El golpe de Estado ya ha sido consumado. Brasil pasa a integrar junto con Honduras y Paraguay el listado de países donde el Imperio probó con indudable éxito, como si fuera un gigantesco laboratorio, la nueva fórmula destituyente de gobiernos neo-desarrollistas. Una receta “moderada” según algunos analistas que no la viven en carne propia, pero brutal, como es el capitalismo en su verdadera esencia, si se la mide teniendo en cuenta el ejemplo argentino, donde en pocos meses decenas de miles de personas perdieron su trabajo y las esperanzas de construir un futuro más o menos estable. Una embestida que es regional en primera instancia y mundial si se piensa en términos absolutos, ya que viene siendo trabajada desde hace varios años, para recuperar el tiempo que les llevó a los estrategas de Washington comprobar que lo que buscaron en Medio Oriente
-destruyendo un país tras otro- lo podían obtener más fácilmente en Latinoamérica.

Los procesos patrióticos que comenzaron el cambio de época en Nuestra América, priorizaron los objetivos políticos y sociales sobre la base de recuperar el control soberano de los recursos naturales.

A solo cuatro meses de la asunción del gobierno de Macri el conjunto del movimiento obrero ha salido a la calle para repudiar el restablecimiento de la desocupación, la baja salarial, la inflación descontrolada, el alza de los precios, la desindustrialización y el reendeudamiento del país.

Tragué sapos, pero pude presenciar casi hasta el final el denigrante espectáculo de los corruptos, ignorantes y desvergonzados diputados brasileños. En nombre de Dios, la familia y, hasta algunos, con loas a la dictadura militar, una holgada mayoría aprobó, sin fundamento jurídico,  el inicio del juicio político a la presidenta Dilma Rouseff. Por eso ha tenido tan mala prensa fuera de Brasil y no ha recibido el apoyo público de un solo gobierno en el mundo.

Desde que fue electo, en 2002, Lula fue víctima de ataques, dentro y fuera de Brasil, que lo trataban de descalificar. Había “traicionado” al pueblo brasileño, según la ultraizquierda. Sería un “blairismo tropical”, según el demasiado elocuente y precipitado Tariq Ali.

Frases


"Nunca pensé que poner un plato de comida en la mesa de un pobre generaría tanto odio de una élite que se harta de tirar comida a la basura todos los dias"

Lula Da Silva

Correos del Sur Nº41