En mi artículo de opinión del pasado miércoles 15 de julio, les hablé brevemente de las dos tesis capitalistas que colmaron un interesante debate político en Venezuela entre 1926 y 1934, que se abrió a modo de orientar al país de hacia dónde debieron invertirse los fabulosos recursos económicos que en ese momento estaban ingresando a nuestras cuentas nacionales, producto de la explotación petrolera: la tesis desarrollista de Alberto Adriani y la tesis rentista de Vicente Lecuna. En aquel interesante debate político participaron otras voces también, pero se toman a estos dos personajes como referencia historiográfica puesto que fueron las dos visiones más firmemente en disputa (desde el punto de vista capitalista), y las dos de mayor difusión (cabe destacar que la intelectualidad de izquierda por aquellas fechas se encontraba en el exilio y, desde allí, en medios de muy precaria circulación, pudo expresar su visión del tema a través de cartas, artículos y documentos, que aquí se conocieron años más tarde).

La tesis desarrollista de Alberto Adriani pretendía un fuerte impacto nacional, se proponía el desarrollo de las fuerzas productivas, podría decirse que ésta fue la primera intención de inspiración keynesiana que se propuso en Venezuela (que casi tres décadas después de haber sido propuesta por Adriani se trataría de implementar en partes, por recomendación de la CEPAL, bajo la política de sustitución de importaciones); es importante subrayar, que en la visión de esta tesis los trabajadores y las trabajadoras cabían única y exclusivamente dentro de la figura del pleno empleo que en sí misma exponía y, por derivación de ésta, de sus consiguientes reivindicaciones laborales, sólo eso; consistía en la consolidación de un desarrollo económico nacional propio, es decir, de propietarios privados, que usarían, como palanca emprendedora, “inicial y de manera transitoria”, al músculo financiero del Estado. Esta tesis era la de correcta aplicación en ese entonces, porque desarrollaría al mercado interno, legaría una capacidad instalada como planta productiva tanto agrícola como industrial, generaría una clase obrera en torno a las ciudades e impediría el abandono poblacional del campo.

En tanto que la tesis rentista de Vicente Lecuna fue todo lo contrario. Como pieza del ajedrez mundial de los grandes poderes hegemónicos, esta tesis respondía al esquema centro-periferia con que nos domina el capitalismo a escala global, con el que sus metrópolis desplegaron todos sus potenciales y se desarrollaron a lo interno, a costa de la extracción de materias primas de sus alrededores, y de la imposición vocacional productiva que hicieron en determinadas zonas de aquellos, para la obtención de tal o cual rubro, fuese agrícola o industrial, que éstas necesitasen y que por sí mismas no se pudiesen suplir. ¿Me explico? Un centro rico y desarrollado, y una periferia pobre y dependiente. La tesis rentista de Lecuna, al negarnos desplegar nuestras propias fuerzas productivas, nos condenó a la condición de periferia, de garantizarle a los opulentos centros del mundo el suministro seguro y confiable de un recurso no renovable que poseemos (léase, el petróleo), al tiempo que requerimos de éstos una gigantesca cantidad de bienes y servicios que necesitamos para vivir.

(Por cierto, un ejemplo palmario de imposición vocacional productiva en nuestra condición de periferia fue el cacareado Plan Arrocero de 1945 en Portuguesa, cuyas odas historicistas lo presentan como “la iniciativa de unos denodados emprendedores de epopeya que se adelantaron a su tiempo”, como “una política interna de desarrollo”, cuando en realidad se trató de una directriz de los grandes centros capitalistas del mundo, que requerían de este cereal, una vez reordenadas sus áreas de influencia luego de la segunda guerra europea del siglo XX, que muchos gustan de ponerle el apelativo de “mundial”. Que a posterior quedara una capacidad instalada y una tradición de trabajo, ésa es otra historia, pero su origen es éste y no otro. Podría decirse que una pequeña burguesía agraria obtuvo a ambas en herencia, “como fiel cumplimiento” de aquella directriz foránea, especie de suerte sucesoral periférica con que no han contado otras regiones del planeta, donde el capitalismo se ha instalado salvajemente con su clásica máxima de «utiliza y desecha»).

Estas puntualizaciones en nuestra historia económica contemporánea, conocerlas, nos permiten no sólo establecer una diferenciación entre desarrollismo y rentismo, sino mirar un poco más allá, hasta encontrar la génesis de nuestras desgracias como pueblo.

A Gustavo Roosen, hace apenas un año atrás, lo cacharon en una fiesta en la embajada yanki diciendo que “a la economía venezolana ya le hemos [ellos] inoculado tres virus de la hepatitis C, todo es cuestión de tiempo”, y miren que estos think tank al servicio extranjero sí que nos conocen a la perfección. Saben que la lógica fundamental que rige a una población que ha vivido por más de tres generaciones del rentismo petrolero, es la obtención de la máxima ganancia al cero esfuerzo. Corren tres rumores de desabastecimiento, acaparan algunos productos, efectúan un par de operaciones de compra-venta con sobreprecio, y el efecto dominó que se desata se transforma, a su vez, en una hecatombe sobre nuestra economía: nuestro cerebro reptil se despierta, y devoramos sin piedad, mediante una espiral hiper-especulativa de los precios, al trabajo acumulado en el salario de nuestros y nuestras semejantes. No tengo dudas de que éste era uno de los virus de la hepatitis C, a los que este canalla se refería.

Nos tienen montados en una perversa operación de laboratorio (para destruirnos a todos por igual), mientras unos por comodidad nos equivocamos de culpable, sin investigar un poco más en sus causas; otros colaboramos con alegría desmedida en tal perversa operación, porque llenamos un bolsillo hoy… (que vaciaremos mañana, sin darnos cuenta que en sus efectos nos tienen inter-conectados en el mismo circuito de hiper-especulación).

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Fuente: Portal Alba

Frases

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Hugo Chávez Frias

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