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La hipótesis de que Argentina se encuentra actualmente sumergida en un proceso de tipo contrarrevolucionario puede parecer exagerada.

Cuando el 19 de abril del 2013 Nicolás Maduro juramentó como presidente, supimos que lo peor de esos días había pasado. El intento de Golpe de Estado iniciado el 14 a la noche no había triunfado. El saldo eran 11 asesinados, locales del Partido Socialista Unido de Venezuela (Psuv) y Centros de Diagnóstico Integral atacados, dirigentes agredidos, la violencia como un galope negro. Se trataba del primero de los cuatro intentos de Golpe de Estado que se iba a enfrentar en cuatro años. Actualmente estamos en el cuarto. En pleno desarrollo.

Las acciones de la derecha fascista en esta nueva arremetida de violencia recuerdan claramente al pasado reciente de la “descarga de arrechera” o “La Salida” violenta. El metabolismo de esta clase política no tolera más frustraciones (ulceras y cefaleas incluidas) causadas por la imposibilidad de alcanzar el poder por vías legales, democráticas y pacíficas. Sus amos del norte están cansados de las fallas y errores. Les han exigido a sus lacayos proceder de inmediato con la “Solución Final”, con la sangre derramada que sea necesaria.

En 2016, el 17 de abril fue un domingo. Y en aquel domingo hubo sesión extraordinaria en el pleno de la Cámara de Diputados. Los diputados votaron, por amplia mayoría (367 votos favorables contra 137), la apertura del juicio contra la entonces presidenta Dilma Rousseff, del PT, que luego el Senado se encargó de destituir el 31 de agosto.    

Buscar el quiebre se tradujo en seis movilizaciones en dos semanas. Algunas con mayor concurrencia -unas ocho mil personas- como el 6 de abril, otras con apenas pocos miles de personas, o menos.