La ofensiva contra Venezuela se acentúa. Se agrava. Se trata de una confabulación conformada por diversos factores y motivos. Por el peso político-ideológico del proceso bolivariano y la influencia que irradia hacia la región. Por la irracionalidad de la derecha que funciona en el país y envenena y confunde en el exterior. Por las inmensas riquezas naturales que existen en el territorio nacional. Y por factores que juegan un papel muy importante, como son la indoblegable actitud del gobierno de Nicolás Maduro, de lealtad al proyecto fundacional de Hugo Chávez y el mantenimiento en pie, y sin vacilaciones, de un gobierno soberano.

2 Pero hay de por medio otros elementos que privan en la posición adoptada por el conjunto de gobiernos que arremete contra el país. Se trata, en primer lugar, de la influencia determinante del Gobierno norteamericano. Esa influencia es permanente e inalterable, no importa qué partido -Demócrata o Republicano- esté al frente del Gobierno o qué personaje -Obama o Trump- ocupe la Casa Blanca. Obama, por ejemplo, echó las bases de la conjura que hoy ya es una realidad. Se pudiera decir que el ex presidente fue el ideólogo del grosero planteamiento consistente en afirmar que Venezuela constituye una amenaza inusual contra la seguridad de  Estados Unidos, mientras que Donald Trump ha sido el ejecutor práctico del sórdido mandato. Tal determinación ha contado con el sumiso e indigno respaldo de la Unión Europea y de los gobiernos cipayos de la región latinoamericana.

3 Para los gobiernos de la Unión Europea, la condena a Venezuela no tiene otra explicación que su incondicionalismo ante Estados Unidos. Estoy convencido que del caso venezolano conocen muy poco -por no decir que nada-; que solo se guían por los dictados de Washington y por el barraje de informaciones falsas de los medios de comunicación encadenados. La seriedad de los gobernantes y líderes europeos no existe, se arrastra por el suelo. A ninguno se le ocurrió investigar la situación venezolana por su propia cuenta y requerir información a la parte acusada. Han mostrado esos gobiernos una irresponsabilidad ilimitada; una carencia total de principios; una brutal capacidad para violar derechos fundamentales tanto en el orden interno como internacionalmente.

4 Para los gobiernos de la región, lo que caracteriza su actual posición es la doblez y la inmoralidad. Ahora confirman, una vez más, su condición de vasallos del imperio. Patean la solidaridad, y lo que cuenta en las circunstancias que vive la región, es una vocación cainita que determina que con baboso lenguaje diplomático invoquen la palabra “hermanos”, pero que no vacilen en asestar a un miembro en dificultades la puñalada trapera. Salvo honrosas excepciones, las posiciones asumidas por los gobiernos de México, Argentina, Colombia, Brasil, Paraguay, Costa Rica, Perú, Chile, están impregnadas de infamia.

Ninguna de esas naciones califica para cuestionar a Venezuela, a sus instituciones. Porque todas ellas carecen de autoridad para hacerlo. Sus gobiernos están formados por ladrones, traficantes, represores, masacradores y explotadores de sus pueblos. Ninguno puede tirar la primera piedra. No es un proceso de investigación serio, imparcial lo que motiva la actitud adoptada contra Venezuela, sino las órdenes ilegales e inmorales del Gobierno de Estados Unidos. Se trata, simplemente, de una acción gangsteril consumada contra una nación cuyo delito es reivindicar la interpretación auténtica, genuina de la democracia, la libertad, la justicia social, la soberanía nacional. En el escenario actual la suerte está echada: imperio contra Estado soberano; inmoralidad contra moral; mafia internacional narcoparamilitar contra una política apuntalada en la ética. Son los representantes y voceros de esos antivalores los que le han tendido el cerco a Venezuela. Un cerco de hienas, cuyo objetivo final es acabar con el Estado nacional, sepultar los logros sociales y las conquistas en materia de participación. Con lo cual  pretenden repetir en la región experiencias como las de Irak, Libia y otras tantas.

Laberinto. 

     - De los gobiernos colombianos Venezuela puede esperar cualquier cosa. Desde el denuesto contra sus instituciones, haciendo causa común con las mafias que siempre han dominado la política de Colombia, hasta llegar a cualquier otro extremo. Por ejemplo, meter una fragata en áreas del Golfo de Venezuela, acción irresponsable que estuvo a punto de generar un conflicto armado entre ambas naciones…
    - El vecino es experto en manejar distintas formas de relacionarse con Venezuela. Siempre las combina. A veces con provocaciones flagrantes, como la del ex presidente Virgilio Barco, el de la idea de colocar, abruptamente, un navío de guerra en un espacio marítimo venezolano, hasta el logro de la delimitación de límites, con la amenaza velada de recurrir a la fuerza. Tratado que suscribiera un López Contreras -abrumado por la precariedad defensiva del país-, y un Santos, por el que Colombia logró la libre navegabilidad por ríos venezolanos…
    - Álvaro Uribe, el inefable ex mandatario colombiano, también se distinguió por provocar. Chávez, a quien no se le enfriaba el guarapo, le respondió siempre con dignidad y firmeza. Una vez -soy testigo de lo sucedido- en una conversación telefónica de ambos presidentes, el venezolano mandó al carajo al colombiano. Esa tortuosa relación, Uribe pretendió llevarla al borde del abismo al tratar de inmiscuirse abiertamente en la política interna de Venezuela. Patrocinando la actividad de la oposición contra el gobierno venezolano de diversas maneras, ayudando económicamente a los enemigos de Chávez, estimulando a la oposición a lo largo de la frontera, operando con paramilitares en territorio nacional, y montando actos de carácter bélico, como lo reconoció el propio Uribe cuando declaró -poco después de dejar la presidencia- que le había faltado tiempo para atacar militarmente el territorio venezolano. Por cierto, la respuesta de Chávez fue lapidaria. Como lo he recordado en varias ocasiones: “No fue tiempo lo que le faltó a Uribe, sino cojones”…
    - Típico ejemplo de la oligarquía que gobierna Colombia es el actual presidente Juan Manuel Santos, capaz de todo, con una ilimitada capacidad para moverse al margen de los principios. Igual decide, como ministro de Defensa de Uribe, violar el territorio ecuatoriano para bombardear un campamento de las Farc y asesinar a Raúl Reyes y a unos estudiantes que se hallaban en el sitio, y luego traicionar a su jefe que lo encumbró al poder, Uribe…
    - De Santos se puede esperar lo peor y lo demuestra hoy por la manera como agrede a Venezuela: descalifica sus instituciones y coordina con el Gobierno de EEUU una política desestabilizadora consistente en cuestionar a la Asamblea Nacional Constituyente, llamados a no reconocer las elecciones presidenciales del 22 de abril y sistemáticas declaraciones destinadas a extremar el cerco económico-financiero contra el país, y a auspiciar un golpe militar o una intervención armada gringa. Algunas muestras: visita de Tillerson y del almirante Kurt Tidd…
    - Las acciones terroristas con que la conspiración, dentro y fuera de Venezuela, pretende crear un clima caótico para las elecciones de abril, están en marcha con el sabotaje del sistema eléctrico y se acentuarán a medida que se acerque la emblemática fecha electoral.

 

       

Fuente: Últimas Noticias

Frases

"Cuando un pueblo despierta, se llena de coraje y decide ser libre, jamás podrá ser derrocado"

Hugo Chávez Frias

Correos del Sur Nº76

 

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Número Especial  1. Junio 2018.

 

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