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Para muchos de nosotros en la comunidad negra de Estados Unidos, Castro representó la audacia que hemos buscado y deseado frente a la arrogancia racial e imperial.

El titular que desearon leer once presidentes norteamericanos, a punto de intentar cientos de veces hacerlo realidad, ha aparecido hoy en los diarios, las pantallas y los celulares de todo el mundo:

La muerte de Fidel Castro, previsible por la avanzada edad del máximo artífice y dirigente de la Revolución Cubana, 90 años, es uno de esos sucesos que cimbran al mundo, no porque induzca cambios significativos en la realidad contemporánea, sino porque obliga a tomar conciencia de la vastedad de las transformaciones históricas ocurridas en el último medio siglo y porque recuerdan la fuerza inconmensurable que pueden adquirir ciertos movimientos sociales cuando poseen las dirigencias adecuadas.

Quien te vió, quien te pensó pétreo, se equivoca, se equivocan…porque también se llora para adentro y esas lágrimas se vierten en compromiso, a pesar del dolor, se no extravían, ni pierden el rumbo, así advierten las y los grandes que sentencian a pesar de su ausencia física “seguirán teniendo Patria”.

Sus enemigos dicen que fue rey sin corona y que confundía la unidad con la unanimidad.