El avance de la izquierda en América Latina durante los últimos 20 años es innegable, y ese movimiento hacia adelante en la práctica, no ha podido ser caracterizado teóricamente. Hoy mismo el columnista del New York Times Martin Caparros, titula su columna ¿Fracaso la Izquierda latinoamericana?, título que no sería raro para ese medio de no ser por el hecho de que el señor Caparros se pregunta acto seguido si acaso en Latinoamérica no ha habido realmente gobiernos de izquierda.

Respecto al capitalismo y al sistema jurídico, social y político erigido a su alrededor hay una verdad inequívoca: la generación de desigualdades de toda especie. Especialmente cuando este capitalismo es hiperconsumista, con un número creciente de consumidores altamente dependientes transformados en masas acríticas y esclavizadas que apenas se animan a conocer en profundidad la realidad que los envuelve a diario. 

Desde noviembre de 2015 han ocurrido sucesos excepcionales que cambian el panorama geopolítico y la cartografía de la lucha de clases en nuestra América. Con este trabajo pretendemos abordarlos, haciendo previamente un repaso de las etapas del ciclo posneoliberal que abrió una nueva etapa en nuestra región, al tiempo que intentamos un análisis sobre los acontecimientos de los últimos meses, que nos sitúan en un punto de inflexión y marcan enormes desafíos para los pueblos. Nos referimos centralmente al avance político de las fuerzas de derecha, avances expresados en el plano electoral y judicial que han logrado desalojar a dos gobiernos progresistas y estratégicos dado su peso político y económico como Argentina y Brasil, y que han ganado elecciones en Bolivia y Venezuela, modificando la correlación de fuerzas subjetivas y objetivas en la región.

Durante los diversos regímenes adecos y copeyanos -a su modo, demócratas de altos quilates y fieles representantes de la soberanía popular- hubo en Venezuela una deuda social (y moral) que fue en aumento a medida que transcurría el tiempo, tapada en discursos de ocasión que únicamente servían para disfrazar la realidad del país ante los ojos del mundo, pero que se hacía evidente por doquier. Trabajadoras y trabajadores, sobre todo de áreas rurales, que no gozaban de mejoras socio-económicas, ni del derecho a la libre sindicalización; niños y jóvenes sin mayores posibilidades ni estímulos para proseguir sus estudios y superar la pobreza en que se encontraban; familias hacinadas en casuchas, o ranchos, olvidados en zonas marginales desprovistas de los más elementales servicios públicos; pueblos aborígenes utilizados como recreación de turistas y objeto de estudio de antropólogos y otros científicos sociales para sus publicaciones y tesis de grado, aplicando, por cierto, patrones aprendidos en universidades del extranjero; cultores y tradiciones populares que, por su extracción popular, no eran valorados a la par de manifestaciones artístico-culturales de la llamada civilización occidental, siendo relegados a un segundo plano, a tal punto que se consideró inaceptable e inconcebible que el Teatro Teresa Carreño sirviera de escenario para alguna de sus presentaciones al público.

Corresponde al chavismo revolucionario, ese "hecho maldito" para la burguesía, productor y legatario de esta cultura política, sacudirse todo vestigio de sentido común antichavista, corrosivo, tóxico, desmoralizante, y ponerse a la altura de las circunstancias históricas. Y hacer que prevalezca la democracia.

Frases

“Al imperio no hay que subestimarlo, pero tampoco hay que temerle. Quien pretenda llevar adelante un proyecto de transformación, inevitablemente chocará con el imperio norteamericano”

Hugo Rafael Chávez Frías

Correos del Sur Nº51