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La rebelión del 4 de febrero de 1992 fue, sin duda alguna, la desembocadura de un río de luchas populares que tuvo sus flujos y reflujos a partir de 1958, pero que jamás dejó disminuir su caudal, pese a la incesante campaña de represión, asesinatos selectivos y miedo que sostuvieron los distintos gobiernos surgidos del Pacto de Punto Fijo. Era, además, la expresión tornada en rebelión de un pueblo sometido a un régimen de exclusión política, social y económica, cuya retórica democrática ocultaba la sumisión a los dictados imperiales de Estados Unidos y la existencia de una oligarquía parasitaria que extraía sus riquezas de la renta petrolera, dejando en la miseria a un amplio segmento de la población; todo esto reforzado por grupos empresariales de la comunicación que daban cuenta al mundo del mejor sistema de democracia representativa vigente en nuestro continente. 

EE.UU.- Hemos visto cómo multitudes en Estados Unidos han tomado las calles desde que Trump tomó posesión como presidente del país, y eso es excelente. Sin embargo, no podemos ser ingenuos y creer que todo aquello es dignidad e inconformidad con las políticas de Trump y que la sociedad de un día para otro despertó y se concientizó de los valores humanos. Porque en Estados Unidos siguen existiendo ciudadanos de tercera categoría aún para los manifestantes que claman por justicia social, equidad y humanidad.

El debate podría esquematizarse en dos posiciones: criticar le hace el juego a la derecha, no criticar le hace el juego a los sectores burocráticos internos. Planteado así el debate resulta improductivo. En particular en esta época encendida, donde se puede recurrir a máximas, como, por ejemplo: “En asedio a fortaleza toda disidencia es traición”. El problema de las máximas es que pueden cerrar debates necesarios, sean cuales sean sus conclusiones provisorias.

"Vengo a decirles que levantaremos la moral y la dignidad de este pueblo, que dentro de muy poco no podrá creer cuánto se ha engrandecido y desafiará al futuro. Estamos refundando con espíritu de grandeza lo que otros convirtieron en falta de trabajo, miseria, pérdida de confianza en nosotros mismos. Ahora nos ponemos de pie y será para siempre". ¿Donald Trump? No, Hitler, 1926. Hay similitud en los discursos de ambos y también puede haberla en el accionar del presidente estadounidense, si no se le para la mano con prontitud. Ambos percibieron qué es lo que estaban añorando sus respectivas franjas de población, nutridas de esa mayoría silenciosa y postergada en sus sueños de riqueza. Gentes a los que en su momento, como ocurriera en Estados Unidos, se les ofreció ser parte de la gran utopía "americana" y se quedaron a mitad del camino y en retroceso constante.

La revolución venezolana, no podía ser de otra forma, creó su propia lengua. Las palabras que en los demás países son propias de organizaciones, carreras universitarias o memorias, acá se hicieron de masas.