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Es una vieja tradición del periodismo político esperar a que transcurran cien días desde el inicio de un nuevo gobierno para iniciar el análisis del rumbo que seguirá en lo futuro. En el caso de Donald Trump, de esos emblemáticos cien días apenas han transcurrido dos tercios. Pero ya se pueden prefigurar algunas líneas de su desarrollo.

La izquierda del siglo XX fue una izquierda del Estado, que se valió del Estado para organizar proyectos de nación, empujar el desarrollo económico y garantizar los derechos sociales. Tuvo un rol fundamental, sobre todo si pensamos que antes había un Estado estrictamente de las elites dominantes, de las oligarquías exportadoras de materias primas, que hacían del Estado un instrumento estricto de sus intereses.

En vista de la generalizada degradación institucional que produce el macrismo, ahora con medidas abiertamente ilegales y autoritarias que denigran el derecho de huelga, queda clara la urgencia por recuperar el rol del Estado Democrático.

En general, la gente suele considerarse solidaria, pero sólo con aquellos que pueden devolverle el favor recibido. «Cristianos» (lo mismo que otros religiosos) que dicen amar a su dios, a quien no ven, pero matan, odian, insultan o menosprecian a sus semejantes, a los cuales sí pueden ver cada día, dotado de un rostro diferente. Sacerdotes y pastores que olvidan adrede la crítica de Jesucristo a escribas y fariseos, arrodillados devotamente ante el becerro de oro que les induce a olvidar su principal función religiosa.

Trascendió hace poco la existencia de al menos 150 venezolanos varados en la frontera entre Costa Rica y Panamá. Una escena lamentable idéntica a la de un naufragio, que deja mucho que analizar en medio del amasijo de informaciones que proliferan sobre nuestros compatriotas en el extranjero.