El Líbano libra en varios frentes una guerra no declarada en la que, como habitualmente ocurre con cada una de sus crisis, actores externos rivalizan por monopolizar la capacidad de perpetuarlas, agudizarlas o contenerlas.

Bien sabida es la influencia de Arabia Saudita y Estados Unidos, de un lado, y de Siria e Irán, del otro, en las política y sociedad libanesas -sustentadas en criterios sectarios y confesionales-, sin olvidar que Israel, el gran aliado de Washington, obliga al país a estar técnicamente en guerra.

Además, analistas aseguran que el país ya está penetrado no solamente por los servicios de inteligencia estadounidense, francés, israelí, saudita, iraní, sirio y turco, sino también por grupos terroristas islámicos que operan en zonas fronterizas con Siria, incluidos campamentos de refugiados.

Con un tablero tan variopinto es fácil intuir qué alentó, quiénes toleraron y cómo se decidió detener la reciente incursión de extremistas sunnitas en la ciudad norteña de Trípoli, que en apenas cuatro días dejó 42 muertos, incluidos 11 militares, más de 100 heridos y sobre 160 detenidos.

Los combates del Ejército y las fuerzas de seguridad contra un grupo heterogéneo de yihadistas libaneses y sirios ligados al Frente Al-Nusra y al Estado Islámico (EI) fueron la más sangrienta y violenta extrapolación a El Líbano de la crisis siria en los más de tres años y medio de conflicto.

Fuentes consultadas por Prensa Latina presagian que incluso factores climáticos empeorarían la situación, pues a los "takfiristas" (terroristas islámicos sunnitas) que ahora se asientan en las montañas de la frontera sirio-libanesa, les será insoportable el crudo invierno a finales de año.

Ante la inclemencia del frío y la nieve es de esperar que busquen descender a poblados, bien del lado sirio o, sobre todo, del libanés, con el consiguiente reto a la seguridad en la porosa zona limítrofe, explican.

En el aspecto político -del cual emanan los pretextos para las acciones armadas- lo preocupante es que intereses geoestratégicos internacionales y regionales arrastran tras sí a casi todos los estratos sociales, más allá del que muchos se empeñan en presentar como un pleito sunnita-chiita.

Incluso los cristianos libaneses están fraccionados por los principales bloques parlamentarios, el 8 de Marzo, que encabeza el movimiento chiita Hizbulah (Partido de Dios), y el 14 de Marzo, liderado por el prooccidental Mustaqbal (Futuro), del exprimer ministro sunnita Saad Hariri.

Al menos dos elementos corroboran lo anterior: los 15 intentos fallidos del parlamento libanés (hasta el pasado 29 de octubre) para elegir al presidente del país, y el reciente llamado del reino wahabita a los cristianos maronitas para que superen sus diferencias en ese tema.

Según un acuerdo de repartición de poderes posterior a la guerra civil (1975-1990), el presidente de El Líbano debe aportarlo la comunidad cristiana, el primer ministro le corresponde proponerlo a los musulmanes sunnitas, y el jefe del parlamento, a los chiitas.

La coalición 14 de Marzo insiste en postular para jefe de Estado a Samir Geagea, líder del partido Fuerzas Libanesas, al que se le atribuyen crímenes durante la guerra civil, lo cual rechaza el 8 de Marzo de Hizbulah, al que sus enemigos reprochan además la presencia de combatientes en Siria.

Medios regionales refirieron a mediados de octubre que el canciller de Arabia Saudita, príncipe Saud Al-Faisal, aconsejó a los cristianos acordar un candidato de compromiso para el Palacio de Baabda durante una entrevista en Jeddah con el diputado Sami Gemayel, del partido Kataeb.

Ambos políticos discutieron los "principios y puntos de vista" de Riad respecto a los acontecimientos en la zona y en El Líbano, un pequeño país con gran resonancia involuntaria en Medio Oriente que está sin jefe de Estado desde que Michel Sleiman culminó su mandato el 25 de mayo.

Dado su innegable peso político, militar y diplomático regional, Arabia Saudita ha intentado cumplir en el caso libanés un pesado cometido que, según fuentes diplomáticas, le ratificó Estados Unidos durante la breve visita a Riad del presidente Barack Obama el 28 de marzo último.

En sus pláticas con el rey Abdulah bin Abdulaziz, Obama buscó reaproximarse a un aliado regional clave, pero agraviado tras discrepancias iniciales por la postura de Washington respecto a las revueltas que derrocaron a Hosni Mubarak en Egipto en 2011.

Pese al mutismo saudita sobre las conversaciones oficiales, informaciones filtradas apuntaron a que un tema muy recurrente fue la necesidad de preservar la estabilidad de El Líbano y tratar de hacer todo lo posible por mantenerlo al margen de lo que ocurre en Siria.

En ese sentido, el diario As Safir entendió que la inclusión por parte de Riad de grupos fundamentalistas a los que apoyaba -y apoya- en un listado de organizaciones terroristas fue una ineludible "orden real" bendecida por la Casa Blanca y planteada personalmente por el propio Obama.

En dicha lista se incluyó al Frente Al-Nusra, una filial de Al-Qaeda en Siria que combate contra el Ejército leal al presidente Bashar Al-Assad; al EI, entonces Estado Islámico de Iraq y el Levante, conocido en árabe como DAESH, y a la Hermandad Musulmana egipcia, entre otras.

Por aquellos días Trípoli sufría su anterior crisis violenta entre sunnitas partidarios de la oposición siria y chiitas afines a Al-Assad, y las medidas excepcionales consensuadas como por arte de magia por las fuerzas políticas libanesas parecían obedecer un mandato externo.

El Ejército libanés entró entonces a Trípoli, contuvo la situación y dio margen de escape a ciertos participantes en los enfrentamientos armados, si bien realizó algunas detenciones, un esquema casi idéntico al aplicado durante los sucesos de octubre en la ciudad portuaria.

Los islamistas tenían entonces el mismo plan, consistente en abrir focos de tensión y enfrentamientos en la Bekaa, Trípoli e incluso Beirut, y -aunque alterado por imponderables- lo fueron ejecutando meses después.

Un atentado suicida en un puesto de control de Dahr al-Baidar en la carretera Damasco-Beirut se registró minutos después del paso del jefe de la Seguridad General libanesa, Abbas Ibrahim, mientras otro terrorista se inmoló antes de ser apresado en un hotel de Beirut.

La seguridad debió multiplicarse en los suburbios del Dahiyeh, en el sur de esta capital, tras un ataque letal en Tayouneh, y desde agosto regiones como Arsal, Brital, Akkar y otras norteñas viven alarmante inestabilidad.

En opinión del político Maurice Nohra, la seguridad de El Líbano vive una amenaza verdadera, y tras recomponer relaciones enfriadas con Qatar y tratar de monopolizar una cruzada antiterrorista a nivel regional, Arabia Saudita tiene como otro encargo estadounidense defender ahora al Ejército libanés.

Riad se ha propuesto "refrescar" la imagen del reino a lo interno y en el ámbito regional, y recurrió a una intensa diplomacia para zanjar disputas con Doha por causa de la Hermandad Musulmana, así como para intentar acallar acusaciones de Iraq, Siria y Hizbulah de que es promotor del terrorismo.

A no pocos sorprendió el respaldo tácito del exprimer ministro Hariri y del gobierno saudita al Ejército libanés y la condena a los extremistas sublevados en Trípoli, aunque todo indica que los islamistas que huyeron de la ciudad lo hicieron gracias a una indulgencia previamente concertada.

Los nexos de Arabia Saudita con El Líbano, en particular con su comunidad sunnita, le llevaron a comprometer hasta tres mil millones de dólares, los últimos mil millones donados en agosto, para elevar la capacidad combativa del Ejército y la policía contra la amenaza yihadista.

Sin embargo, antagonismos entre las alianzas 8 y 14 de Marzo por causa de las armas que posee Hizbulah y su participación en la guerra siria, se mencionaban entre los obstáculos a la concreción del donativo que finalmente se concretó el 4 de noviembre mediante transacciones con Francia.

Pero hay otras razones. El Ejército libanés, formado por militares de las 18 sectas que conviven en el país, se muestra más cohesionado cuanto más aleja la posibilidad de que resurjan milicias sectarias como en la guerra civil, y ni a Israel ni a sus mentores interesa demasiado poderío.

Estados Unidos y Francia se resisten a que la institución castrense se dote del potente arsenal que reclama y necesita, pues devendría en amenaza ante un escenario de confrontación con el Estado sionista, sobre todo después de la capacidad combativa que probó Hizbulah en el verano de 2006.

Lo anterior explica porqué el Gobierno y políticos prooccidentales libaneses dilatan una respuesta al ofrecimiento de armas de Irán para que Ejército y fuerzas de seguridad luchen contra los yihadistas, y esgrimen que ese gesto pudiera violar sanciones impuestas por la ONU a Teherán.

Entre los libaneses prevalece gran desesperanza respecto a la estabilidad sin giros positivos en la arena regional e internacional, y para ello Washington deberá eliminar el monstruo del extremismo islámico que aupó para someter al mundo árabe tras el desgaste de sus acciones militares directas.

* Corresponsal de Prensa Latina en El Líbano.

Fuente: Prensa Latina

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