Estados Unidos siempre ha tenido el temor de no poder mantener dos guerras a la vez. En el entusiasmo del consenso logrado para invadir y destruir Afganistán –chivo expiatorio de los atentados a las Torres Gemelas, para librar de responsabilidades a Arabia Saudita, su aliado carnal–, el gobierno estadunidense se lanzó, en ese momento sólo con el apoyo de Gran Bretaña, a invadir y a destruir el país de la más antigua civilización del mundo –Irak, y década y media después todavía están por allá. No han logrado salir de ninguno de los dos países, a pesar de haberlos destruido.

Por primera vez en muchas décadas, los militaristas globalizadores de Washington y sus aliados incondicionales de la OTAN e Israel han sufrido una derrota en Oriente Medio al no poder destruir el Estado sirio y derrocar a su presidente, Bashar Asad, después de más de cinco años de subversión, terror, sanciones y guerra.

Poderosos factores que operan, tanto al interior de Venezuela como en el exterior, se han trazado como meta sacar a Nicolás Maduro de Miraflores como sea.

Cuando empiezan los tambores de guerra, la primera víctima es la razón, esto no es ningún secreto. Recientemente me reuní con un grupo de veteranos de guerra rusos para hablar sobre este tema, de cómo los que luchan en las guerras son víctimas al igual que los ejércitos de refugiados y los muertos esparcidos por el paisaje, ahora llamados "daños colaterales", que bien pueden representar una multitud incontable.

La relación con el territorio es tan vieja como la historia de la humanidad, pero por primera vez, con el capitalismo del siglo XXI, el territorio adquiere signos de finitud.  No sólo tiene carácter de objeto –y es tratado como tal–, sino que se ha convertido en un objeto escaso.

Frases


"Nunca pensé que poner un plato de comida en la mesa de un pobre generaría tanto odio de una élite que se harta de tirar comida a la basura todos los dias"

Lula Da Silva

Correos del Sur Nº38