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Las sucesivas actuaciones del actual secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), Luis Almagro, contra los procesos progresistas en Nuestra América confirman sus estrechos vínculos con la Agencia Central de Inteligencia (CIA), de Estados Unidos.

La 53ª Conferencia de Seguridad de Múnich (SIKO) ha logrado calmar los nervios de los desesperados gobernantes de 28 países miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

Existían especulaciones sobre cuál sería la política exterior del nuevo gobierno de los Estados Unidos. Donald Trump, candidato, había construido una imagen de rupturas por-venir. El panorama era más claro visto desde y para Venezuela: ¿era una posibilidad real -aún dentro de las disputas que se iban a abrir dentro de Estados Unidos- que un nuevo presidente cambiara la política exterior hacia Venezuela? La respuesta, para quienes tenían dudas, llegó como una serie de cachetazos durante los días recientes.

Tras una fachada neoliberal, se escondería un refinado proyecto de ingeniería geopolítca cuya finalidad última sería dinamitar el proyecto político-integracionista representado por la UNASUR e intensificar la política de aislamiento de los Gobiernos progresista-populista de la región, en especial de Venezuela tras quedar huérfana del alma mater de la Revolución Bolivariana (Chávez) así como finiquitar el proyecto integrador económico del MERCOSUR, proceso de de integración económico creado en en 1991 tras la firma del Tratado de Asunción entre Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay al que posteriormente se habría incorporado Venezuela como Estado parte, quedando Bolivia, Colombia, Perú, Ecuador,Chile, Surinam y Guyana como “Estados asociados”. Dicha estrategia fagocitadora tendría como objetivos a medio plazo aglutinar el Arco del Pacífico para integrar además a Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua y Panamá e incorporar por último al Mercosur (Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay) , siguiendo la teoría kentiana del “palo y la zanahoria “ expuesta por Sherman Kent en su libro “Inteligencia Estratégica para la Política Mundial Norteamericana” (1949). En dicho libro, Kent afirma que “la guerra no siempre es convencional: en efecto, una gran parte de la guerra, de las remotas y las más próximas, ha sido siempre realizada con armas no convencionales: [...] armas [...] políticas y económicas. La clase de guerra en que se emplean [...] (son la) guerra política y la guerra económica”. Los fines de estos tipos de guerra fueron descritos por este autor de la siguiente manera: “en estas guerras no convencionales se trata de hacer dos cosas, debilitar la voluntad y la capacidad de resistencia del enemigo y fortalecer la propia voluntad y capacidad para vencer” y más adelante añade que los instrumentos de la guerra económica “consisten en la zanahoria y el garrote”: “el bloqueo, la congelación de fondos, el ‘boicot’, el embargo y la lista negra por un lado; los subsidios, los empréstitos, los tratados bilaterales, el trueque y los convenios comerciales por otro”.

La derecha mundial está dispuesta a no darle respiro a la Revolución Bolivariana de Venezuela. Esta semana que termina ha sido un ejemplo claro de que la guerra de cuarta generación lanzada en su momento desde las usinas del Occidente imperial, no escatiman esfuerzos para utilizar todos los métodos a su alcance con tal de desprestigiar, acorralar e intentar (siempre fallidamente) derrocar al gobierno legítimo de Nicolás Maduro.