Estábamos en el lobby del Hotel Eurobuilding, Gustavo y yo, conversando sobre estos dos o tres días pasados en Caracas, acompañando la elección presidencial. Hasta este encuentro no nos conocíamos Gustavo y yo, aunque habíamos transcurrido los últimos treinta años por andariveles comunes en la política. Repasábamos estos días venezolanos, la recorrida por los centros electorales, algunas situaciones y anécdotas que habíamos presenciado y vivido y, sobre todo, la visita al Cuartel de la Montaña, donde descansan, bajo un oscuro mármol, los restos de uno de los tipos más vitales, jodedores, desafiantes, osados, inteligentes y conchisumadre que conoció mi generación, la generación de mis hijas y mis nietos, Hugo Chávez. 

Habíamos estado juntos en ese hermoso cuartel de principios del siglo XX, construído por el “cabito” Cipriano Castro, a quien socorrió el siempre calumniado Julio Argentino Roca, con su ministro Luis María Drago, salvándolo del bloqueo militar marítimo dispuesto por las grandes potencias de la época. La Doctrina Drago, según la cual los países no pueden acudir al recurso militar para obligar al pago de la deuda soberana de los estados, salvó a la Venezuela de entonces y convirtió al ministro de Relaciones Exteriores de Roca y a su inspirador Carlos Calvo en adalides de los países periféricos de aquellas lejanas épocas, amparados por el bill de indemnidad que sobre la semicolonia próspera del Plata, ponía el Imperio Británico.

El ahora habitante del Cuartel de la Montaña tenía siempre palabras de agradecimiento a aquel lejano militar político que gobernaba en las pampas platinas y a su muy conservador ministro.

De eso estábamos hablando cuando se acerca a la mesa un hombre mayor, enjuto, de piel cobriza, de finas facciones, vestido con un traje azul, un poco largo de mangas, y con una corbata colorada con un gran nudo corazón.

-- ¿Los señores están por irse? ¿Han venido por las elecciones?, pregunta con corrección.

-- Así es, responde uno de nosotros. Hemos sido acompañantes internacionales.

-- ¿Y que impresión se llevan?, pregunta con extrema corrección.

Le contamos lo que hemos visto, algunos centros con mucha gente, otros con poca gente, una gran tranquilidad en las calles y en las mesas electorales. Y le mencionamos nuestra visita al Cuartel de la Montaña.

Ahí, el hombre se puso más serio aún.

-- Yo fui miembro de la escolta del Comandante Chávez, nos dice. -- Viví con él diariamente.

Debe haber visto un cambio en nuestros rostros, algo de admiración y respeto ante lo que nos acababa de decir, porque nos explica:

-- Yo he sido sargento de la Guardia Nacional.

Lleva su mano al bolsillo interior del saco y extrae una billetera en la que nos muestra un documento. Con los colores nacionales venezolanos, la cédula comprueba que, efectivamente, Enrique.......... ha sido sargento de la Guardia Nacional.

Le devuelvo la billetera.

-- Yo conviví diariamente con el Comandante. Era un hombre extraordinario. Teníamos una relación de camaradas. Todo lo que tenía para decirnos, lo hacía echando vainas, nos dice Enrique, con seriedad y evocando en su memoria.

-- A ver, cuente Don Enrique, le digo apelando al don como un signo de respeto, de mucha vigencia todavía en Venezuela. Ser tratado de “don” es todavía hoy, como en los tiempos de la colonia, una manifestación de distancia que dignifica, de reconocimiento a la edad como fuente de experiencia y sabiduría.

-- Era un hombre único. Hablaba con nosotros, su escolta, como un padre, como un hermano. Yo formaba parte del primer círculo de su seguridad personal. Se acostaba a las dos de la mañana y nosotros hasta esa hora debíamos acompañarlo. Se levantaba a las cuatro y venía hasta la cuadra donde dormíamos y nos despertaba con palabras amistosas, de padre. ¡Arriba, soldados!, nos decía sin violencia, sin gritos, con camaradería.

Y ahí se le desencadenan los recuerdos a Don Enrique.

-- Todo lo decía siempre con una vaina, con un chiste, con humor. Hablaba con nosotros y nos explicaba, nos enseñaba, pero siempre echando vainas.

Un amigo me ha dicho que quien entienda la conjugación del verbo vaina entenderá el alma venezolana. Le hemos dedicado muchas horas a entender la polisemia vertiginosa de esa bendita palabra.

Y continúa don Enrique con sus recuerdos:

-- Hablábamos con él de todo lo que nos pasaba. Él sabía de nuestras familias, de la carrera de nuestros hijos, de la salud de nuestras esposas. Y nos explicaba lo que estaba pasando, lo que le pasaba a Venezuela.

Y de repente su rostro se oscurece, una nube parace estacionarse sobre su cabeza:

-- El día que el Comandante murió yo ya no pude seguir en la Guardia Nacional. Ya nada sería lo mismo que yo había vivido. No pude, no quise, me negué. Chávez había muerto, yo ya no tenía nada que hacer.

Y se queda serio Don Enrique, mirando hacia adentro los fantasmas que lo asolaron esos días.

En ese momento me pasa por la memoria la devoción que sus soldados tenían por Napoleón Bonaparte, el contacto personal que el Emperador establecía con cada uno de esos campesinos franceses a los que el ejército les había dado dignidad y les aseguraba la tierra. Me pasó por la cabeza el regreso del Gran Corso desde Elba y el modo en que sus viejos soldados acudían a formar su nuevo ejército a medida que se desplazaba rumbo a París.

-- Y pedí el retiro. Treinta y cinco años había servido a la Guardia Nacional. Era toda mi vida. Pero ¿qué iba a hacer yo, sin ese hombre? Me despertaba a las cuatro de la mañana para ponerme el uniforme. Buscaba con desesperación los borceguíes, para no llegar tarde. Soñaba, saben ustedes, soñaba que tenía que ir a la Guardia Nacional y no encontraba el uniforme. Mi mujer me decía ¿qué estás haciendo? Si ya no tienes que ir a trabajar.

Don Enrique nos contó de ese personal descenso al infierno del no tener ya nada más que hacer en la vida. También nos contó que era un andino, del estado de Trujillo -su morfología corporal así lo indicaba-. Trujillo es una tierra constitutiva de Venezuela. Trujillano fue el gran Enrique Picón Salas y su universidad fue un faro intelectual en la chatura de la semicolonia de principios del siglo XX.

-- Tuve una depresión, termina por confesar Don Enrique. Y tuve que hacer terapia, reconoce no sin cierta vergüenza. La pérdida del Comandante, de su confianza y amistad, más la sensación de que mi vida se había terminado, era demasiado fuerte. Pero logré superarlo.

Poco tenemos para decirle mi amigo y yo. Su relato nos ha permitido entrever la magnitud, el tamaño de los sentimientos individuales y las fuerzas sociales que el gran ausente de Venezuela puso en movimiento. Hay algo de la camaradería castrense generada en el vivac, la noche antes de la batalla, algo del afecto paterno del oficial superior hacia sus subordinados, algo del soldado dispuesto a formar un ejército de hombre libres y liberados para enfrentar al opresor en los sentimientos de Don Enrique.

Llega otro amigo a la mesa y Don Enrique se repliega. Me acerco a darle la mano. He podido conocer a uno de los hombres que hubieran dado la vida por el Comandante Eterno, como han dado en llamarlo sus compatriotas.

Buenos Aires, 23 de Mayo de 2018.

 

        

Fuente: TeleSUR

Frases

"Cuando un pueblo despierta, se llena de coraje y decide ser libre, jamás podrá ser derrocado"

Hugo Chávez Frias

Correos del Sur Nº77

 

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