Lula libre, Lula inocente, Lula prisionero político. Estas expresiones, de ser repetidas tantas veces hasta que la voz se pone ronca, pueden parecer banales. No son. Y no sólo porque estamos hablando de un hombre injustamente condenado sobre la base de acusaciones sin prueba. Sobre todo porque se trata del ser humano que mejor encarna los sueños y aspiraciones más elevadas del pueblo brasileño. Aspiraciones de justicia, de paz, de igualdad, de libertad verdadera, de soberanía. ¿No fue Lula el presidente que instituyó programas como el Bolsa Familia, el Hambre Cero, los cupos para negros y pobres? ¿No fue él quien gracias a esos programas encaró políticas que por primera redujeron la desigualdad de ingresos  y de status, dos marcas vergonzosas de la sociedad brasileña? ¿Y no fue Lula, también, el que defendió nuestras riquezas materiales (como el pré-sal) o inmateriales (como la cultura y la ciencia), base de nuestra soberanía tan despreciada por gran parte de la elite brasileña y, sobre todo, por los actuales gobernantes?