Ganó Evo con más del 60% y hundió estrepitosamente a esa derecha racista y oligárquica que en varias oportunidades, en estos años de gobierno revolucionario, intentó hacer un golpe de Estado violento. Hoy hasta Santa Cruz se desbordó de banderas azules del MAS festejando el triunfo.

Ganó Evo exactamente un emblemático 12 de octubre, que es como darle una soberana patada en el trasero a todos los colonialistas que desde 1492 con el genocida Cristóbal Colón a la cabeza, intentaron -pero no pudieron- humillar, aniquilar y hacer desaparecer a las comunidades originarias.

Ganó Evo, con las consignas históricas de Tupak Katari y Bartolina Sisa, y la del Che heroico que sembraron su sangre en esa Bolivia que los devuelve hechos millones.

Gano Evo, y la coca pudo reivindicarse como lo que siempre fue para los pueblos indígenas de todo el continente, y no en lo que los narcos imperiales han querido transformarla.

Ganó Evo, y sin titubeos le dedicó el triunfo a ese “abuelo sabio”, como él denomina al comandante revolucionario Fidel Castro y al comandante Supremo, Hugo Chávez. Pero también priorizó “a todos los pueblos que luchan contra el capitalismo y el imperialismo”.

Ganó Evo y su triunfo nos ilumina a todos los que seguimos insistiendo en el continente que las soluciones a nuestros males no pasan por esgrimir discursos vacilantes y más bien claudicantes en el plano ideológico. Al pan, pan y al vino, vino. Revolución Plurinacional y Socialismo.

Ganó Evo porque con su pueblo hecho vanguardia, sabe muy bien hacia dónde caminar, tiene una meta y no la resigna por nada. Se llama socialismo y no de otra manera. Los demás rótulos (capitalismo “serio”, “humano”, y otras bobería de poco calado) son atajos para seguir consolidando la dependencia.

Ganó Evo porque llevó adelante una política de nacionalizaciones necesarias, y con las regalías obtenidas impulsó decenas de proyectos sociales.

Ganó Evo porque no fue oportunista ni mentiroso y cuando habló de inclusión de los más pobres, los incluyó en todos los niveles del Estado. Por primera vez las mujeres “con polleras” (al decir boliviano), los indígenas con ojotas, los mineros con casco y los trabajadores del campo y la ciudad, se vieron dignificados. La wilphala dejó de ser un símbolo clandestino y se convirtió en bandera de liberación en esta Abya Yala irredenta.

Ganó Evo porque con el apoyo de Cuba alfabetizó a toda Bolivia, que es como haberle impuesto el sol a las sombras de siglos.

Ganó Evo porque le dio luz verde a los movimientos sociales y los empoderó de tal manera junto a su ministro Alfredo Rada, que se hizo realidad esa consigna zapatista de “mandar obedeciendo” que es la señal más clara de que jamás en sus dos mandatos dejó de escuchar la voz del pueblo.

Ganó Evo porque en una decisión de plena soberanía decidió expulsar de Bolivia a los gringos de la USAID y al embajador yanqui, y en un hecho de valentía incalculable declaró como terroristas de Estado a los gobernantes israelíes y exigirles a sus ciudadanos una visa de entrada al país.

Ganó Evo porque no se calló la boca ante el discurso fascistoide del ex presidente chileno Sebastián Piñera ni ante el comportamiento claudicante de Michelle Bachelet frente al reclamo legítimo de Bolivia de salida al mar.

Ganó Evo porque no le falló a su pueblo, y cuando cometió algunos errores y sintió el reclamo de los de abajo, supo rectificar y ejercer una autocrítica profunda, como pocos gobernantes acostumbran a hacer frente a circunstancias similares.

Ganó Evo porque siempre apostó a la integración latinoamericana y caribeña, se integró al ALBA y brega desde allí en todo momento por un planteo de independencia plena frente al discurso imperial. En ese aspecto, no dudó en denunciar a la Alianza del Pacífico como la nueva amenaza contra nuestros pueblos.

Ganó Evo y más allá de que seguramente mañana o pasado tengamos que seguir apretando los puños frente a los sicarios de todo el continente que asesinan a nuestros hermanos luchadores, o los repriman en las bloqueos de rutas, o los encarcelen por no ceder ante los poderosos, quien nos quita esta alegría de que en ese rinconcito del planeta llamado Bolivia, la dignidad y el coraje se vistan con el rostro de Evo Morales Ayma.

Fuente: Resumen Latinoamericano

No se exagera un ápice si se dice que Evo es el parteaguas de la historia boliviana: hay una Bolivia antes de su gobierno y otra, distinta y mejor, a partir de su llegada al Palacio Quemado.

La aplastante victoria de Evo Morales tiene una explicación muy sencilla: ganó porque su gobierno ha sido, sin duda alguna, el mejor de la convulsionada historia de Bolivia. “Mejor” quiere decir, por supuesto, que hizo realidad la gran promesa, tantas veces incumplida, de toda democracia: garantizar el bienestar material y espiritual de las grandes mayorías nacionales, de esa heterogénea masa plebeya oprimida, explotada y humillada por siglos. No se exagera un ápice si se dice que Evo es el parteaguas de la historia boliviana: hay una Bolivia antes de su gobierno y otra, distinta y mejor, a partir de su llegada al Palacio Quemado. Esta nueva Bolivia, cristalizada en el Estado Plurinacional, enterró definitivamente a la otra: colonial, racista, elitista que nada ni nadie podrá resucitar. Un error frecuente es atribuir esta verdadera proeza histórica a la buena fortuna económica que se habría derramado sobre Bolivia a partir de los “vientos de cola” de la economía mundial, ignorando que poco después del ascenso de Evo al gobierno aquella entraría en un ciclo recesivo del cual todavía hoy no ha salido.  Sin duda que su gobierno ha hecho un acertado manejo de la política económica, pero lo que a nuestro juicio es esencial para explicar su extraordinario liderazgo ha sido el hecho de que con Evo se desencadena una verdadera revolución política y social cuyo signo más sobresaliente es la instauración, por primera vez en la historia boliviana, de un gobierno de los movimientos sociales.  El MAS no es un partido en sentido estricto sino una gran coalición de de organizaciones populares de diverso tipo que a lo largo de estos años se fue ampliando hasta incorporar a su hegemonía a sectores “clasemedieros” que en el pasado se habían opuesto fervorosamente al líder cocalero. Por eso no sorprende que en el proceso revolucionario boliviano (recordar que la revolución siempre es un proceso, jamás un acto) se hayan puesto de manifiesto numerosas contradicciones que Álvaro García Linera, el compañero de fórmula de Evo, las interpretara como las tensiones creativas propias de toda revolución. Ninguna está exenta de contradicciones, como todo lo que vive; pero lo que distingue la gestión de Evo fue el hecho de que las fue resolviendo correctamente, fortaleciendo al bloque popular y reafirmando su predominio en el ámbito del estado.  Un presidente que cuando se equivocó -por ejemplo durante el “gasolinazo”  de Diciembre del 2010- admitió su error y tras escuchar la voz de las organizaciones populares anuló el aumento de los combustibles decretado pocos días antes. Esa infrecuente sensibilidad para oír la voz del pueblo y responder en consecuencia es lo que explica que Evo haya conseguido lo que Lula y Dilma no lograron: transformar su mayoría electoral en hegemonía política, esto es, en capacidad para forjar un nuevo bloque histórico y construir alianzas cada vez más amplias pero siempre bajo la dirección del pueblo organizado en los movimientos sociales.

Obviamente que lo anterior no podría haberse sustentado tan sólo en la habilidad política de Evo o en la fascinación de un relato que exaltase la epopeya de los pueblos originarios. Sin un adecuado anclaje en la vida material todo aquello se habría desvanecido sin dejar rastros.  Pero se combinó con muy significativos logros económicos que le aportaron las condiciones necesarias para construir la hegemonía política que ayer hizo posible su arrolladora victoria. El PIB pasó de 9.525 millones de dólares en 2005 a 30.381 en 2013, y el PIB per Cápita saltó de 1.010 a 2.757 dólares entre esos mismos años. La clave de este crecimiento -¡y de esta distribución!- sin precedentes en la historia boliviana se encuentra en la nacionalización de los hidrocarburos. Si en el pasado el reparto de la renta gasífera y petrolera dejaba en manos de  las transnacionales el 82 % de lo producido mientras que el Estado captaba apenas el 18 % restante, con Evo esa relación se invirtió y ahora la parte del león queda en manos del fisco. No sorprende por lo tanto que un país que tenía déficits crónicos en las cuentas fiscales haya terminado el año 2013 con 14.430 millones de dólares en reservas internacionales (contra los 1.714 millones que disponía en 2005). Para calibrar el significado de esta cifra basta decir que las mismas equivalen al 47 % del PIB, de lejos el porcentaje más alto de América Latina. En línea con todo lo anterior la extrema pobreza bajó del 39 % en el 2005 al 18 % en 2013, y existe la meta de erradicarla por completo para el año 2025.

Con el resultado de ayer Evo continuará en el Palacio Quemado hasta el 2020, momento en que su proyecto refundacional habrá pasado el punto de no retorno. Queda por ver si retiene la mayoría de los dos tercios  en el Congreso, lo que haría posible aprobar una reforma constitucional que le abriría la posibilidad de una re-elección indefinida. Ante esto no faltarán quienes pongan el grito en el cielo acusando al presidente boliviano de dictador o de pretender perpetuarse en el poder.  Voces hipócritas y falsamente democráticas que jamás manifestaron esa preocupación por los 16 años de gestión de Helmut Kohl en Alemania, o los 14 del lobista de las transnacionales españolas, Felipe González. Lo que en Europa es una virtud, prueba inapelable de previsibilidad o estabilidad política, en el caso de Bolivia se convierte en un vicio intolerable que desnuda la supuesta esencia despótica del proyecto del MAS. Nada nuevo: hay una moral para los europeos y otra para los indios. Así de simple. ​

Fuente: TeleSur

El proceso de cambio en Bolivia consolida su avance con los resultados de las elecciones del 12 de octubre y Evo Morales se convertirá en el Presidente que más tiempo ha gobernado Bolivia. Ni un solo reproche a un Presidente forjado en las luchas antiimperialistas, anticoloniales y anticapitalistas que en la noche del triunfo electoral tiene la humildad de dedicar la victoria a un Fidel que seguro estaba viendo el discurso con una sonrisa en los labios y un Chávez que estaba muy presente en todos los que celebramos la victoria en la Plaza Murillo.
Evo Morales, junto a su vicepresidente, Álvaro García Linera. (Foto: Efe)

Ante la falta de datos oficiales por parte del Tribunal Supremo Electoral, las dos principales y más fiables encuestadoras otorgan al Movimiento Al Socialismo en torno al 60% de los votos, porcentaje que quizás se pueda ver incrementado en un par de puntos debido a que las encuestas en boca de urna no recogen tan exhaustivamente el voto rural (favorable a Evo) y en principio el voto en el exterior también debería ser favorable e incrementar el apoyo final al MAS-IPSP.

En cualquier caso y más allá de la cifra final, lo que parece claro es que tras más de 8 años de gobierno el hecho de superar el porcentaje con el que se ganó en 2005 y acercarse al que permitió la victoria en 2009 (64%) implica no solo que el temible desgaste del poder no afecta demasiado, sino un mérito tremendo para Evo Morales.

De la redistribución de la riqueza a la redistribución del voto

A nivel territorial ese porcentaje superior al 60% se traduce en la victoria en 8 de los 9 departamentos de Bolivia. Se sigue resistiendo Beni en un resultado influido también por ser el lugar de procedencia de Ernesto Suárez, candidato a Vicepresidente de Samuel Doria Medina y ex Gobernador de este departamento amazónico.
En el otro lado de la balanza se debe colocar la victoria del MAS, por primera vez, en Santa Cruz donde en 2002, Evo, candidato presidencial obtenía el 3% de los votos y durante muchos años ni siquiera podía aterrizar en esa ciudad, para obtener en este 2014 prácticamente el 50% de los votos.

Sin embargo, en la medida en que no se ha incrementado el porcentaje de voto respecto de las anteriores elecciones, un incremento en Santa Cruz y en el resto de departamentos de la Media Luna (excepto el Beni) implica un descenso en los departamentos del Altiplano y Cochabamba. Pareciera que el voto se mantiene pero se redistribuye territorialmente, y esto significa un descenso del voto del núcleo duro del proceso de cambio en beneficio de un aumento de un voto “blando” como puede ser el momentáneo pero magnífico resultado en Santa Cruz.

Mientras tanto, en el desierto opositor...

Es de destacar el hundimiento del MSM rozando el 3% de los votos y a punto de perder la sigla, sin ningún tipo de proyección nacional y solamente manteniéndose con el voto de un sector de la clase media urbana de La Paz.

A su vez, Samuel Doria Medina se posiciona como el líder de la oposición con en torno al 24% de los votos, lo cual dice mucho de qué tipo de oposición existe en Bolivia, donde un ex Ministro del neoliberalismo y dueño de los Burger King de Bolivia es el referente de la derecha boliviana, al que le acompaña lo más rancio de la clase política encarnada en Tuto Quiroga, que suma entre el 9 y 10% de los votos.

Lo preocupante de este escenario es que con la política de construcción de hegemonía puesta en marcha para derrotar e incorporar al adversario no se ha logrado disminuir el voto duro de la derecha boliviana que se mantiene, al igual que en anteriores elecciones, rondando el 35%. Y si la oposición hubiese dejado de lado sus egos y jugado con más inteligencia presentando un candidato único, este porcentaje se hubiese incrementado imposibilitando con certeza la obtención de los 2/3 por parte del MAS.

Horizontes

El proceso de cambio boliviano avanza por la senda de la irreversibilidad en muchos ámbitos, y uno de ellos es de la ampliación de los límites de la democracia que en estas elecciones ha posibilitado que las y los migrantes bolivianos en 33 países donde Bolivia tiene un consulado o embajada hayan podido ejercer su derecho al voto después de años de neoliberalismo en que sus derechos civiles y políticos fueron pisoteados. Un primer horizonte que se le abre al proceso de cambio es el de dar un paso más y poner en marcha un Plan Retorno para que la comunidad migrante boliviana pueda regresar a Bolivia a seguir aportando económicamente al país pero esta vez ya desde Bolivia.

Un segundo horizonte en el corto-medio plazo es el de las elecciones municipales y departamentales que se celebrarán en torno a marzo del 2015. Si bien el MAS gana ahora por la fragmentación de la oposición, no lo tendrá tan fácil en las próximas elecciones. Y a eso se le une el debate en torno a las candidaturas y los candidatos/as. El porcentaje de voto obtenido en estas elecciones es muy similar a la intención de voto que ya existía en los meses previos a este 12 de octubre y no parece que el haber incorporado candidatos invitados por fuera del MAS que van desde la izquierda lightberal a la derecha reciclada haya sumado. Hay sumas que restan, y si bien la ecuación no es lineal, pareciera que lo que en un lado haya podido sumar, lo ha restado por otro.

El tercer horizonte en el medio-largo plazo es el del debate en torno a la reelección. La dispersión opositora garantizaba los 2/3 que permitirían abrir el debate sobre la reforma constitucional pero el resultado de este 12 de octubre, en el caso de lograrse los 2/3, siembra cuanto menos algunas incertidumbres en torno a las posibilidades de éxito para llevar adelante la reforma que permita la reelección del Presidente Evo en unas elecciones en 2019 a las que la Constitución actual ya no le permite presentarse.

Estos tres horizontes se entrelazan y nos llevan a la conclusión de que la única manera de sostener el proceso de cambio boliviano es profundizando y radicalizándolo. La tentación de instalarse en posiciones pragmáticas para mantener lo conseguido y dedicarse solo a la gestión va a ser grande, pero estos resultados y los matices y diferentes capas de análisis que deben hacerse más allá de este simple y apresurado primer balance, tienen que partir de la base de que siendo la gestión importantísima, solo sirve si es bajo el horizonte de la profundización y radicalización del proceso de cambio.

Finalmente, siendo la victoria de Evo Morales importantísima para todo América Latina, como lo demuestra la presencia de numerosas delegaciones de partidos de izquierda como acompañantes internacionales del MAS en este proceso electoral, este avance que significa garantizar la continuidad del proceso de cambio debe venir acompañada el 26 de octubre de los triunfos del PT en Brasil y el Frente Amplio en Uruguay, fundamentales para continuar el proceso de integración política y económica de Nuestra América. Como suele recordarnos el Presidente Evo, o nos unimos o nos hundimos.

Fuente: TeleSur

La segunda vuelta electoral en Brasil, prevista para el domingo 26 de octubre, es posiblemente uno de los momentos más decisivos que han enfrentado los gobiernos posneoliberales de la región en los últimos años. Si bien en las últimas dos décadas la polarización política en aquel país se dirime en la confrontación PT vs PSDB, esta elección presenta características singulares debido al fuerte papel que los medios hegemónicos -adversos en su mayoría al gobierno de Dilma Rousseuff- han jugado desde agosto, primero endulzando la candidatura de Marina Silva -la fugaz estrella-, luego “dejándola caer” al calor de las últimas encuestas previas a la primera vuelta, y resaltando finalmente la figura de Aécio Neves cuando ya se configuraba que este iba a ser el opositor que enfrente al PT en la segunda vuelta.

Nada mejor que analizar los recientes dichos de Fernando Henrique Cardoso para comprender la dimensión que tendrá la disputa del balotaje. Dijo el ex presidente brasileño, del PSDB, que “no es porque sean más pobres que votan al PT, es porque son menos informados”. Estas declaraciones, desafortunadas y elitistas, tuvieron un rápido reflejo del tándem Lula-Dilma, que velozmente salió a confrontar, polarizando con las políticas sociales extendidas durante sus gobiernos.

“Esa historia de decir que nuestros votos son de personas ignorantes demuestra prejuicio y desconocimiento”, fueron las primeras palabras de la candidata del PT, durante un acto en Salvador de Bahía en el relanzamiento de su campaña. “Como ellos no le dan importancia al pueblo, todo es destilar odio”, afirmó Rousseuff, para luego pedir “votar a favor de la verdad, de la esperanza. Vamos a votar contra la mentira y el odio”, de cara a la segunda vuelta con Aécio Neves.

Lula también polemizó con Cardoso, quien le puso la banda presidencial en 2002. “Es lamentable el preconcepto que tiene después de un proceso democrático tan importante”, sentenció Lula, quien luego fue al grano, al decir que “hoy, el nordestino anda con la cabeza en alto, porque no es más tratado como un ciudadano de segunda categoría. De 20 millones de puestos de empleo creados en nuestros gobiernos, casi 20% fue en el nordeste”.

La referencia de Lula tiene que ver con la amplia diferencia que el PT logró en el norte y nordeste del país, precisamente los votos a los que intentó hacer referencia Cardoso. ¿La amplia votación al PT, de 78% promedio en los 150 municipios más beneficiados con el Bolsa Familia, por ejemplo, puede ser tildada como “desinformación”? ¿Desconocen, al decir de Cardoso, los beneficios que han logrado durante los gobiernos del Partido de los Trabajadores o más bien lo contrario, y por ende esa inclinación masiva del voto?

Lo interesante de las palabras de Cardoso es que han desnudado una confrontación política, ideológica, y programática que, con Marina Silva, parecía más difusa para el PT. Además, traslucen dos modelos de gobierno que ya se han visto en la práctica: el de Cardoso, amoldado al ciclo neoliberal de mediados de los 90´, y los de Lula-Dilma, que han formado parte del conjunto de gobiernos posneoliberales que han intentando políticas de desarrollo autónomas. La disputa del 26 de octubre, por tanto, será vital no sólo para Brasil, sino para América Latina en su conjunto, que posarán sus ojos sobre el gigante latinoamericano para vislumbrar si hay una continuidad del proceso de cambios iniciado hace ya doce años, o bien el inicio de una restauración conservadora.

Se complica el escenario en Brasil, por varias razones.

Uno, porque Dilma tuvo la peor votación en la primera vuelta electoral desde que el PT triunfara en las presidenciales del 2002. En la primera vuelta de ese año Lula obtuvo 45,4 por ciento de los votos, y 48,6 por ciento en 2006. En el 2010 Dilma recogió –favorecida por el alto nivel de aprobación de Lula– el 46,8 por ciento del voto popular. El domingo pasado, en cambio, apenas si recogió el 41,5 por ciento. El salto para llegar a la mayoría absoluta será ahora más largo y habrá que ver de dónde podrán venir los votos que le hacen falta. Es probable que una parte de quienes votaron por Marina encuentren intolerable canalizar sus preferencias hacia Aécio Neves, pero sólo hay conjeturas. Entre Dilma, Aécio y Marina suman el 96 por ciento de los sufragios, de modo que no existen grandes contingentes de electores que se puedan redistribuir entre los dos finalistas más allá de los votantes de Marina o de una posible disminución del abstencionismo electoral, que llegó al 19,4 por ciento.

Dos. Se complica también porque su contendiente ya no es una voluble y fugaz estrella mediática sino un representante orgánico del establishment conservador brasileño. Miembro del PSDB, el partido del ex presidente Fernando H. Cardoso, Aécio fue un ardoroso crítico de los gobiernos petistas, a quienes acusa de haber ahuyentado la inversión extranjera y creado un clima poco favorable para los negocios, imputaciones éstas que carecen de asidero en la realidad. Neves es de los que creen que Brasil poco o nada tiene que hacer en América latina. Su destino es asociarse a los proyectos imperiales de Estados Unidos y sus cómplices europeos. Como tantos en la derecha latinoamericana, no percibe lo que las mentes más agudas del imperio han alertado hace rato: que Estados Unidos comenzó una lenta pero progresiva e irreversible declinación y que su agonía estará signada por violentos estertores e innumerables guerras. En esa curva descendente no habrá amigos permanentes, como aspira Aécio que Brasil sea de Estados Unidos, sino intereses permanentes. Y para Washington los amigos de ayer (Saddam Hussein, Osama bin Laden o los sunnitas fanáticos que ayudara a crear) pueden convertirse de la noche a la mañana –como hoy ocurre con el Estado Islámico– en los infames enemigos de la libertad y la democracia. Aécio no lo sabe, pero Brasil no será la excepción en esta materia.

Tres. Para prevalecer, Dilma deberá reconquistar una parte de la base social del PT que, desilusionada con su gobierno, manifestó su desencanto votando a Marina. Para ello deberá demostrar que su segundo turno va a ser distinto del primero, al menos en algunas materias sensibles en lo económico y social. Si su propuesta se asemeja a la de su rival, estará perdida, porque los pueblos invariablemente prefieren el original a la copia. Tendrá que diferenciarse por izquierda, profundizando las reformas que pongan fin a la intolerable desigualdad económica y social del Brasil, a los estragos del agronegocio, a la depredación medioambiental, a su vergonzosa regresividad tributaria y a las escandalosas ganancias embolsadas por el capital financiero y los oligopolios durante los gobiernos petistas.

Cuatro y último, será preciso para ello desandar el camino que, desde el 2003, desmovilizó al PT, convirtiendo al otrora vibrante partido socialista de los ochenta y los noventa en un espectro que vegeta en los recintos parlamentarios y los despachos de la burocracia estatal. Ahora Dilma no tiene partido, y se podrá decir que tampoco lo tiene Aécio. Pero éste tiene con qué reemplazar esa falencia: los oligopolios mediáticos, totalmente jugados a su favor. El PT perdió la calle y la pasión de un pueblo porque desde su llegada al gobierno cayó en la vieja trampa de la ideología burguesa y el arte de la política se transfiguró en gestión tecnocrática, mientras que aquella era denostada como politiquería. Fatal error, porque a Dilma sólo la podrá salvar la política y no sus presuntas aptitudes gerenciales. La mayoría electoral que Lula supo construir no logró transformarse en hegemonía política: esto es, en una dirección intelectual y moral que garantizase la irreversibilidad de los importantes avances registrados en algunas áreas de la vida social pero que, a juicio de la ciudadanía, fueron insuficientes.

Cambios que mejoraron la condición del pueblo brasileño, pero que fueron no hechos con el protagonismo del pueblo sino por un poder filantrópico que desde arriba desmovilizaba, despolitizaba e inducía a la pasividad a cambio de la inédita generosidad oficial. La actividad política era un ruido que alteraba la calma que requerían los mercados para seguir enriqueciendo a los ricos. El PT en el poder no supo contrarrestar esa estrategia, y ahora necesita repolitizar, en tres semanas, a un sector importante del pueblo brasileño. Ojalá que lo consiga, ya que la victoria de Aécio sería un desastre para América latina, porque liquidaría los avances duramente conquistados en el Mercosur, la Unasur y la Celac, y Estados Unidos contaría, al fin, con el Caballo de Troya perfecto para destruir desde adentro el sueño de la Patria Grande latinoamericana.

Fuente: Rebelion

Frases

"Cuando un pueblo despierta, se llena de coraje y decide ser libre, jamás podrá ser derrocado"

Hugo Chávez Frias

Correos del Sur Nº81

 

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Número Especial  1. Junio 2018.

 

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