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El nefasto 11 de septiembre de 2001, cuando Estados Unidos sufre sospechoso atentado que le servirá de excusa para invadir países que nada tuvieron que ver con él, se suscribe en Washington la Carta Democrática de la OEA.

La filtración de Wikileaks sobre el rol que cumple la CIA, ha confirmado la teoría expuesta desde el Geopoder según la cual existen oficinas especializadas que ejecutan planes de desinformación planeados en fábricas de rumores.

El deslactosado Trump se ha enfrascado en la guerra tuitera del Obamagate (https://goo.gl/LAaNm3) al acusar a su antecesor de acecho obsceno, mientras Wikileaks detona la mayor publicación de espionaje en la historia de la humanidad perpetrada por el Centro Cibernético de la CIA, que bautizó como Bóveda 7 y cuya primera parte, Año Cero, consta de 8 mil 761 documentos que rebasan las estrujantes revelaciones de fisgoneo masivo de la NSA filtradas durante tres años por Edward Snowden, asilado en Moscú.

Nos hallamos sin quererlo (y, gran parte de la humanidad, sin saberlo al detalle) en medio de una guerra continua, planeada, promovida, financiada y protagonizada de distintas formas por el imperialismo gringo y sus socios capital-militaristas de la OTAN. El objetivo estratégico central de tal guerra no es otro que el de alterar la realidad geopolítica de diversas regiones de nuestro planeta, como ya se esbozara y pusiera en práctica durante la presidencia de George W. Bush respecto al Medio Oriente y el papel que le correspondería ejercer al sionismo en esta conflictiva región.

¿El rebullicio mediático en torno a Donald Trump nos hará olvidar que lo que dice el candidato no es lo que hace el Presidente?