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En una muestra más de su inconmensurable estupidez la derecha latinoamericana y su homóloga norteamericana han proclamado que la muerte de Fidel significa el fin de una época. Sabemos que una de las señas ideológicas del pensamiento conservador, en todas sus variantes y en todo tiempo, es su obsesión por decretar “el fin” de cuanto proceso o institución les sean adversos.

Muchos años antes del 25 de noviembre, muchos años antes 31 de julio de 2006, ya se había escrito y dicho todo lo que se podía decir y escribir sobre Fidel, todo lo a favor y todo lo en contra. Ahora, desde que se conoció la noticia, en las primeras horas del sábado, no hubo un solo medio en el mundo, que se haya privado de publicar un panegírico o una diatriba sobre Fidel. 

Es la conclusión a que llega quien conozca Cuba y la materia prima de que están hechos su pueblo, sus hermanos latino-caribeños y los de todo el mundo. Fidel se ausenta físicamente para multiplicarse en las dolidas y fervorosas multitudes de niños y jóvenes, de hombres y mujeres cubanos de todas las edades, que la noche del martes proclaman ¡yo soy Fidel! en la Plaza de la Revolución y en todos los rincones de Cuba. Pero igual podían haber sido venezolanos, bolivianos, ecuatorianos, argentinos, brasileños, nicaragüenses, salvadoreños, mexicanos, caribeños.

Ser como Fidel, esa es la meta imprescindible que todo revolucionario debe tener en la vida. Fidel es ejemplo de lucha, de resistencia, coraje, audacia y sapiencia. Toda una vida dedicada a la teoría y práctica revolucionaria, con ejemplares acciones libertarias, fielmente guiadas por una visión humanista y Martiana.

La huella política y social envuelta siempre en el manto del toque humano que ha dejado Fidel Alejandro Castro Ruz es tan trascendental que no se puede evitar la tentación de expresar el sentimiento sobre este heredero de José Martí, que nos enseñó a los latinoamericanos a pensar que una utopía puede ser posible.