"Todo gobierno progresista es, por lo general, de corta duración", reflexiona el número dos de Evo Morales. “El coste que la izquierda paga por una economía que fracasa es más terrible que el de un gobierno de derechas.”

(Buenos Aires) Una mujer de su equipo abre la puerta de la habitación y deja a los periodistas de eldiario.es a solas con él. "¿Un jugo de naranja?" Es el propio Álvaro García Linera quien lo ofrece y sirve con tanta naturalidad que hay que recordarlo todo el tiempo: se trata del vicepresidente de una república.

El número dos de Evo Morales desde enero de 2006 ha venido a Buenos Aires para hablar en el Primer Foro Mundial de Pensamiento Crítico que juntó esta semana a Dilma Rousseff, expresidenta de Brasil; Cristina Fernández de Kirchner, de Argentina; y Ernesto Samper, de Colombia. Hace no tanto, esos habrían sido los nombres de los jefes de Estado en una cumbre del Unasur. Hoy, los tres forman parte de lo que los medios han llamado la 'contracumbre' progresista. La próxima semana, cuando los nuevos gobernantes del mundo se reúnan por el G20 también en Buenos Aires, tendrán que verlo por televisión.

El vicepresidente de Bolivia no parece preocupado por el retroceso de la izquierda en la región. "Lo de estar en el gobierno es una excepcionalidad que hay que saber aprovechar bien para dar dos, tres, diez o veinte pasos, en vez de uno, pero luego hay que saber que uno siempre tiene que estar en el llano para volver a comenzar y recomenzar las batallas".

¿Y qué fue lo que provocó la pérdida del poder esta vez?

Para mí, si hay que hacer una evaluación de los logros y los límites y los errores de los gobiernos progresistas, hay que pensar en dos, la economía y el sentido común. En economía, todo gobierno progresista tiene que demostrar que lo que se hizo va a continuar. Si te detienes, la reacción va a ser cinco veces más feroz que si lo hubiera hecho un gobierno conservador, porque tuviste el atrevimiento de incluir a los pobres, a los indios, a los obreros, en un círculo de oportunidades que antes era una hacienda de pocos.

Eso no te lo traga cualquier persona. La respuesta a eso va a ser visceral, emotiva antes que racional. Te va a ir bien con una gestión económica que permita que el crecimiento favorezca a los que no querían que entrara más gente y a los que incluiste. Pero cuando metes gente y no hay más espacio, se genera un proceso de psicología social en el que el que llegó se puede autoidentificar con su propio adversario. Es clave un manejo estable de la economía, que haga sostenible esta posibilidad del ascenso, de la ampliación de oportunidades y derechos. El coste que la izquierda paga por una economía que fracasa o tiene problemas es dos veces más terrible, más feroz, que el que paga un gobierno de derechas.

¿Y el sentido común?

Cuando hay procesos progresistas se producen fisuras, nichos de oportunidad que crean un nuevo sentido común más solidario, más fundado en la acción colectiva. Pero son pequeños nichos en medio de un viejo sentido común sedimentado desde que nació el bebé y le enseñaste a hablar, a comportarse, a sentarse y a ubicarse en el mundo.

Estoy hablando del sentido lógico del mundo, del sentido moral del mundo, del sentido instrumental y del sentido procedimental. Que cuando veas una escalera, bajes. Que cuando veas un ascensor, toques el botón. Que cuando veas un uniforme, te detengas. Los procesos progresistas producen una fisura porque un agravio moral, una frustración colectiva que ha producido un pequeño quiebre. Si los procesos progresistas no hacen esfuerzos sistemáticos para irradiar hacia el resto de las esferas ese nuevo microsentido común, el viejo sentido común se apodera del nuevo muy pronto.

Es lo que no está en tus razones sino en tus pre-razones porque lo haces sin pensar, lo has aprendido por repetición. Si no logras modificar eso para construir un nuevo sentido común más solidario, rápidamente esas pequeñas fisuras que en los procesos progresistas permitieron que votaran por un indio, que no votaran por un empresario sino por un campesino o por un obrero, se cierran y vuelve el viejo sentido común del orden del mundo: los campesinos, a su trabajo; los indios, a su comunidad; y los ricos, blancos y extranjeros, a gobernar el mundo; como debería ser siempre. Ese es el sentido común que se quebró en un momento de crisis excepcional. Si los procesos progresistas no logran ampliar el nuevo sentido común y crear una base de crecimiento económico redistributivo y sostenible, las condiciones para la regresión conservadora están dadas.

¿Qué espacios, aparte de la educación pública, tiene el Estado para ampliar ese nuevo sentido común en disputa con los medios de comunicación?

Por eso todo gobierno progresista es, por lo general, de corta duración. Excepcionalmente podrá durar un poco más, pero no hay que temer eso porque la otra opción es la fuerza. Pero eso sería violentar lo que es una conquista de las izquierdas actuales: la recuperación de las libertades asociativas, de pensamiento, de opinión... Las llamadas libertades burguesas forman parte del patrimonio de las nuevas izquierdas, que llegan al poder con elecciones y lo pierden con elecciones.

Eso es muy interesante. Antes se decía que había que llegar al gobierno como fuera, con lucha armada, y luego no perderlo nunca aunque hubiera que pasar por encima de las cabezas de muchos opositores. El patrimonio de la nueva izquierda es no hacerlo así. Lograrlo mediante la construcción colectiva de opinión, de voluntad colectiva. Mantenerse en el poder en tanto se siga trabajando en esa construcción colectiva de opinión.

La recuperación de esta mirada no determinista de la historia, de no asignar a un sujeto el núcleo de la acción colectiva. Es un viejo debate que nosotros hemos ido construyendo a nuestra manera, de forma más plebeya, más en los hechos que en las razones. Es un elemento hermosísimo para la reflexión de las futuras izquierdas que están emergiendo y van a seguir emergiendo.

El otro pilar es la economía, ¿cómo hizo Bolivia para seguir creciendo cuando el resto de los países de la región se estancaba o incluso retrocedía?

Somos, en parte, la huida de nuestros traumas. Cuando nosotros éramos adolescentes hubo en Bolivia un gobierno de izquierda con una hiperinflación del veintidós mil por ciento. Para comprar pan había que salir a hacer fila a las 4 de la mañana, el salario mínimo te lo pagaban en maletas y el valor del papel en que se imprimían los billetes era superior al del salario.

Cuando fuimos elegidos, nuestra obsesión fue no repetir esa experiencia, superarla. La economía era una de las cosas que más nos importaba. Lo primero que hicimos desde el Estado fue tomar el control real de los principales mecanismos de generación de excedentes, como el gas, la electricidad y las telecomunicaciones. Lo segundo, apostar por el mercado interno con una globalización selectiva en la que aceptábamos lo que nos convenía como país y manteníamos una actitud de proteccionismo interno en lo que nos convenía.

¿Cómo se hace eso sin despertar protestas en la Organización Mundial del Comercio?

Tal vez porque éramos un país pequeño nos lo permitieron. Libre mercado en esto, esto y esto, pero en esto otro protección. Fomentar el mercado interno. Cuando el petróleo bajó de 140 a 28 dólares, bajó con él el precio de la soja, el maíz y los minerales. Todos los commodities cayeron y nos afectó. Teníamos un crecimiento del 6% y caímos al 4,5%. Un punto y medio menos pero en el momento en que los demás pasaban de 2%, 3% o 4% a 0%, -1% o -2%.

Nosotros apostamos al otro motor de la economía que es el consumo interno, distribuir riqueza para promover el consumo. Distribuir riqueza es un hecho de justicia pero también sirve como combustible de la dinámica interna. Y lo último fue vincular el capital bancario con el productivo. Señor banquero, no nacionalizamos los bancos pero el 60% de los ahorros hay que inyectarlo en la producción a un tipo fijo del 5% anual. El resto del capital lo puede sacar, puede ponerlo al 10%, al 20%, o a lo que quiera, pero el 60% va a la producción. Así se dinamiza el aparato interno. Todo esto ha permitido que la economía funcione cuando el precio de los commodities era alto y que siguiera funcionando cuando caía.

Otro tema delicado en los gobiernos progresistas de la región ha sido la sucesión de los líderes, también en Bolivia, ¿cómo lo están enfrentando?

[Antes de responder, García Linera se acaricia la barbilla y pasea la mirada por las paredes de la habitación y la ventana] Lo que pasa es que los procesos de conformación de voluntad colectiva popular son bien particulares. Una cosa es cambiar personas que administran una estructura estatal. Ahí los caudillismos no son imprescindibles ni necesarios porque se trata de cambios de rutina.

Pero cuando las sociedades se plantean transformaciones de las propias estructuras estatales, que son momentos excepcionales, es normal que tiendan a personificar la impronta de su audacia. Porque es una audacia, una insolencia y un darse vuelta el mundo. Los indios nunca habían votado por indios. Nunca. La fuerza de la dominación hace que te reflejes en el color, la lengua y el traje del dominador. Pero cuando eso se quiebra y esa lógica de la dominación se invierte, hay una ruptura del orden moral del mundo. Esas audacias colectivas tienden a personificarse por eso siento que todo proceso revolucionario, en cierta medida, ha tenido y va a seguir teniendo, en Bolivia y en cualquier parte del mundo, una alta dosis de personificación, de caudillismo o de liderazgo carismático.

Los líderes carismáticos surgen en momentos de quiebre de las certidumbres en los que la sociedad necesita dar un paso audaz para transformar todo lo que le agobia y en los que atribuye a personas poderes y fuerzas extraordinarias. El líder carismático es resultado de un momento carismático, de crisis estatal, de crisis del sentido común, de crisis del orden normal de las cosas. A la inversa también hay que aplicarlo. Los procesos de restauración conservadora también van a concentrarse en líderes carismáticos pero conservadores. ¿No debería ser así? Pero así es. Uno puede desear muchas cosas del mundo. Que sea más fácil, más lógico, más coherente. Pero eso es querer enseñarle a la historia lo que tiene que ser. Una repetición del viejo marxismo con ropaje nuevo.

¿No será ese también un viejo sentido común susceptible de ser cambiado?

Sí, es posible. Lo ideal sería esta idea comunitaria de lo socialista como una construcción dialogada y de consensos en la que todos somos artífices de la construcción del yo colectivo, en la que no se establecen jerarquías. Así suena tal y como lo describen los compañeros de la escuela de Frankfurt. Bonito. Pero muchas veces la historia va por otros cauces y por muy lógico que sea nuestro modelo teórico tiene que pasar la prueba de los hechos. Algún día tendrá que darse que las grandes transformaciones tengan direcciones colectivas y comunitarias en las que la ausencia o presencia de un líder no defina las cosas. Pero hoy por hoy...

Su gobierno perdió el referéndum para permitir una nueva candidatura de Morales pero luego apeló al Tribunal Constitucional para garantizarle ese derecho. Incluso si admitiésemos que el plebiscito se malogró por una campaña de noticias falsas de la oposición, ¿no es cierto que desoyeron el resultado de la consulta popular? ¿No hay gente que se ha molestado por eso?

Sí, es posible, que de hecho haya gente que no lo entienda, no lo acepte o no le guste. Ahí está nuestra labor explicativa de por qué el referéndum sigue vigente. El artículo de la Constitución no se ha modificado. Lo que se ha visto por decisión del Tribunal Constitucional es que otro artículo otorga primacía a los convenios internacionales por encima de la propia Constitución. Se establece que es un derecho humano la posibilidad de participar en eventos electorales. Nos toca a nosotros explicar, justificar y mostrar que esta decisión tiene el mismo rango de constitucionalidad. Pero no es un trabajo fácil ni es inmediato. Es un trabajo lento, pero gradualmente se está haciendo.

Y hablando de la legitimidad en vez de la legalidad, ¿cómo defienden esa apelación al Constitucional?

Porque le decimos a los compañeros: "Al final el que va a decidir si Evo continúa o no vas a ser tú, va a ser tu voto, va a ser tu poder decisivo el que va a definir si Evo se va o Evo se queda". Le decimos que nuevamente va a recaer en el soberano, en la gente que con su voluntad define el orden político del país, que no se está transgrediendo eso. Pero sí, requiere tiempo.

 

         

Fuente: ElDiario

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