Nunca se le arruga el traje ni se le desbarata el pelo fijado a punta de gomina. Mauricio Macri parece un muñequito de torta. Mirando por encima del hombro se cree superior a los mortales. Claro, proviene de la rancia burguesía conservadora. Su misión, a toda costa, siempre será preservar sus intereses de clase. Por esta lógica, en menos de tres años ha logrado que el rancho le arda por los cuatro costados, con un sinfín de tumultuosas protestas de gremios, colectivos y un pueblo indignado defendiendo sus más elementales derechos sociales.

El fuego empezó a eso de las siete y media de la noche del domingo. Los bomberos llegaron al inmenso palacio que abrigada el Museo Nacional unos cuarenta minutos después y no había agua suficiente en los camiones hidrantes más cercanos. 

Puede decirse que Mauricio Macri es muchas cosas a la vez, desde su clara identificación con el jingle que se canta en los estadios de fútbol y los conciertos multitudinarios y que se puede sintetizar en la sigla MMLPQTP, hasta sus repetidas alusiones a convertirse en un desastroso piloto de “tormentas”, cuando en realidad lo que él y su política devastadora provocan ya se parece a un auténtico tsunami. Pero sin dudas, lo que más lo caracteriza a este hijo nostálgico de la dictadura militar es su caradurismo a prueba de balas. No solo ha hipotecado el país a cien años, generando una descomunal deuda externa (de la interna, ni hablemos porque la lista de destrozos es interminable) sino que en cada uno de sus discursos, imitando a Donald Trump, no tiene pelos en la lengua para mezclar afirmaciones brutales sin ningún tipo de sutilezas (“va a aumentar la pobreza”, como dijo este lunes), pasando por su consabida muletilla de que estamos mal por culpa de “la herencia del gobierno anterior” y de la “confrontación comercial EEUU-China”, hasta su repetido “hicimos todo lo que hicimos para que el país no se parezca a Venezuela”.

Desde la visión de la elite empresarial hegemónica en Ecuador, la economía nacional debe orientarse por los estímulos al sector productivo, a fin de favorecer las inversiones privadas, bajo un marco de rentabilidad atrayente. Consideran que es necesario liberar mercados, celebrar tratados de libre comercio, pero, sobre todo, achicar el tamaño del Estado, a través de distintas vías: reducir el gasto público, no aumentar la deuda externa, eliminar o reducir impuestos, salvaguardias o subsidios, privatizaciones, reducción de la burocracia. Suman a todo ello la urgencia de cambiar las leyes laborales, porque consideran que la “excesiva” regulación afecta su competitividad. Solo así, aseguran, habrá trabajo y se generará riqueza. Es la visión más conservadora, tradicional, rentista y hasta oligárquica. Lo mismo planteaban en la década de los 80 y de los 90.

Argentina se encuentra en una de las peores coyunturas de su historia: en lo que va del año el peso acumula una depreciación frente al dólar de 53 por ciento; en un desesperado intento de frenar la fuga de capitales, la tasa de interés ya es de 60 por ciento, la más alta del mundo; se registran más de 2 mil 300 despidos diarios y una inflación fuera de control, que sólo este año se espera que sea superior a 30 por ciento, todo lo cual ha desatado protestas masivas y conjura cada día con más fuerza los fantasmas de la crisis de 2001. Ese año, la economía colapsó y la exasperación social llevó a la caída de cuatro presidentes en dos semanas, en unas jornadas que se saldaron con 27 muertos debido a la brutalidad de las fuerzas policiales. Aquel año también dejó uno de los episodios más traumáticos para la memoria colectiva argentina, el corralito, es decir, la retención en el sistema bancario del efectivo depositado por los ahorradores.

Frases

"Cuando un pueblo despierta, se llena de coraje y decide ser libre, jamás podrá ser derrocado"

Hugo Chávez Frias

Correos del Sur Nº80

 

Descargar

 

 Cuadernos para la Emancipación

Número Especial  1. Junio 2018.

 

Descargar