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En lugar de denunciar internacionalmente al gobierno de Donald Trump por sus ataques racistas y fascistas contra mexicanos y extranjeros, Enrique Peña Nieto prefiere trabajar con el nuevo dictador de Estados Unidos para acosar y agredir a la hermana república de Venezuela. En un acto de alta traición a los principios de solidaridad latinoamericana y de la soberanía nacional mexicana, el canciller Luis Videgaray se ha convertido en un vil lacayo de Washington y en el principal porrista de la propuesta de Luis Almagro, secretario general de la Organización de los Estados Americanos (OEA), de expulsar a Venezuela por su supuesto rompimiento con la Carta Democrática de la organización.

Las constantes crisis actuales traen reminiscencias de pasadas dictaduras.

Definitivamente cayeron las máscaras. Con el diálogo pasó lo mismo que con la cultura. Cuando el jefe nazi decía que al escuchar la palabra le provocaba sacar la pistola.

La naturaleza es implacable con todos. Finalmente, y después de 101 largos o cortos años de vida -un segundo en términos históricos- llegó el turno para otro Rockefeller, el último de los nietos vivos del difunto infame magnate estadounidense John D. Rockefeller, el más admirado por la burguesía, ya que pudo acumular una enorme fortuna que algunos estudiosos estimaron alcanzó en activos los US $320.000 millones, gracias a su todopoderosa petrolera Standard Oil. Muerto David Rockefeller, los grandes medios del poder se apresuraron a decirnos cuánto valía aquel hombre. Entre ellos, la última edición de la revista Forbes publicaba "por coincidencia" el mismo día de su muerte la lista de multimillonarios donde estimaba su fortuna personal en US$3.300 millones. David valía menos que su abuelo John. La misma lista de Forbes ubicó a todo el clan Rockefeller en el lejano puesto 23. Una calamidad para el mundo de los magnates.

Desde hace algún tiempo viene hablándose insistentemente de Estados fallidos. En realidad no hay tal. Estos supuestos “fallidos” -como en el caso de Guatemala- son, en todo caso, institucionalidades pobres que defienden la situación dada para que nada cambie. No fallan, en modo alguno: cumplen a cabalidad su función.