Iba a pasar desde el momento en que tenemos dos mitades del cerebro, una lógica, secuencial, temporal, la otra intuitiva, totalizante, espacial. En cada ser hay una inacabable guerra que nace con la conciencia y que no extingue ni siquiera la muerte. En cada ser una tiranía del hemisferio dominante que mantiene bajo su dictadura a un hemisferio sojuzgado, oprimido, silenciado. Nada es la lucha de clases al lado de la polémica de los lados del cerebro, cada uno mirando hacia una perspectiva distinta mediante el ojo del lado opuesto del cuerpo. Al fin se declara la contienda, que experimentamos como jaquecas interminables. La peor guerra es la civil. Alternativamente toma el poder una de las mitades, para ser posteriormente derrocada por otra, de allí que una mañana amanecemos cerebrales y la siguiente poéticos, por minutos somos intuitivos e inmediatamente deductivos, de ello dependen transitorias alianzas que se conciertan y extinguen a la velocidad de la idea. Al fin en cada uno de nosotros un hemisferio destruye al otro, seres hemipléjicos nos arrastramos odiándonos según que el lado izquierdo del cuerpo arrastre al derecho o viceversa, conspirando como unirnos en bandas, cofradías, países, confederaciones diestras o siniestras. Al fin tenemos un planeta dividido en dos hemisferios, uno lógico y otro intuitivo, que rota de la noche al día, de los vendavales de la pasión a la abstracción cristalizada, cada uno acechando, odiando, planificando destruir al otro. El sentimiento y la razón batallan con proyectiles de lógica y bombardeos emocionales, contaminándose con virus silogísticos y nanomaquinarias pasionales, intimándose la rendición en lenguajes que la parte opuesta nunca comprende, sin alivio, dos mundos ininteligibles intentando la destrucción del otro que es la propia.

Más vale tarde que nunca porque va siendo hora de actualizar ese oportuno debate que abrió García Linera en relación con las contradicciones creativas de los procesos de cambio.

Para entender la realidad venezolana, hace falta ir más allá de los titulares repasados cada mañana desde un móvil, o superar el elemental tratamiento mediático de algún noticiero de tv o radio local, pues Venezuela no sólo se enfrenta a una serie de polémicas situaciones coyunturales, sino que ha emprendido un proyecto político, cultural y social que define la historia contemporánea mundial y que se enfrenta a una gran encrucijada: el desafío de perder o conservar y profundizar una Revolución Socialista.

La igualdad de oportunidades es la bandera de la sociedad capitalista. Se sustenta en la falsa idea de que la base de la sociedad es el individuo y su superación personal. Los libros de autoestima “tú puedes, solo hazlo” colman las librerías y bibliotecas. Cada quien tiene igualdad de oportunidades de estudiar, tener una casa con piscina, un carro último modelo o viajar a París.

En una de sus partes, el Manifiesto Comunista refiere: “El proletariado se valdrá del Poder para ir despojando paulatinamente a la burguesía de todo el capital, de todos los instrumentos de la producción, centralizándolos en manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como clase gobernante, y procurando fomentar por todos los medios y con la mayor rapidez posible las energías productivas. Claro está que, al principio, esto sólo podrá llevarse a cabo mediante una acción contundente sobre la propiedad y el régimen burgués de producción, por medio de medidas que, aunque de momento parezcan económicamente insuficientes e insostenibles, en el transcurso del movimiento serán un gran resorte propulsor y de las que no puede prescindirse como medio para transformar todo el régimen de producción vigente”. 

Frases


"Nunca pensé que poner un plato de comida en la mesa de un pobre generaría tanto odio de una élite que se harta de tirar comida a la basura todos los dias"

Lula Da Silva

Correos del Sur Nº38