos sociales

Respecto a las posibilidades del conocer, en las épocas marcadas por un gran desarrollo de las fuerzas productivas, de la tecnología, en que parece repartirse un poco más equitativamente el “bienestar social” (al menos para algunos sectores) y la libertades políticas (al menos para un sector), tiende a prevalecer la confianza en la Razón, entendida como capacidad humana de conocer al mundo para beneficio de la sociedad. Racionalismo entendido en su acepción amplia, no la versión limitada que lo entiende como opuesto al empirismo.

En las épocas signadas por la crisis social, económica, política y moral, donde las sociedades parecen retroceder en todos los aspectos, cundiendo la incertidumbre respecto al futuro, tienden a prevalecer los enfoques filosófico - científicos IRRACIONALISTAS.

Es decir, se impone el escepticismo en la capacidad de conocer, se duda de que la ciencia y la tecnología puedan mejorar el estado de cosas, hay descreimiento en la posibilidad de entender las leyes de la naturaleza y del comportamiento humano. El irracionalismo como actitud científica prevalece en momentos de gran crisis y desconcierto social.

Bajo esas circunstancias se extiende la superstición, la magia y la religiosidad como fuentes de “sosiego” frente a la incertidumbre que genera la inmediatez de las necesidades irresueltas y el descreimiento en las posibilidades de una vida terrenal mejor.

Esto dicho en términos generales, como las corrientes prevalecientes en un momento u otro, porque no hay duda de que en todas las épocas siguen coexistiendo pensadores o científicos adscritos al racionalismo o irracionalismo. Nos referimos aquí a la moda, a la corriente principal o prevaleciente en un momento dado. Según la época puede prevalecer uno de los dos enfoques, pero ambos coexisten y son sostenidos por pensadores ubicados en sectores sociales distintos y hasta contrapuestos.

Las tres corrientes de la sociología y su origen social

Desde el siglo XIX para acá, las ciencias sociales y la sociología en particular, se han dividido en tres corrientes principales, atendiendo a perspectivas epistemológicas distintas, que están influidas por sectores sociales diferenciados. Se distinguen en cuanto a su ontología (o concepción de la sociedad), sobre su gnoseología (como estudiar la sociedad) y su axiología (su ética política y social), a saber:

1. El positivismo, que emana directamente del racionalismo de la Ilustración del siglo anterior, y que, como su nombre indica, tiene una perspectiva positiva en las posibilidades del conocer, en el fruto de la técnica y la razón para elevar a la sociedad hacia un ideal de bienestar humano, dentro de los marcos del sistema capitalista. La sociedad estaría compuesta por grandes estructuras, instituciones o sistemas, que funcionan siguiendo ciertas leyes propias que son susceptibles de conocerse, explicar y modificar. Basta la observación controlada de la realidad para conocerla y modificarla, superando todos los problemas sociales que aquejan a la modernidad. El positivismo tiene dos caras: por un lado, es un intento de superar tanto la escolástica medieval (que reducía todo a explicaciones religiosas), así como la metafísica (la filosofía que pretendía encontrar principios abstractos surgidos de la especulación para explicar la realidad), proponiendo un método (científico) para estudiar la realidad a partir de la observación (controlada) del objeto. La cara negativa es que su batería conceptual, pese a su aparente cientificidad (“neutralidad valorativa”), está llena de prejuicios que favorecen a la clase capitalista. Como ejemplo al pasar, mencionemos sus estadísticas sociales basadas en promedios que no dan cuenta de las desigualdades. Emilio Durkheim, representa mejor que nadie esta línea. Son derivadas del positivismo todas las teorías estructuralistas, funcionalistas o sistémicas.

2. La hermenéutica, hija directa la reacción romántica, que es el movimiento cultural surgido tras el triunfo definitivo del sistema capitalista, pasado el periodo revolucionario, y que manifiesta una gran decepción con los resultados sociales (incertidumbre, miseria, crisis sociales y existenciales). El romanticismo y la hermenéutica expresan incredulidad en que la razón y la técnica conduzcan hacia una sociedad mejor como sugiere el positivismo. Para la hermenéutica no hay leyes en la historia que podamos conocer, por el contrario, prevalecen las subjetividades susceptibles de “comprensión” (individualismo metodológico), pero no caben las explicaciones causales. Por ende, prevalece la incertidumbre en el análisis social, en el que se enfatiza el estudio de las subjetividades y no el de las instituciones o estructuras. El lado positivo de la hermenéutica es que pone de relieve la existencia de un mundo de la cultura y la subjetividad que va más allá de las instituciones o estructuras sociales. Algunos de estos enfoques dividen la sociedad en tres esferas: la política, la economía y el “mundo de la vida”. Siendo este último en el que se desarrolla la vida de las personas comunes y donde se enfocarían las teorías hermenéuticas. Max Weber es el mejor representante de esta perspectiva, de la derivan las teorías que expresan: la acción social, las intersubjetividades, la comunicación, lo simbólico, ciencias del espíritu, los estudios culturales, etc.

3. El materialismo histórico o marxismo, contiene elementos de las dos anteriores, pero dando por resultado una nueva perspectiva diferenciada de ambas. Contiene una crítica de los males sociales de la sociedad capitalista y de los males que produce, no la racionalidad en general, sino la racionalidad capitalista. En esto se expresa la esencia de su método, pues las formas de pensar (racionalidades) son un producto de las circunstancias históricas y sociales. Denuncia la inhumanidad de la modernidad capitalista, pero no se entrega al escepticismo, como sucede con los hermenéuticos, sino que propone una salida en que se combinan conocimiento objetivo (positivo) con acción social consciente, es decir, una “praxis” revolucionaria encarnada por la clase trabajadora que sea capaz de transformar racionalmente la realidad social. Por supuesto, Carlos Marx y Federico Engels son los fundadores de esta vertiente. Al ser una perspectiva que contiene tanto un estudio estructural del capitalismo, como el tema de la ideología y la acción social, algunos creen ver un marxismo cercano al positivismo y otros una fusión con Weber. Dos grandes vertientes opuestas se han derivado de la matriz original del materialismo histórico: la primera, el marxismo estructuralista, más pegado al positivismo, que plantea una “ruptura epistemológica” entre el “Marx joven” y político y el supuesto “Marx viejo” que se hace economista y científico, como propuso Althusser (es una falacia que no coincide con la vida real de Marx); y, la segunda, cuyo énfasis parte de las “Tesis sobre Feuerbach” en la que Marx sostiene la acción social consciente como punto nodal de su propuesta para transformar el mundo, lo cual ha dado origen al llamado marxismo humanista o de la praxis (Gramsci) y la “teoría crítica”.

Para cerrar esta parte, señalemos que, pese a las grandes diferencias ontológicas y gnoseológicas entre las tres vertientes, dependiendo de qué se estudie, haciendo la correcta delimitación conceptual, es posible elegir enfoques provenientes de alguna de ellas en estudios muy concretos.

Incluso existen teorías, como la de Género, que es producto de una combinación de marxismo y hermenéutica. Es evidente que para estudios de microsociología los enfoques hermenéuticos pueden ser más adecuados, mientras que el marxismo explica mejor que ninguna otra teoría los problemas del sistema capitalista. La clave, como cuando se cocina, es saber qué se está mezclando y en qué proporción.

Postmodernismo hijo de la “Caída del Muro de Berlín”

Así como a la “restauración” monárquica, pasada la ola revolucionaria de 1789, le siguió la consolidación del Romanticismo como moda cultural en Europa; en el mundo de fines del siglo XX y comienzos del siglo XXI, a la derrota de la Revolución Rusa con la “Caída del Muro de Berlín” y la subsecuente desaparición de la Unión Soviética, le siguió el triunfo de lo que se ha llamado Postmodernismo, en todos los campos de la cultura y las ciencias sociales. Con legitimidad puede hablarse de la “reacción” postmoderna.

El Postmodernismo, como antes el Romanticismo, marca un período en que prevalece la incertidumbre y un gran escepticismo en todos los aspectos de la cultura, incluyendo la ciencia. Su centro es la crítica de la “modernidad”, pero no en el sentido de sistema social capitalista, sino como cultura humana que se basa en la razón y la tecnología. La crítica de la razón en abstracto, sin adjetivo social, es el punto nodal de todo el postmodernismo. Por ende, es una vertiente de clara tendencia irracionalista.

El postmodernismo realiza un radical desenfoque del estudio de la realidad “objetiva”, hacia la subjetividad, degradando la primera casi a la inexistencia, y exaltando la segunda como lo importante, la generadora de la realidad y del conocimiento, por ende único objeto digno de estudio (Constructivismo, no el de Piaget sino de Von Glasersfeld).

Las corrientes postmodernas no se interesan por el estudio de las instituciones, las estructuras sociales o las clases, sino que ponen su énfasis en lo que llaman “relatos”, narraciones, textualidades, el llamado “giro lingüístico”, por el cual la lengua no solo es fuente de conocimiento, sino que crea la realidad misma (Los “metarrelatos” de Lyotard).

Para los postmodernos, la realidad social no es más que una acumulación de subjetividades cada una de ellas con su propia interpretación de los hechos, cada una completamente válida para quien la emite, no interesa saber dónde reside la “verdad objetiva”, quién está equivocado, ni quién miente. Todo lo que antes era la clave que separaba pensamiento científico de metafísica, lo que diferenciaba ciencia del prejuicio, ha dejado de ser importante. Prevalece el estudio de las formas subjetivas en que esa realidad es percibida (Fenomenología).

El enfoque postmoderno, por ejemplo, en vez de estudiar la obra de Marx para ver cómo analiza y critica al capitalismo y ver qué sigue vigente y qué está desactualizado, prefiere estudiar cuantas supuestas redacciones hizo Marx de El Capital, o cuántas lecturas intertextuales podemos sacar de lo dicho. En este sentido, el postmodernismo vuelve a la hermenéutica original, que consistía en la interpretación de los textos sagrados en busca de mensajes secretos (subtextos) al estilo de la “cábala”.

Diríamos que es pretender estudiar la sombra del elefante que tenemos al lado, en vez de mirar al elefante mismo para saber cómo es. Recuerda al “mito de la caverna” de Platón, sobre unos hombres que viven en una cueva y que sólo ven reflejos de objetos en la pared producidos por una llama, pero cuyos objetos reales están fuera de la caverna y que para verlos hay que salir de ella. El postmodernismo prefiere quedarse en la caverna, tal vez porque es más segura, ya que afuera está la lucha de clases y es riesgoso involucrarse.

En la moda postmoderna el centro de interés han sido los llamados “estudios culturales”, los cuales conllevan un aspecto positivo, que consiste en traer al conocimiento tradiciones, costumbres y subjetividades étnicas que antes habían pasado desapercibidas por la centralidad del positivismo en las estructuras capitalistas y del marxismo en la lucha de clases.

Esta perspectiva ha aportado muchas investigaciones sobre aspectos de la vida social que no habían sido estudiados anteriormente como: las creencias, formas de vida, costumbres de sectores sociales antes ignorados. Especialmente sobre sectores marginados: “minorías” culturales, migrantes, mujeres, grupos LGTBI, etc.

Estos “estudios culturales” contienen una crítica de la “modernidad occidental” que, hasta cierto punto es una crítica del capitalismo, pero como superación no propone una revolución social y política, sino un “diálogo intercultural”, la aceptación de la diversidad, sin cambiar el orden social existente. Hay que reivindicar del postmodernismo el necesario diálogo intercultural y la aceptación y respeto por la diversidad de las costumbres y formas de vivir. El déficit del postmodernismo es la capitulación al orden económico, social y político que son fuentes de pobreza, desigualdad, opresión y explotación.

El objetivo postmoderno es el reconocimiento y respeto de “el otro” y su forma de comprender el mundo. Es un objetivo democrático, pero sin transformar la base económica y social. Es, como toda aspiración democrática actual, mera utopía en los marcos del capitalismo decadente actual.

Pero este “otro” no es la suma de los explotados y oprimidos del mundo que se unen contra su enemigo común (“Proletarios del mundo uníos”, de Marx y Engels). Este “otro” postmoderno es un sujeto mil veces fragmentado por el enfoque que, primero ha matado, en el mundo teórico no en el real, al “sujeto histórico” (los proletarios) llamado a hacer la revolución social; y, luego, lo ha dividido en una multiplicidad de sujetos con sus particularidades (lo que está bien) pero que no son capaces de reconocerse como aliados necesarios con los “otros”.

Son muchos “otros” que no aspiran a unirse contra el enemigo común, el sistema capitalista, sino que cada uno lucha única y exclusivamente por su espacio y sus derechos, no solo ignorando lo que tienen en común, sino incluso promoviendo la desconfianza mutua. Feministas que critican por igual a obreros que a empresarios, o, peor aún, feministas negras cuyo eje es la crítica de las feministas blancas. Ecologistas que pretenden que da lo mismo que gobierne la derecha que la izquierda.

Mientras el positivismo expresa el optimismo de la sociedad burguesa que confía en su propia fuerza (el mercado) y el gobierno liberal ilustrado para conducir a una sociedad mejor; mientras el marxismo expresa el optimismo de la clase obrera, sufrida, pero confiada en su capacidad de transformar el mundo y acabar con la explotación mediante una revolución social; el postmodernismo expresa, más que nada, a la pequeñaburguesía intelectual desencantada con el capitalismo (modernidad) pero escéptica de la posibilidad superarlo por otro sistema, el socialismo.

El postmodernismo y sus derivados hermenéuticos, algunos viejos y puestos de moda (Heidegger, Schutz, Blummer, Garfinkel, Lyotard, Derrida, etc.), representan una perspectiva de la sociedad pesimista en lo ontológico (“El dilema de la jaula de hierro”, diría Weber); escéptica en lo metodológico o, a lo sumo individualista o subjetivista, gnoseológicamente hablando; que sustenta una axiología que oscila entre el cinismo (del que critica pero no actúa porque no cree que pueda cambiar nada), hasta la izquierda contestataria que está en “resistencia” pero no se propone al “asalto del cielo”, pasando por los “hípsters” que se conforman con una vida de recatado consumo “orgánico”.

El fracaso de la perspectiva postmoderna se expresa en su incapacidad para entender la esencia de los problemas del mundo del siglo XXI, cuya matriz es y sigue siendo capitalista. Por ende, sólo el método marxista es capaz de hacer una crítica consecuente y proponer una alternativa concreta de salida. Por algo, desde la crisis de 2008 para acá se ha vuelto a poner de moda Marx, pese a todos los intentos postmodernos de darlo por superado.

Tomemos lo positivo del aporte de las perspectivas postmodernas, el reconocimiento de los “otros” ubicados en la zona del “no-ser” por el positivismo burgués, pero ese reconocimiento mutuo como oprimidos, no es para cada uno cercarse y aislarse, sino para unificar las luchas por los derechos democráticos, culturales, feministas, negros, indígenas, LGTBI, etc. Refundiéndose en una lucha común por una sociedad sin explotación ni opresión, el socialismo.

Es imposible vencer las lacras del patriarcado, machismo, la xenofobia, el racismo, y tantas otras sin derrotar al capitalismo que es el sistema social que se vale de ellas para dividir a los explotados y oprimidos y seguir gobernando.

Para finalizar digamos que merece un estudio especial, que haremos por separado, la corriente denominada modernidad/colonialidad. Que es elaborada por teóricos reputados que van desde Immanuel Wallerstein a Aníbal Quijano, pasando por Enrique Dussel o Boaventura de Sousa, etc. El concepto “colonialidad” aportado por Quijano es muy importante para toda la ciencia social actual sin ninguna duda.

La corriente modernidad/colonialidad ha ocupado gran parte del espacio vacío dejado en la academia por el marxismo luego de la desaparición de la URSS. De hecho, muchos de sus autores se reconocen marxistas. Pero otros, bajo el influjo postmoderno repudian al marxismo por ser un producto de la “modernidad occidental”, condenando en apariencia todo cuanto provenga de Europa (aunque mastican bien a Heidegger), y sin hacer diferencias entre materialismo histórico y positivismo, menos entre clase trabajadora y capitalistas europeos, ni entre naciones y etnias diferenciadas (unas oprimidas) que existen en ese continente. Tiran todo al tacho de la basura sin diferencias, sólo por ser europeo.

Es innegable el influjo postmoderno en sus enfoques teóricos y metodológicos, así como en su axiología y consecuencias políticas concretas, resumidas por John Holloway en la frase “Cambiar el mundo sin tomar el poder”, con la que se identifica un fuerte sector de teóricos de la modernidad/colonialidad.

 

       

Fuente: Alainet

Frases

“La integración caribeña latinoamericana es la única manera de salvar a nuestros pueblos de la hegemonía imperialista”

Hugo Rafael Chávez Frías

Correos del Sur Nº73

 

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