El genocida expresidente de Colombia Álvaro Uribe vendió en Buenos Aires sus políticas represivas y de “tierra arrasada” bajo el disfrazar de disponer de una política de Estado para hacer frente al narcotráfico y contó entre sus interlocutores nada menos que a dos candidatos presidenciales de la derecha, Sergio Massa  y Mauricio Macri.

El jueves 23 de octubre, Macri y Massa se reunieron con Uribe, un político conservador, vinculado con bandas paramilitares y también acusado de espiar a sus opositores en forma ilegal y ordenar crímenes de lesa humanidad durante los ochos de su gobierno. Por si fuera poco, el presidente venezolano Nicolás Maduro lo acaba de sindicar como autor intelectual del asesinato del legislador chavista Robert Serra.

Existen numerosos antecedentes –y pruebas ante la justicia colombiana e internacional- de que la “excusa” de este conflicto bélico intensificado durante el periodo Uribe,  causó destrucción de viviendas, desplazamiento de la población, sistemáticos asesinatos y heridos de miles de personas inocentes, mientras por paralelamente, se siguen imponiendo megaproyectos de industrias extractivas con intereses de transnacionales, como mineras y petroleras. ¿Este es el modelo que alban Macri y Massa?

Macri y Massa lo presentaron a la prensa argentina como el “campeón” de la lucha contra el narcotráfico. Los paramilitares –en especial los comandados por el hoy preso en EEUU, Salvador Mancuso- ligados a Uribe también formaban un importante cartel del narcotráfico.

“La violencia y el narcotráfico necesitan que se los enfrente de manera brutal. Se necesita toda la fuerza del Estado para combatir el narcotráfico, el lavado de dinero y lo que tiene que ver con la logística del delito”, dijo Massa, exintendente de la localidad bonaerense de Tigre, él mismo sindicado por la parlamentaria opositora Elisa Carrió de tener conexiones con el narcotráfico y el lavado de dinero proveniente de él.

Massa  recordó el asesoramiento del  exdirector de la Policía colombiana, general Oscar Naranjo: “Tuvimos una capacitación en su momento con él sobre logística de prevención y seguridad (…) La violencia y el narcotráfico necesitan que se los enfrente de manera brutal”.

El exdirector de policía de Colombia, llegó a México a mediados de 2012 de la mano del entonces candidato presidencial Enrique Peña Nieto como asesor externo en temas de seguridad. Estuvo 18 meses, con la intención de desterrar el término “guerra” del discurso en materia de seguridad, repetido una y otra vez durante el sexenio del expresidente Felipe Calderón (2006-2012).

Es de recordar que durante su mandato, Uribe prohibió hablar del “conflicto interno” de seis décadas, para poder aplicar su política de exterminio y tierra arrasada. La situación descontrolada en varios estados mexicanos (Michoacán y Guerrero últimamente), habla del asesoramiento de Naranjo, quien fue frecuentemente vinculado con los grupos paramilitares y las violaciones a los derechos humanos.

Según el Centro Nacional de Memoria Histórica de Colombia, en los últimos 55 años de “experiencia exitosa” hubo 220 mil muertos, 25 mil desaparecidos, 1900 masacres y más de cinco millones de desplazados.

Macri, jefe de gobierno de la capital argentina, señaló tras la entrevista, que “Es importante tomar esas experiencias y aprender de aquellos que le ganaron al narcotráfico”, en referencia a las políticas desarrolladas por Uribe, que significaron un férrea (auto)censura de prensa para acallar miles de muertos, desaparecidos y desplazamientos forzosos.

Quizá Massa y Macri no estén enterados (la televisión pasatista no suele hablar de esas cosas, claro), pero tres de los jefes de seguridad de su gobierno están siendo juzgados y uno de ellos, un ex general, fue extraditado a Estados Unidos, por sus actividades como narco con los paramilitares de las Autodefensas Unidas de Colombia, tristemente conocidas como fuerzas paramilitares.

El propio hermano de Uribe, Santiago, ya fallecido, estaba acusado de formar parte de Los Doce Apóstoles, un grupo paramilitar, y la que fue su pareja también está siendo juzgada en Estados Unidos.

Invitado al XII Congreso Internacional de la Federación Panamericana de Seguridad Privada, presuntamente financiado por el paramilitarismo a lo largo del continente, Uribe alentó a los gobiernos a “no tener ningún tipo de contemplación con aquellos que producen y venden drogas” y habló sobre la necesidad en la región de combinar inversión con desarrollo humano, políticas sociales y sobre la lucha contra el narcotráfico y el crimen organizado.

Paramilitares, narcotraficantes, trasnacionales que se benefician con las políticas de tierra arrasada, empresas y asesores de seguridad se regodean en Argentina con el negocio que puede llegar de la mano de Massa o Macri. ¿Un modelo de exportación?

Fuente: Nodal

Sobre Uribe y sus actuaciones respecto a Venezuela, todo está claro. Porque, como dice el refrán, por la boca muere el pez

1.- ¿Acaso el chavismo la tiene cogida con Álvaro Uribe? Lo que uno deduce de las declaraciones de voceros de la oposición venezolana, de dirigentes de la derecha colombiana y los comentarios de analistas internacionales es que el ex presidente fue escogido como blanco privilegiado para descargar sobre él la responsabilidad de todo cuanto ocurre en Venezuela. Es decir, que el personaje es una especie de angelito al cual se le quieren atribuir, gratuitamente, hechos relacionados con la política del país. Y no es así. Sobre Uribe y sus actuaciones respecto a Venezuela, todo está claro. Porque, como dice el refrán, por la boca muere el pez. El ex Mandatario colombiano es quien se ha involucrado más allá de lo imaginable en la situación interna del país. Es él, y solo él, quien tomó la iniciativa de escoger a Chávez, al chavismo y al proceso bolivariano como enemigos. Para convertirlos en referencia aglutinante de su equipo y darles condición de amenaza político-ideológica para avanzar en planes más audaces. Por ejemplo, fue el propio Uribe quien en una insólita declaración se lamentó de que le faltó tiempo para agredir militarmente a Venezuela. La respuesta de Chávez es bien conocida.

2.- Entre los gobiernos de Chávez y Uribe existió, por un tiempo, una cordial relación. Hubo intercambio de visitas de ambos presidentes, declaraciones auspiciosas y elaboración de planes de cooperación en áreas clave. Pero esos logros se frustraron de pronto cuando Uribe, obedeciendo a dictados supranacionales y dada su concepción derechista en política, optó por el enfrentamiento con el Mandatario venezolano. Viví de cerca ese viraje debido a los cargos que ejercí en el gobierno revolucionario para entonces. Fui testigo de los cambios que se operaban en el gobierno uribista, de las primeras provocaciones en el marco de una situación que finalmente se tornó insoportable. Todo indica que para Uribe, para su política, eran indispensables las tensiones calculadas y la exaltación de las diferencias. También me consta los esfuerzos que hizo Chávez para evitar que avanzara aquel fatal deslizamiento hacia la ruptura.

3.- Si alguna conclusión saqué de aquella experiencia es que Uribe es un personaje complicado, emocionalmente inestable. Alguien capaz de cualquier cosa. Con una infinita capacidad de maniobra y feroz vocación de poder. Algo así como un fanático que está convencido de que la verdad está siempre de su lado. Que se aleja y se acerca a las más disímiles posiciones con sentido pragmático y en función, exclusivamente, de un pensamiento excluyente. Alguien que se cree poseedor de atributos mesiánicos que maneja a discreción, pero que al mismo tiempo está condicionado por sórdidos compromisos con los poderes fácticos, en particular el complejo militar de Estados Unidos.

4.- Uribe es un hombre de paradas. Nada lo frena cuando adopta una decisión. En su carrera política apostó a todo: a romper con el partido donde militaba, el Liberal; a abrirse con posiciones propias, sin porvenir, de lo cual tenía conciencia. De ahí las alianzas que forjó con la franja oscura de la política, con el entramado mafioso. Su falta de escrúpulos lo condujo a relacionarse con las Convivir, con las Autodefensas, con los capos de los carteles de la droga, con los paramilitares, como lo revelan miles de testimonios de los protagonistas, y a utilizar a la Fuerza Armada como soporte de aventuras. Tan capaz es Uribe de todo que no tuvo empacho en apoyar descaradamente al candidato presidencial Capriles; de anunciar que haría campaña a su favor en la frontera; de apoyar a López en sus desmanes, y a no ocultar su relación con un terrorista prófugo como Lorent Saleh. A Maduro lo agrede como le da la gana, con la soberbia con que suele tratar a los adversarios. Su nombre se lo vincula -con base en múltiples evidencias- a terroristas que operan en Venezuela. ¿Es posible? Por su pasado, por las ejecutorias del personaje en su país y por lo que hoy representa en la región, no tiene nada de extraño.

La segunda muerte de Robert Serra

El país sabe cuándo ocurrió su muerte. Cuándo fue salvajemente asesinado. Los autores del crimen no tuvieron compasión. Se ensañaron en su cuerpo en un ritual de odio, de desprecio por la vida. Para acabar no solo con el hombre, sino con las ideas que representaba. Pero no bastaba con eso. Había que ir más allá. Trascender aquel abyecto episodio. Había que matar al muerto. Liquidar lo que quedaba de él: su limpio nombre, su prestigio, su pasión por las causas nobles y el coraje con que encaraba la lucha política. Había que darle muerte por segunda vez. Apelar a un asesinato peor que el primero: el moral. Para que de él no quedara nada. Tan solo la reseña mediática del abominable hecho, objeto de abusivas distorsiones. Su cadáver, revertido en multitud, aun no llegaba al cementerio -lo que lo hacía más peligroso para los autores intelectuales del crimen-, cuando ya era apuñalado otra vez con miserables versiones. Para impedir justamente su proyección en el afecto popular, como ocurrió tan pronto se conoció la aciaga noticia, aquella noche del 1º de octubre.

Toda la podredumbre que es capaz de expeler un sector social y político pretende mancillarlo, rematarlo implacablemente, con saña sin igual. La práctica la conozco muy bien. La viví directamente en muchos otros casos de conductores populares eliminados en las cámaras de tortura, en los siniestros TO, en masacres despiadadas, justificados con el argumento expedito de que se trataba de delincuentes, ajustes de cuentas, desertores, confidentes. Pero el tiempo se encargó de desmentir las infamias y reivindicar la verdad. Los de siempre, dirigentes políticos inmorales, jefes de organismos de seguridad inescrupulosos y los partidarios de la idea de que no basta con dar muerte a un dirigente, sino que hay que rematarlo luego para que nada quede de él, retornan al escenario de la tragedia para estigmatizar al adversario, sus restos, su ejemplo. Con Robert Serra se repite esa escatológica expresión del lado oscuro de la política y de algunos personajes. Ahora con la ventaja de que lo hacen a través de las inefables redes sociales.

Laberinto

-Mi columna del pasado lunes levantó roncha. He recibido muchos mensajes telefónicos, por Internet y directamente, reconociendo la validez del planteamiento. También objeciones y críticas que leo con interés. Puntualizo que todas las denuncias que hice están en la Fiscalía General de la República y son procesadas. Algunas han causado mandatos judiciales de aprehensión de los involucrados…

-No comparto la tesis de que lo está ocurriendo con algunos organismos policiales son hechos circunstanciales, aislados, que no son parte de una política de Estado. No lo he planteado así. Pero tales hechos, si no son corregidos rápidamente, se convierten en política. Que es lo que hay que evitar a toda costa, para impedir que la arbitrariedad prospere en esos organismos y se conviertan en soportes del crimen…

-Actitudes positivas recientes: A) la del gobernador de Carabobo, Francisco Ameliach, al reaccionar contra la medida administrativa que le negó a la esposa del ex alcalde Scarano la posibilidad de visitarlo en la cárcel; y B) la aceptación inmediata del presidente Maduro de la propuesta del gobernador Henri Falcón para convocar al Consejo Federal de Gobierno. Dos actos que abren las puertas al diálogo y le dan contenido humano a la política.

Fuente: Aporrea

 

Las acciones bélicas de la Administración de Barack Obama, previo a las elecciones para representantes del 4 de noviembre próximo, tanto en territorio iraquí como en Siria, tienen, según lo señalado públicamente, el combate al movimiento takfirí EIIL (o Daesh en árabe) sin embargo, el proyecto estratégico tras estas acciones se enmarcan en la decisión de derribar el gobierno de Bashar al Assad y al mismo tiempo, intensificar el cerco contra Irán y Rusia.

TURQUÍA Y SU JUEGO MORTAL

Esta política estadounidense, que cuenta con el apoyo cómplice de Arabia Saudita, las Monarquías árabes del Golfo Pérsico, Jordania y algunas potencias europeas, ha intensificado el número de muertes, destrucción e inestabilidad en la zona de Oriente Medio, sumando más actores a un conflicto que puede desbordar la zona donde opera Daesh. Ampliándose al conjunto del Levante Mediterráneo, el Magreb e incluso la zona del Golfo Pérsico. Lo señalado ha conformado un clima de tensión y recrudecido las acusaciones de inacción del gobierno de Turquía frente a las acciones militares de Daesh en la ciudad kurda de Kobani en Siria y gobernado por el Partido de la Unión Democrática (PUD).

La lucha en Kobani, asediada por Daesh desde el 16 de septiembre, ha significado la huida de decenas de miles de kurdos sirios y la posibilidad de otra crisis humanitaria por la presencia de miles de estos refugiados a ambos lados de la frontera turco-siria. Unos, queriendo huir de la zona en conflicto y los otros que desean proteger a sus hermanos y combatir a Daesh, ingresando a territorio sirio. Deseos reprimidos por un Ejército turco que juega al debilitamiento de las fuerzas kurdas, que son consideradas enemigas del gobierno de Tayyip Erdogan y aliadas del Partido Kurdistán del Trabajo (PKK), que ha sostenido un cruento conflicto con Ankara y que mantiene en prisión a su máximo líder, Abdullah “Apo” Öcalan, condenado a prisión perpetua por los cargos de terrorismo y separatismo armado.

El aumento de los combates de las milicias kurdas contra Daesh y los bombardeos a posiciones del grupo takfirí por parte de aviones de Estados Unidos y algunos aliados árabes como Jordania, Emiratos Árabes Unidos y Catar, muestran una dimensión ampliada del conflicto, donde Turquía ha señalado que actuará en el combate frontal contra Daesh, siempre y cuando se le garantice la caída de Bashar al Assad, de ahí su inmovilismo, la pasividad y el dejar hacer a las milicias takfirí contra la población civil de Kobani. Para los turcos, no es más enemigo el integrismo de Daesh que Damasco y en esa lógica, es mejor que ambos se desangren y de pasada debilitar a las fuerzas kurdas.

La analista Nazanin Armanian, ante la conducta del Gobierno turco señala que esta inacción se entiende en función de sus propios intereses políticos y estratégicos en la zona: “ante las peticiones del PUD e incluso de Estados Unidos, de intervenir para salvar Kobani, Ankara ha señalado las siguientes condiciones: que el PUD abandone su idea de autodeterminación y abandone al PKK. Que se una a la lucha para derrocar a Bashar al Assad. Que integre las Unidades de Protección Popular -brazo armado del PUD- al Ejército Libre de Siria. Que permita a las tropas turcas gestionar la seguridad de la zona kurda de Siria, controlando las entradas y salidas de las personas, creando así una segunda Gaza. Erdogan lo que pretende con esto, es la abdicación del PUD a sus reivindicaciones, destruir al PKK en Siria y así sacar ventajas políticas de la negociación con la izquierda turca de Anatolia. Turquía induce al suicidio político al PKK-PUD. Todas ellas propuestas estériles, para que el mandatario turco pueda seguir respaldando a su criatura del Estado islámico, que al más puro estilo de la Yeni Cheri (Fuerzas Especiales Otomanas) arrasan pueblos enteros en su camino”.

Se une a lo señalado en Medio Oriente, lo que podemos denominar como el Frente Euroasiático, que ha intensificado sus señales antirrusas por parte de la administración de Obama, que acusa al gobierno de Moscú de ser responsable de la situación de desestabilización del gobierno de Kiev a manos de los separatistas del sudeste ucraniano. Bajo esta imputación, Estados Unidos pone en práctica el viejo sueño de cercar al gobierno de Putin, con el objeto de cumplir su objetivo geoestratégico mayor: liderar el proceso de europeización de las ex repúblicas soviéticas, con todo el potencial gasífero e hidrocarburífero que esa zona del mundo posee. Ante esa conducta de la política exterior estadounidense, Moscú ha respondido con dureza, señalando - a juicio del canciller ruso, Serguei Lavrov - que “la crisis en Ucrania es utilizada por Washington como un irritante en las relaciones Rusia con la Unión Europea, con el objetivo de imponer su liderazgo en el espacio euro-atlántico. Estados Unidos pretende con sus declaraciones y acciones poner a “Rusia en su sitio”.

Respecto al tema de la lucha contra Daesh, el jefe de la diplomacia rusa fue enfático “en la lucha contra el terrorismo seremos aliados con Teherán y Damasco y así lo hemos comentado a nuestros colegas europeos cuando a la Conferencia de Ginebra - por la paz en Siria - no fue invitado Irán como tampoco a una Conferencia sobre Irak a lo cual también se le negó la participación a Siria. No se puede establecer la paz en la zona sin ambos países. Tanto Irán como Siria, objetivamente, son aliados en la lucha contra el terrorismo. Seguiremos ayudando a Siria combatir el terrorismo incluso con armamento”.

Las operaciones bélicas en Siria e Irak por parte de Estados Unidos y sus aliados, mantienen la política de hostigamiento y desestabilización del gobierno de Bashar al Assad. Bajo el argumento esgrimido por Obama en los discursos ante la nación el 10 de septiembre pasado y posteriormente ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, bajo la coartada que se combate a Daesh, son la expresión crónica de la política exterior estadounidense. Política que suele plantear, en el plano internacional, la resolución de sus problemas internos. Generando con ello cohesiones frente a enemigos reales o inventados de tal forma de levantar la imagen, no sólo del presidente estadounidense sino también de su partido político y de esa forma tratar de primar en la cámara alta, teniendo una mayoría tal que no cuestione las políticas implementadas durante su administración.

Es un juego interno, que repercute trágicamente en la vida de miles de personas en zonas del mundo donde esa política exterior estadounidense se manifiesta con muerte y destrucción. No es casual que las intervenciones de los gobiernos estadounidenses en terceros países, ya sea en forma directa como fue en Irak y Afganistán o a través de la estrategia de Barack Obama del Leading from Behind, son claros antecedentes de elecciones presidenciales o de representantes parlamentarios y en ese contexto, el complejo militar-industrial estadounidense suele jugar un papel fundamental, en el marco de las nuevas estrategias globales, donde los enemigos de ayer no son los mismos de hoy. Pero se les ataca con la misma saña.

DESDE LOS ROGUE REGIMES A DAESH

Hasta el fin de la Guerra Fría, los estrategas del Pentágono estaban preocupados por la amenaza planteada por los denominados - según el nombre dados por los creativos políticos estadounidenses - Rogue Regimes (regímenes parias o Estados Canallas) del Tercer Mundo. Pero, desde finales de la década de los noventa del siglo XX han sido cada día más numerosos los expertos militares, que alertan a la administración estadounidense, de la hipotética manifestación y lo que pueda deparar esa aparición de un “oponente de potencia comparable” (peer competitor), es decir, un Estado con la fuerza suficiente, para poder enfrentarse a Estados Unidos con posibilidades casi iguales de derrotarlo en distintos campos, no sólo en lo militar.

El Profesor de Relaciones Internacionales del Hampshire College, autor del ya clásico ensayo “la Nueva Estrategia Militar de los Estados Unidos Michael Klare sentenciaba a inicios del año dos mil, que ese oponente todavía no existe - aunque se visualizara bajo el nombre de China y/o Rusia - pero la eventualidad de su aparición ha modificado las perspectivas estratégicas de Estados Unidos. “La política oficial en ese plano ha cambiado, pues si hasta fines de la administración de George W. Bush la prioridad era mantener una fuerza militar suficiente, para llevar a cabo y ganar simultáneamente dos “grandes conflictos regionales”: uno de ellos en el Golfo Pérsico (claramente especificado contra Irán) y el otro en Asia (contra Corea del Norte) hoy los nuevos enemigos se han multiplicado. Irán y Corea del Norte siguen siendo considerados blancos y enemigos de las estrategias de dominación de Washington pero, agregando nuevos nombres, sobre todo tras el derrocamiento de la Libia de Muammar Gaddafi

La postura oficial planteada por Klare, cambió a medida que los analistas militares estadounidenses, con la llegada a la Casa Blanca del Premio Nobel de la Paz Barack Obama comenzaron a inclinarse hacia escenarios distintos. Léase: Un conflicto con Moscú por los recursos hidrocarburíferos, oleoductos, gaseoductos y materias primas de la zona del Mar Caspio y una guerra contra Beijing, para garantizar la libertad de navegación - según la libertad que entiende Estados Unidos junto a sus socios japoneses y de Corea del Sur -en el Mar de la China. Libertad de navegación que esconde el propósito mayor: limitar a China sus capacidades de comerciar con el mundo de la manera que lo está haciendo, pasando de ser una potencia regional a una de carácter global.

Es este horizonte de pugnas políticas, económicas y militares, lo que ha generado la aprobación de ingentes sumas de dinero, para desarrollar una estrategia política-militar, en condiciones económicas recesivas en Estados Unidos y que bajo la administración de Obama se eleva a los 600 mil millones de dólares (en comparación a los 100 mil millones de dólares que significa el presupuesto de Defensa de China y los 100 mil que corresponden a lo presupuestado por Rusia). Recuerdo en ello un análisis de algunos años atrás, pero plenamente vigente, de la editora de la revista Challenge, Roni Ben Efrat, quien sostenía que los presupuestos de defensa de Washington reflejan, bajo sus condiciones económicas una amenazadora fusión “ya que la combinación de ese poder militar y una crisis económica es sumamente peligrosa. Induce a los fuertes a resolver los problemas económicos por medios militares. Esa es la mezcla que engendró el fascismo y permitió un holocausto. Estamos de nuevo ante la misma intersección”.

La pregunta que se hacía la citada analista, en la época de George W. Bush, adquiere especial actualidad y la interrogante no es saber si el mundo puede vivir con Daesh, Kim Jong-un o algún enemigo de turno. Más bien la pregunta es ¿puede el mundo vivir con Barack Obama? A lo que agregaría ¿Puede vivir el mundo con Obama y sus socios europeos, prestos a intervenir donde mande Obama. Con las Monarquías árabes del Golfo Pérsico y sus creaciones takfirís, con el régimen de Israel y sus agresiones a Palestina, con el Reino de Marruecos y la ocupación del territorio que pertenece al pueblo saharaui?

Las dificultades internas, en este caso económicas y políticas que sufre Estados Unidos, han sido siempre una condicionante importante a la hora de definir caminos de arreglo, entre ellas las aventuras militares, utilizando el complejo militar industrial como motor de desarrollo. Si consideramos que el neto de la deuda externa de Estados Unidos en los últimos 25 años (desde la invasión a Irak por George Bush padre) es la acumulación de un cuarto de siglo de grandes gastos, sobre todo en defensa y de gran déficit comercial y que está proyectado que alcance, en el año 2014, cerca del 25% del PIB, es decir 3 billones de dólares. El Estados Unidos que surja de sus aventuras militares en Libia, Egipto, Irak con remake incluido, Siria, Afganistán y una nueva aventura militar, sea en el Golfo Pérsico o en el Lejano Oriente, será distinto a aquel país que atacó Irak a principios de los noventa. La disyuntiva que enfrenta ahora es si saldrá más fortalecido, con acceso a más recursos energéticos e influencia o tendrá que contender con el resurgimiento de la potencia rusa y las ambiciones chinas en el globo.

El triunfalismo de Wall Street avizoraba que los mercados del mundo se abrirían ante las corporaciones estadounidenses, cosechando los dividendos de un campo socialista extinto y la participación estadounidense en Irak y Afganistán, generando multimillonarios negocios para inmobiliarias, empresas energéticas y el complejo militar-industrial. Hoy, sólo sus socios incondicionales: Inglaterra y el régimen de Israel, parecen querer acompañarlo en sus afanes belicistas, con alguna participación menor de parte de Francia y las obligaciones de las derruidas Monarquías árabes del Golfo Pérsico. La Europa de los 28 cada día es más renuente a participar de las aventuras de Washington. Latinoamérica se opone decididamente, así como China y Rusia, no sólo como aliados de Siria, por ejemplo, sino ejerciendo su derecho a veto en el seno del Consejo de Seguridad frente a los llamados de intervención multilateral.

Incluso, con leves atisbos pero esperanzadores, la propia Organización de las Naciones Unidas (ONU) ha elevado sus críticas a la forma de actuar de Estados Unidos y sus socios, sobre todo con el régimen de Israel en Palestina. En esta perspectiva, parece claro que quien siembre vientos recogerá tempestades. Nuestro mundo ha sufrido, bajo la conducta de los gobiernos estadounidenses del último cuarto de siglo los efectos de vientos de guerra que han ocasionado millones de muertos, heridos y la destrucción de países y sus posibilidades de desarrollo. Esos vientos de guerra alcanzaron la categoría de huracán, con el objeto perverso de satisfacer la avaricia y los intereses corruptos de empresarios, políticos y militares unidos en una cofradía mortal, que lucran con las guerras y el sufrimiento humano. Que en sus balances anuales las muertes y penurias son sólo haberes que van a sus bolsillos y deberes que generalmente serán pagados por otros.

Señalábamos que Washington ha estado enfrascado en las administraciones de Obama en una escalada armamentista, con el objetivo de alcanzar la plena hegemonía militar a escala global. El gasto en defensa del año 2014 alcanzará los 600 mil millones de dólares, una cifra equivalente al PIB de toda la Federación Rusa. Ninguna lógica explica ese nivel de gasto, a no ser el deseo de devenir en el Imperio Global por excelencia, dominar el planeta económica y militarmente, incluyendo el espacio exterior, como ha ido el sueño explicitado desde la época del ex presidente Ronald Reagan y su iniciativa de Defensa Estratégica.

La cifra mencionada, no incluye el presupuesto asignado a la CIA, desde fuentes tanto oficiales como reservadas, para financiar sus operaciones encubiertas. Según datos de Jane´s Defence Weekly, el presupuesto total de inteligencia del año fiscal 2014 se eleva en “unos 50.000 millones de dólares que claramente no incluye los ingresos multimillonarios que fluyen de las arcas de la CIA de empresas tapaderas y pantallas que esta posee, procedentes del tráfico de estupefacientes en Afganistán, por ejemplo o del contrabando de petróleo desde las zonas de combate en el Norte de Irak y Siria, aupado por la dirigencia kurda corrupta del Kurdistán iraquí y del propio Daesh, que apoyado por los mismos que se supone combaten, vende el petróleo robado a sirios e iraquíes en el mercado turco, jordano e incluso europeo.

UN VIEJO CONCEPTO PARA UNA PRÁCTICA CRÓNICA

En enero del año 2002 los escritores de discursos para Bush, Michael Gerson y David Frum, desarrollaron la idea denominada Eje del Mal” (The Axis of Evil) que incluía a: Irán, Libia, Irak y Corea del Norte. Clasificación bastante contradictoria, pues no abundan elementos comunes entre ellos, excepto en lo que se refiere a la fabricación y transferencia tecnológica en materia de misiles de mediano y largo alcance, algunos otros proyectos bélicos y en sus difíciles relaciones con Estados Unidos. Con esta idea, Washington pareció encontrar una buena justificación, para continuar con el proyecto Rumsfeld del escudo de defensa antimisiles y con ello favorecer la solicitud de un incremento substancial en defensa, reflejando así, una de las características más criticadas de la política exterior estadounidense: el manejo de visiones estereotipadas.

Ese “Axis of Evil” reactivó la visión surgida bajo Clinton respecto a los Rogue States (Estados Villanos) que vista las críticas generadas, dio paso a los States Concern (Estados Preocupantes), valoración más reflexiva, asumida por Clinton en medio del debate sobre estrategia exterior, y que involucraba aplicación de bloqueos y embargos, posibles de sustituir por políticas de “compromiso constructivo”. Por ello, colocar a Irán en un plano de amenaza para Estados Unidos, resulta no sólo inexplicable sino que absurdo tomando en consideración los pasos de diálogo y apertura que el gobierno de Teherán ha venido aplicando, sobre todo en materia de su programa nuclear, estigmatizado por la poderosa influencia del lobby sionista en la capital estadounidense mediante el denominado American Israel Public Affairs Committee (AIPAC).

Si alguien, en el plano de la aceptación, sin ton ni son, de lo que inventan como denominaciones, arquetipos u otras patrañas ideológicas los analistas estadounidenses, desea aceptar como presente esta vieja denominación del “eje del mal” resulta risible, en ese marco, que Arabia Saudita, en la lógica norteamericana, no forme parte de esta arcaica inventiva, aunque sea público que es el Estado patrocinador mundial de los grupos takfirís más extremos del mundo, incluyendo a Daesh. Las acciones estadounidenses son un tipo de política extremadamente simplista, rayana en la ramplonería, un grave error y parte de una política exterior enloquecida.

Con el inicio de la segunda década del siglo XXI Estados Unidos aplicó otra batería de acciones bajo el marco del leading from behind dando origen a la denominada “Primavera Árabe” continuación de las llamadas “Revoluciones de Colores” todo ello parte de la estrategia global de desestabilización de gobiernos considerados hostiles por Estados Unidos o por objetivos vinculados a intereses económicos. En el caso de la mediáticamente llamada Primavera Árabe, creada en los burós occidentales, avalada, financiada y amplificada bajo la excusa de democratizar a los Estados árabes, se esconde el objetivo de derrocar al gobierno de Bashar al Assad, cercar a Irán y de paso comenzar a acusar a Rusia de potenciar la desestabilización en Ucrania. Estas acusaciones no sólo son una burla, sino una vulgar manera de poner en marcha la maquinaria bélica estadounidense, bajo espurios objetivos. Forma parte de un proceso casi ritual. Se centra la atención en determinadas zonas del mundo - pobres, bajo detestables dictaduras (generalmente puestas allí y apoyadas por los propios estadounidenses - y se les presenta luego como la máxima expresión del mal.

El prestigioso dramaturgo inglés Harold Pinter ha sido categórico en su apreciación sobre Estados Unidos, signado por un famoso discurso dado al recibir el titulo Honoris Causa en la Universidad de Turín donde señalaba “a principios de año fui operado de cáncer. La cirugía y sus efectos me provocaron una pesadilla, sentí que no podía nadar bajo agua en un interminable y profundo océano, pero no me ahogué y me alegro de estar vivo. Sin embargo, supe que emerger de una pesadilla personal era entrar en una pesadilla pública infinitamente más avasallante - la pesadilla de la histeria, la ignorancia, la arrogancia, la estupidez y la beligerancia norteamericana; la nación más poderosa que el mundo ha conocido, lidiando contra el resto del mundo. Esta pesadilla pública nos muestra, que la administración norteamericana, es una bestia sedienta de sangre, que ha desarrollado nuevos escenarios de guerra por todo el planeta e intensificado aquellos que ha mantenido por años. Las bombas son su único vocabulario y a menos que el mundo reúna la solidaridad, la inteligencia, el valor y la voluntad para resistir el poder de Estados Unidos, el mundo mismo se hará merecedor de la declaración de Alexander Herzen “nosotros no somos los médicos, nosotros somos la enfermedad”.

PABLO JOFRÈ LEAL es periodista y escritor chileno. Analista internacional, Master en Relaciones Internacionales de la Universidad Complutense de Madrid. Especialista en temas principalmente de Latinoamericanos y Oriente Medio. Es colaborador de varias cadenas de noticias internacionales.

Fuente: HispanTv

Muchos presumen de afirmar que la economía nada tiene que ver con la política. Insisten en explicar la economía como una ciencia exacta, ingenieril, en la que un conjunto de herramientas técnicas, casi por arte de magia, y a veces por inexplicables carambolas neutrales, acaban definiendo el modo más eficaz de organizar una sociedad. Hablar de política cuando se discute de economía parece una blasfemia para esos acérrimos defensores del paradigma hegemónico. Así la economía la presentan como una cuestión de expertos en la que el pueblo, y por tanto la política, poco tiene que opinar. El tiempo de la pos política, como dice Chantal Mouffe, se pretende imponer desde aquellos que procuran evadir la disputa política cada vez que toca discutir en torno a asuntos sociales de máxima importancia. Menos mal que luego la realidad refuta esta absurda tesis y siempre se acaba demostrando que la política atraviesa a la economía. Como no puede ser de otra forma, no hay debate económico si éste no se hace desde la confrontación política.  
Coca Cola aumentó los precios de todos sus productos durante el silencio electoral en Bolivia. (Foto: Archivo)

Han pasado ya unos días y ahora ya se puede contar sin estrés electoral. El órdago de la Coca Cola contra el gobierno de Evo Morales, justo antes de las elecciones del pasado domingo 12 de octubre, es un buen ejemplo para explicar cómo la política se convierte en una variable clave para entender qué sucede en términos económicos. De manera muy “curiosa” (las comillas son comillas irónicas), Coca Cola a pocos días de la gran cita democrática, decide subir el precio de todos los productos de su marca en un país donde el control del precios es una religión muy efectiva y apoyada por la mayoría de la población. Así, de repente, la más trasnacional de las transnacionales considera que los costes de sus productos han aumentado y es justamente en plena jornada de reflexión electoral el momento más oportuno para provocar un aumento de los precios en productos que son ampliamente consumidos por el pueblo boliviano.

En el gobierno del MAS, la lucha contra la inflación es objetivo prioritario y así se demuestra en su efectiva política de control de precios, de monitoreo diario sobre muchísimos productos de la cesta básica para los bolivianos. Este proceso de cambio entiende que la inflación es literalmente una cuestión de puja distributiva, de lucha entre el poder de mercado de unos pocos (que busca la máxima tasa de ganancia) y el poder popular de la mayoría social (que no desea perder poder adquisitivo). La inflación es una ecuación política y no un valor salido de una coctelera de variables técnicas. Así es como Evo Morales y los suyos concibe esta arma de destrucción masiva del siglo XXI. Y por ello su gobierno puede presumir de una economía en continuo crecimiento, con fuerte protagonismo de las políticas sociales redistributivas, con una inflación controlada y compensada sobradamente por la mejora de las condiciones de vida salariales de la ciudadanía.

Este éxito en política económica no es casual, sino que se deriva de concebir que la lucha contra la inflación solo se puede realizar desde la recuperación de la soberanía en política económica. Coca Cola se confundió de época, y creyó que aún estaba en la era neoliberal, pensando que podía incrementar los precios como si la libertad de mercado fuera más importante que la justicia social para los bolivianos. Y no. El gobierno boliviano dio una lección magistral de economía política impidiendo que Coca Cola abusara de su posición de mercado para afectar a la vida cotidiana de los bolivianos, y más si esto se producía a tan poco tiempo de votar en unas elecciones. La ministra de Desarrollo Productivo, Teresa Morales, no dejó lugar a dudas en su reacción: “esto es un acto político”; “Coca-Cola no encontró la mejor manera de lastimar este momento iniciando un proceso de incremento de precios”; “la compañía cae en un acto abiertamente político y de atentado contra el bolsillo de los bolivianos, ya que lanza esta medida dos días antes de las elecciones”. Tan contundente como eficaz la posición de la ministra y del Presidente que no permitieron este intento de golpe de mercado que pretendía contaminar el ambiente para que la oposición pescara electoralmente en río revuelto. El ejecutivo empleó sus facultades legales y políticas para suspender este incremento de precios; obligó a los directivos de Coca Cola a dar explicaciones; les hizo retroceder; y además declaró que a partir de entonces las gaseosas también estarán dentro del monitoreo diario de precios. Así la inflación, para este gobierno, nunca podrá ser concebida como un ser paranormal que tiene vida propia pero sin nombres ni apellidos. No. En esta Bolivia, la inflación se controla con medidas acertadas económicas pero siempre desde la política, identificando quién es quién, y qué tipo de intereses tiene cada uno.

Recuperar la soberanía en política económica es entender precisamente que sólo puede haber otra economía justa y humanista si ésta se implementa desde una posición política independiente. El gobierno de Evo Morales lo ha demostrado, y la victoria frente a la Coca Cola es una muestra más de este camino arduo pero fructuoso. Así es como se explica que Evo Morales tenga el apoyo que tiene en las urnas porque no promete lo que no cumple; porque la soberanía no es eufemismo de nada, sino realmente constituye el principio político básico para llevar a cabo una política económica muy acertada. Coca Cola antes de querer usar su poder de mercado, se lo pensará dos veces porque enfrente tiene un proceso liderado por un Presidente que sabe perfectamente usar su poder político, electoral, social y popular.

*Doctor en economía, Director CELAG

Fuente: TeleSur

La gran disputa electoral en Brasil ha vuelto a poner en el tapete los intereses de Estados Unidos en América del Sur. Aislado con el proyecto de la Alianza para el Pacífico, sus intereses han vuelto a aparecer más claramente con los dos candidatos opositores en Brasil: Marina Silva y Aécio Neves.

Prioridad de acuerdos bilaterales –claramente, en primer lugar, con Estados Unidos–, debilitando todos los proyectos de integración regional –del Mercosur a la Celac, pasando por la Unasur, en primer lugar. Es decir, cambio de la inserción internacional de Brasil que, al moverse, con el peso que ha adquirido, significaría el más grande cambio en las relaciones políticas regionales desde la elección de la serie de gobiernos antineoliberales a lo largo de la primera década del nuevo siglo.

En lo interno, un giro radical hacia políticas de mercado, con duro ajuste fiscal, que debilitaría el rol del Estado. Arminio Fraga, el comandante económico de Aécio Neves, dijo cosas muy significativas, que estuvieron de moda cuando él participaba en el gobierno de Cardoso: que el salario mínimo es muy alto (sic) en Brasil, frenando con ello la retomada del crecimiento de la economía. Que un cierto nivel de desempleo es saludable (sic), claramente para debilitar la capacidad de negociación de los trabajadores. Que los bancos públicos han crecido demasiado, etcétera etcétera. Todas melodías para los oídos de los economistas, instituciones y gobiernos ortodoxos, en primer lugar, Estados Unidos.

Sería un nuevo gran viraje en la economía brasileña, similar al que se dio con Cardoso, con la diferencia de que en aquel momento había realmente un descontrol inflacionario, mientras ahora la inflación está bajo control, alrededor de 6 por ciento al año. A pesar de la campaña terrorista de la midia respecto de los riesgos inflacionarios, aunque ese nivel sea menos que la mitad de la inflación que Cardoso entregó a Lula (12.5).

Fuente: Contrainjerencia

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"Cuando un pueblo despierta, se llena de coraje y decide ser libre, jamás podrá ser derrocado"

Hugo Chávez Frias

Correos del Sur Nº77

 

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