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La izquierda del siglo XX fue una izquierda del Estado, que se valió del Estado para organizar proyectos de nación, empujar el desarrollo económico y garantizar los derechos sociales. Tuvo un rol fundamental, sobre todo si pensamos que antes había un Estado estrictamente de las elites dominantes, de las oligarquías exportadoras de materias primas, que hacían del Estado un instrumento estricto de sus intereses.

En vista de la generalizada degradación institucional que produce el macrismo, ahora con medidas abiertamente ilegales y autoritarias que denigran el derecho de huelga, queda clara la urgencia por recuperar el rol del Estado Democrático.

En general, la gente suele considerarse solidaria, pero sólo con aquellos que pueden devolverle el favor recibido. «Cristianos» (lo mismo que otros religiosos) que dicen amar a su dios, a quien no ven, pero matan, odian, insultan o menosprecian a sus semejantes, a los cuales sí pueden ver cada día, dotado de un rostro diferente. Sacerdotes y pastores que olvidan adrede la crítica de Jesucristo a escribas y fariseos, arrodillados devotamente ante el becerro de oro que les induce a olvidar su principal función religiosa.

Trascendió hace poco la existencia de al menos 150 venezolanos varados en la frontera entre Costa Rica y Panamá. Una escena lamentable idéntica a la de un naufragio, que deja mucho que analizar en medio del amasijo de informaciones que proliferan sobre nuestros compatriotas en el extranjero.

El golpe de estado contra la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff en 2016, el ascenso electoral de Mauricio Macri en Argentina en 2015 y las agresiones permanentes del imperialismo y las oligarquías en Venezuela, Ecuador y Bolivia principalmente han debilitado el proceso de integración y unidad que se fue construyendo en los últimos quince años en América Latina y el Caribe, sin embargo en la hora actual son los movimientos populares, intelectuales y alternativos los que deberán convertirse en la fuerza motora del proyecto histórico común.