Las acciones de la derecha fascista en esta nueva arremetida de violencia recuerdan claramente al pasado reciente de la “descarga de arrechera” o “La Salida” violenta. El metabolismo de esta clase política no tolera más frustraciones (ulceras y cefaleas incluidas) causadas por la imposibilidad de alcanzar el poder por vías legales, democráticas y pacíficas. Sus amos del norte están cansados de las fallas y errores. Les han exigido a sus lacayos proceder de inmediato con la “Solución Final”, con la sangre derramada que sea necesaria.

De allí surge la nueva agenda violenta. Por eso se observa una bien organizada y perfectamente desplegada nube de células violentas en cada marcha “pacífica”. Estos grupos neofascistas se asemejan a los grupos de choque de la derecha chilena de los años 70, la tenebrosa “Patria y Libertad”. Nada de “espontáneos” ciudadanos descontentos. Esta gente está bien entrenada y están bien apertrechados con toda su dotación logística. Se les ve pasando desapercibidos, segundos antes de incendiar la pradera, con sus discretos morralitos al lomo, cargados no con libros, sino con máscaras antigases, guantes, guayas, miguelitos, molotov y demás instrumentos para la generación de violencia. Un por si acaso, pues.

La violencia es un despropósito político que colide con las libertades y valores democráticos que dicen defender. La violencia es rechazada por la inmensa mayoría de los ciudadanos. Estas expresiones de violencia son lideradas por militantes de los partidos de extrema derecha (Primero Justicia y Voluntad Popular) y una camada de mercenarios y delincuentes contratados por ellos para el ejercicio desbocado de la violencia. Nada de accionar ideológico o dentro del campo de la política.

No solamente tiene la derecha desplegada a sus hordas fascistas sembrando el caos y destrucción por todo el país. También acompañan el ejercicio de la violencia (como un modo de legitimarla y justificarla), con una intensa campaña mediática (más fotógrafos que manifestantes) que logran posicionar hechos y sucesos de tal manera, que abstraen la violencia y la destrucción ejercida por las hordas violentas, hasta convertirlos en inocentes y angelicales querubines. Dando alas de heroísmo a lo que es evidentemente un plan de generación de violencia y terror que puede terminar en una guerra civil (el sueño de la derecha fascista para justificar una intervención internacional sobre las ruinas humeantes de nuestro país).

De estos mecanismos ya nos hablaba el sociólogo Pierre Bourdieu cuando caracterizaba los elementos que conforman la Violencia Simbólica. Allí, los grupos violentos ávidos de poder han logrado ejercer el control y manipular (consciente o inconscientemente) a los grupos dominados. Señala Bourdieu: “La forma por antonomasia de la violencia simbólica es el poder que, más allá de la oposición ritual entre Habermas y Foucault, se ejerce por medio de las vías de comunicación racional, es decir, con la adhesión (forzada) de aquellos que, por ser productos dominados de un orden dominado por las fuerzas que se amparan en la razón”. Al lograr manipular a sus seguidores han logrado construir un insensato escenario donde las clases sociales de mayor poder económico y con menores necesidades (el sifrinaje) es el que está a la vanguardia de las hogueras del odio y la violencia. Las hordas violentas han internalizado y somatizado en su esquema mental, patrones de esquizofrenia, paranoia e histeria, creyendo que sus actos violentos (rayando muchas veces en el terrorismo) son actos legítimos y liberadores. Están prisioneros en su propia locura, empezando por los malhechores y criminales líderes neofascistas que los alientan y financian.

Interesante también es estudiar al psicólogo norteamericano Philip Zimbardo y su espeluznante libro (para vergüenza de la humanidad) “El efecto Lucifer: El porqué de la maldad”. Aquí nos señala algunos términos y conceptos perfectamente aplicables a los agentes del mal que están incitando al odio y la violencia en nuestro país. Habla de la “imaginación hostil” como “una construcción psicológica implantada en las profundidades de la mente mediante una propaganda que transforma a los otros en el enemigo”. Y señala que “El proceso se inicia creando una imagen estereotipada y deshumanizada del otro que nos presenta a ese otro como un ser despreciable, todopoderoso, diabólico, como un monstruo abstracto que constituye una amenaza radical para nuestras creencias y nuestros valores más preciados. Cuando se ha conseguido que el miedo cale en la opinión pública, la amenaza inminente de este enemigo hace que el razonable actúe de una manera irracional, que el independiente actúe con obediencia ciega y que el pacífico actúe como un guerrero. La difusión de la imagen visual de ese enemigo en carteles y en portadas de revistas, en la televisión, en el cine y en Internet, hace que esa imagen se fije en los recovecos de nuestro cerebro primitivo, el sistema límbico, donde residen las potentes emociones del miedo y el odio”. Más preciso imposible.

Con esta crudeza, Zimbardo se refiere a la deshumanización y desconexión moral que surge mediante la manipulación y la violencia simbólica ejercida incesantemente por la derecha, logrando que “personas normales y corrientes cometan maldades ajenas a su historia personal y a sus valores morales”. Desconectados moralmente la maldad no tendrá límites. Y para ello el terrible ejemplo del Batallón 101 de la reserva de Hitler, al cual le correspondió la sanguinaria “misión” de ejecutar las matanzas en masa del pueblo judío (la “Solución Final”), estando este batallón conformado íntegramente por simples padres de familia, de clase obrera o reclutas novatos. Hoy serían las hordas militantes de la extrema derecha los destinados a sembrar el terror con sus hogueras del odio.

Zimbardo también recuerda las investigaciones de la filósofa Hannah Arendt (“Eichmann en Jerusalén: un estudio sobre la banalidad del mal”), donde destaca que los estudios realizados a los criminales nazis señalaron que en su conciencia se repetían una y otra vez yo solo “Me limitaba a cumplir órdenes”; y lo que es peor, en la elaboración de sus perfiles psicológicos arrojaban ser personas y ciudadanos: “no sólo normal, sino ejemplar”. La deshumanización y la desconexión moral explican el estado de barbarie a la cual ha llegado la extrema derecha venezolana. Han perdido su condición humana y la capacidad de discernir sobre el bien y el mal, abogando por el imperio de la violencia y la destrucción.

Los líderes de la extrema derecha tienen la responsabilidad y la obligación de contener las desviaciones de sus hordas fascistas. La agenda del odio está destinada al fracaso, los pueblos no siguen a los violentos ni a los anonymous (cobardemente ocultos). Los pueblos siguen líderes que con coraje y valentía asumen con responsabilidad guiar a sus pueblos por el camino de la paz y los valores democráticos.

Fuente: Portal Alba

Frases


"Nunca pensé que poner un plato de comida en la mesa de un pobre generaría tanto odio de una élite que se harta de tirar comida a la basura todos los dias"

Lula Da Silva

Correos del Sur Nº38