Hosting Venezuela - Hosting - Certificado SSL

A quince años del monumental golpe al centro cultural y financiero de occidente, el mundo sigue sin reponerse. A partir de entonces, a los casi tres mil muertos que dejaron los ataques al World Trade Center, hay que sumar los cientos de miles o millones de muertos inocentes, que la furia homicida desatada por la administración de George W. Bush, junto a los intereses del complejo militar industrial, regó en cientos de ciudades, miles de pueblos, rutas, caminos y parajes fundamentalmente en el mundo islámico. A esta rápida cuenta hay que sumarles los miles de ahogados en el Mediterráneo, que huyen de los conflictos, o los cientos de masacrados desde la estación de Atocha a París, desde Bruselas a Niza o de San Bernardino a Saint-Etienne-du-Rouvray.

1 Después del 1º de septiembre, cuando no se cumplieron los pronósticos apocalípticos y la sangre no corrió por las calles, pareciera que se abre una nueva oportunidad para el diálogo. Ese diálogo tan denostado, tan calumniado por algunos sectores que lo atacan como una manera de exaltar la violencia. Por eso la pregunta, ¿dialogar para qué?

Tras las menguadas movilizaciones contrarrevolucionarias que se observaron el pasado 7 de septiembre, en todas las capitales del país, la coalición opositora dejó en evidencia su inexistencia orgánica en la mayoría del territorio nacional. Su fuerza organizada sigue asentada en los municipios del este del este y con una motivación esencialmente ideológica en contra de la revolución.

Durante un mes continuo de mensajes como estos: "toma de Caracas como sea", "calle hasta que se vaya", "referéndum o estallido", "día decisivo", entre otros, los voceros y voceras de la contrarrevolución convirtieron el 1 de septiembre de 2016 en un día que daba miedo.

Mientras el Reino Unido y la Unión Europea, resuelven la rencilla matrimonial que los ha llevado al divorcio y dirigentes y tecnócratas, sacan punta a sus lápices a la hora de dividir bienes gananciales, a alguien, vaya a saber quién, se le ocurrió recordar que en una remota esquina de Francia, quedaba pendiente un problema que los británicos estaban dejando para que lo solucionen a su gusto París o Bruselas, si se la entiende, esta última, como capital de la Unión Europea.