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La impunidad define en muy buena medida la historia del país. Desde la época de la conquista este ha sido un territorio marcado por la violencia donde, pareciera, se puede hacer cualquier cosa sin consecuencias.

El narcotráfico es un negocio capitalista que también ha crecido geométricamente en México y los tres países centroamericanos del llamado triángulo norte. Es ya un rubro importante en el crecimiento económico de éstos últimos países.

Tal vez si el acuerdo de cese al fuego bilateral se estuviera firmando en Colombia, en la Plaza de Bolívar de Bogotá, en medio de una multitud entusiasta, o en el Catatumbo, o en Chaparral, o en Tumaco, y en carpetas que tengan impreso el escudo nacional y no otro,

La crisis existencial interna que se deja ver en los grandes medios posterior a los asesinatos de Philando Castile y Alton Sterling, dos ciudadanos negros en EEUU, está lejos de ser solo un fenómeno racial como apunta la obviología mundial. Parece pasar más bien por la pugna dura de sectores poderosos del estado profundo gringo en pleno movimiento de sus piezas de ajedrez, donde nuevamente la comunidad negra (y blanca), los agentes de policía blancos (y negros) y todo ese mediatizado alrededor son simples y tristes peones de una guerra intestina en la cual están ganando todos, menos nosotros.

Haider al Abadi, el primer ministro iraquí, fue el día 26 de junio a Faluja: quería izar la bandera iraquí en la ciudad mártir. Faluja, a sesenta kilómetros de Bagdad, ha visto, desde la invasión norteamericana de 2003, cómo la muerte se adueñaba de sus calles. En 2004, las tropas norteamericanas bombardearon con fósforo blanco la ciudad, pese a las convenciones internacionales, sin temor a la comisión de crímenes de guerra. Eran los años en que, tras el inicio de la guerra, la partición práctica del país entre territorios kurdos, sunnitas y chiítas (cuando, antes, la población vivía mezclada sin problema), y el derrocamiento de Sadam Hussein, instauraron el caos, el pillaje, los asesinatos cotidianos, y, también, la insurgencia de grupos iraquíes que luchaban contra la ocupación militar norteamericana. Muchos de los militares de Sadam Hussein se incorporaron a la resistencia de inspiración laica; otros, pasaron a engrosar grupos islamistas, y la ceguera y la feroz represión indiscriminada del ejército norteamericano contra la población civil del país hicieron el resto: a la presencia de al-Qaeda, creada por Estados Unidos, y de grupos armados al servicio de los múltiples servicios secretos que intervienen en el país, se unió la aparición de Daesh, creado en los mismos campamentos y centros de reclusión controlados por las fuerzas norteamericanas en Iraq, y que, después, recibieron apoyo logístico y armas desde países como Turquía, Israel, Arabia, Qatar y Pakistán, y que fueron tratados con benevolencia por Estados Unidos cuando creyó que Daesh podría ser útil para sus intereses, en uno de sus múltiples errores de esa disparatada política que ha llevado a la destrucción de Iraq y de buena parte de Oriente Medio.