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La IV Cumbre CELAC transcurre en la mitad del mundo (Quito, Ecuador) con el trasfondo de una América Latina en plena disputa. Los procesos posneoliberales afrontan seguramente sus momentos más complicados de los que se sucedieron a lo largo de este cambio de época. Las tensiones son cada vez más acuciantes. Son tensiones propias de las múltiples contradicciones surgidas al calor de la propia dinámica de un vertiginoso proceso de cambio. Hace algunos años, en el 2009, el vicepresidente boliviano Álvaro García Linera ya alertaba precisamente sobre esta disputa para el caso boliviano, en su libro Las tensiones creativas de la revolución. Esta advertencia es hoy absolutamente extrapolable y de vital importancia para todo lo que acontece en la región.

En el discurso inaugural de la IV Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños(CELAC), su saliente presidente de turno Rafael Correa puso en su lugar a la OEA de la que dijo que “es más anacrónica que nunca” y   debe ser sustituida “a mediano plazo” por el nuevo organismo latino-caribeño.

La CELAC ha representado un camino a la integración y desarrollo de América Latina y el Caribe.

Ayer jueves 11 de junio concluyó en Bruselas la Segunda Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) y la Unión Europea (UE). Y si nadie puede poner en duda la importancia económica y social del bloque europeo, poco a poco, sin prisa pero sin pausa, comienza a reconocerse, en los hechos y no sólo en el discurso, las crecientes importancia e influencia planetarias del bloque de naciones latinoamericanas y caribeñas.

Surgida de las luchas continentales contra el neoliberalismo, la Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (Celac) empezó a tomar forma en la llamada Cumbre de la Unidad de América Latina y el Caribe (Playa del Carmen, México, febrero de 2010).