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Una vorágine de mutaciones culturales presiona a los sistemas escolares en el siglo XXI, impulsando su transformación de manera acelerada; lo que permanece invariable, en la inmensa mayoría de lugares del mundo, es el sistema económico, político, social y cultural de explotación del hombre por el hombre.

La Universidad es una conquista social de singular importancia para la democratización del saber y su relación con la transformación social.

El manifiesto-convocatoria de Karl Marx y Federico Engels sigue vigente a casi 200 años de su publicación (febrero de 1848), en la cresta de las crisis del capitalismo con la caída del crecimiento económico y el crack-recesión del capitalismo de China.

El capitalismo en el mundo, ese que llamamos “acumulación por desposesión, por despojo o por robo” –categoría creada por el geógrafo teórico marxista David Harvey–, es una actualización del colonialismo. Hoy el capitalismo funciona de esa misma manera, apropiándose del agua y de la tierra, y expulsando comunidades enteras mediante megaproyectos, grandes obras de infraestructura hidroeléctrica, minería a cielo abierto, monocultivos de soja y una feroz especulación inmobiliaria urbana.

Desde que el filósofo nuestro, el jesuita mártir Ignacio Ellacuría, publicó su famoso artículo: “Filosofía, ¿para qué?” en 1976, aparecido originalmente en la revista Abra y reeditado en 1987 y 1998, esa pregunta del ¿para qué? de la filosofía me resurge reiterada en diferentes momentos, no sólo cuando estudiábamos filosofía y teología en la Compañía de Jesús, en Managua y El Salvador,  sino en diferentes épocas.