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Muchos en el mundo confiaron -yo entre ellos- que la nueva administración estadounidense dirigida por el arrogante Donald Trump, actuaría con cierta independencia del establishment (establishment: llámese, vieja clase política de neoconservadores, sionistas, el poder financiero, mediático y el Complejo Militar Industrial) porque los enfrentó públicamente y venció a su candidata Hillary Clinton.

El espectáculo que presenciamos en la OEA, el pasado lunes 3 de abril, mostró cómo competían entre sí algunos gobiernos de nuestro Continente, para ver cuál se congraciaba más con la Potencia Imperial del Norte. 

Mientras se urde el plan para dar la puntilla al orden constitucional en Venezuela, se hacen públicas las conversaciones mantenidas entre el almirante Kurt Tidd, a la sazón comandante en jefe del U.S. Southern Command, con sede en Miami, y el actual secretario general de la OEA, en enero de 2016, Luis Almagro. El objetivo es coordinar la acción de los organismos regionales con un fin: dinamitar el poder legítimo del gobierno encabezado por Nicolás Maduro. Servicios de inteligencia, organizaciones no gubernamentales, corporaciones privadas de comunicación, prensa radio, televisión y redes sociales deben entrar en sincronía y asestar el golpe definitivo. ¿Cuál? Inaugurar un Estado paralelo, encabezado por el Parlamento, en manos de la oposición. La labor inmediata: sentar las bases para hacerlo viable. La estrategia: tensionar el Poder Judicial, desacreditar sus resoluciones, obligar al gobierno a tomar medidas de excepción y, de esa manera, justificar la intervención para salvaguardar, curiosamente, el orden constitucional.

El Gobierno de Nicolás Maduro ha frustrado el tercer intento de golpe de Estado en Venezuela en los últimos cuatro meses.

Al observar el escenario político de mal gusto de la última reunión del Consejo Permanente de la Organización de los Estados Americanos (OEA), del pasado 3 de abril, donde 17 embajadores resolvieron que: “Venezuela vive una ruptura del orden constitucional”, reviven en mi memoria los escenarios de la USA-OEA previos al golpe de Estado en Guatemala, en contra del Presidente constitucional Jacobo Árbenz, en 1954.