26/04/21
Recursos estratégicos nuestroamericanos. Naturaleza, poder e integración en el Siglo XXI
Por Ernesto Dufour

¿Por qué estratégicos y no “naturales” a secas? La respuesta al interrogante en el texto que sigue no elude el desarrollo histórico de nuestro continente signado por la explotación de los “recursos de la tierra” ante la posibilidad siempre latente -o bien, en pleno curso- de constituirnos en la actualidad en un “nuevo Potosí” bajo coordenadas globales reconfiguradas.

Este artículo comparte algunas reflexiones y premisas que conforman el marco teórico-conceptual del Portal centrado en la categoría de Recursos estratégicos. Dichas premisas -claro está- no se eligen al azar, desde una virtual “góndola de teorías” dentro del “hipermercado del saber académico”, sino que se desprenden -conflictiva y epistemológicamente- de los problemas reales que nos atraviesan y laceran, inherentes al proceso de transfiguración del orden mundial en curso.

Cuando hablamos de “recursos”, nos vienen en mente un conjunto de conceptos asociados o bien a la preservación ambiental o a la explotación económica estrechamente ligados tanto a la lógica ecológica como a la idea de desarrollo. Más recientemente, y de manera creciente, el concepto de recursos se asocia a determinaciones geopolíticas revigorizadas luego de su inducido ocaso a partir de la caída del muro de Berlín. Conceptos tales como commodities, recursos esenciales, bienes comunes, capital natural, recursos críticos, multicríticos, renovables/no renovables. Cada uno de ellos proviene de distintas vertientes teóricas e intelectuales que dan cuenta de diferentes aspectos, dimensiones e intereses involucrados que promueven modos de intervención territorial diferenciados. Dentro de esa constelación conceptual podemos identificar dos conceptos clásicos sobre los cuales orbitan los anteriores. El concepto de “materias primas” y el de “recursos naturales”.

El abordaje epistemológico aquí propuesto no obedece a cuestiones formales o de “elegancia conceptual”, sino a la necesidad de visualizar que por detrás -y a través- de cada terminología se expresan -y vehiculizan- un conjunto de implicancias ético-políticas y se despliegan determinados proyectos de poder.

Los conceptos no son neutros o asépticos al oficiar de marcos perceptivos que habilitan -u obturan- distintas modalidades y lógicas de intervención en el real-geográfico, allí donde toda la complejidad multidimensional (ambiental, productiva, socio-espacial, cultural, geopolítica) se condensa y fusiona. Los conceptos antes referidos -en tanto expresión eufemística de intereses concretos- son portadores no solo de concepciones acerca de la “Naturaleza” y su “sustentabilidad” sino además de proyectos de poder, siempre en busca de instrumentación político-juridica, viabilidad social y legitimidad cultural.

Por consiguiente, se torna necesario, a modo de precaución de método, problematizarlos con el fin de redefinir el estatuto conceptual de recursos desde una perspectiva nacional-latinoamericana, en el marco de una realidad planetaria dominada por corporaciones transnacionales, ahora en reconfiguración.

La emergencia de China como potencia mundial ¿constituye una oportunidad para conquistar márgenes de autonomía soberana de nuestros países frente a la tradicional dominación atlantista o bien una nueva sujeción a lógicas e intereses ajenos? No lo sabemos a ciencia cierta pero no partimos desde una tábula rasa. Disponemos de la experiencia histórica de quienes nos precedieron en la lucha contra la dominación (neo) colonial. Conflicto histórico irresuelto todavía vigente bajo nuevas coordenadas. “La política es -ante todo- la política internacional” decía Juan Domingo Perón al tiempo que “no se trata de cambiar de collar sino de dejar de ser perro”. Precisamente, en la Conferencia dictada el 11 de noviembre de 1953 en la Escuela Nacional de Defensa Perón alertaba: “(…) nosotros estamos amenazados a que un día los países superpoblados y súper industrializados, que no disponen de alimentos ni de materia prima, pero que tienen un extraordinario poder jueguen ese poder para despojarnos de los elementos de que nosotros disponemos en demasía con relación a nuestra población y a nuestras necesidades”.

La actual preocupación en el pasaje de un orden unipolar a otro multipolar, gira en torno al lugar que “le es otorgado” a nuestra región en este contexto dramático. Consecuentemente, impulsa la identificación de los campos críticos que requieren una respuesta política mancomunada ante la -todavía- notable disponibilidad de reservas energéticas, minerales, hídricas, alimenticias y de alta biodiversidad del espacio latinoamericano y caribeño, hoy como ayer, objetos de codicia por parte de intereses externos.

El aumento de la demanda mundial de “recursos de la tierra” se reaviva en el actual escenario con el ingreso masivo de personas, fundamentalmente de China como corolario de sus cuatro modernizaciones (Argumedo, 2018) y otros países asiáticos, a estándares de consumo occidental, el aumento de la productividad de conglomerados industriales y tecnológicos y el crecimiento demográfico planetario próximo a alcanzar los 7000 millones de habitantes. Factores que impactan -una vez más- de manera crucial en la valorización y apropiación de los recursos nuestroamericanos.

El contexto geopolítico en ciernes interpela fuertemente a los dos conceptos antes mencionados -materias primas y recursos naturales- que de igual modo que una frazada corta no alcanzan a cubrir la totalidad del cuerpo a la intemperie. Ambos conceptos tienden a estar relacionados casi exclusivamente al “mundo natural”, -que aparece como esfera ontológicamente diferenciada del mundo “propio de lo humano”- o bien, en el caso de materias primas, al papel utilitario dentro del circuito de circulación de la mercancía. De acuerdo a Escolar, Natenzon y Tsakoumagkos (1988) la utilización a-crítica y naturalizada de estos conceptos reproduce las falacias del discurso ecológico-ambiental -solo centrado en la esfera de lo natural- y del discurso economicista liberal que excluye las relaciones de fuerza que posibilitan la propia existencia del mercado capitalista.

Sintéticamente, el concepto de materia prima está ligado al discurso de la economía clásica que ya apareciera en Adam Smith y en el propio Marx. Dicho concepto lleva implícito la idea de naturaleza absoluta y, por tanto, ilimitada y fuente inagotable de recursos. Desde esa mirada, los componentes del mundo físico-natural aparecen como libre disposición para su aprovechamiento en los circuitos de generación de riqueza. En tanto que el concepto de recurso natural, surge al interior del pensamiento neoclásico. Ciertos componentes físico-naturales (tanto bióticos como a-bióticos) empiezan a concebirse en tanto “recurso” entendido como objeto resultante de la necesidad y la acción pertinente de recurrir a la naturaleza a partir de la escasez marginal o relativa de los mismos. Es la función inversa de la disponibilidad natural (Escolar at al, 1988: 183). Así, recurso natural toma cuerpo en el momento subjetivo de la teoría económica neoclásica aunque encuentra su justificación teórica en el discurso de las ciencias naturales (Escolar at al, 1988: 184). En suma, el concepto de materia prima tributa más a la economía clásica y es revivido por el discurso neoclásico bajo la forma de recurso natural.

El planteo coloca en el centro de la cuestión a la mentada relación Sociedad-Naturaleza que suele concebirse como dos esferas escindidas que, en tanto tal, establecen interacciones y otras posibles externalidades recíprocas. Una perspectiva dicotómica, tributaria tanto del materialismo dialéctico y el racionalismo como del constructivismo social. En definitiva, antes que “naturaleza” lo que le da sentido a la noción de recursos es la acción humana de “recurrir” siempre inserta en lógicas o cosmovisiones particulares dentro de un entramado de asimetrías de poder. En rigor, se trata de un único conjunto social-natural total que involucra geometrías de poder a diferentes escalas de intervención.

Abordar entonces el proceso de valorización de recursos incorporando solo el bagaje teórico de las ciencias naturales o bien del universo económico conlleva el riesgo de naturalizar los conflictos geopolíticos en torno a su apropiación. Se trataría, antes bien, de abordar las disputas de poder entre sujetos concretos (dotados cada uno de intereses, visiones y capacidades efectivas a diferentes escalas) a través de los componentes físico-naturales ya recurridos.

Dichos componentes naturales recurridos -e investidos- no se encuentran escindidos de manera compartimentalizada de los entornos geográficos circundantes, de toda la espacialidad (física, sociohistórica y cultural) en la que se implantan. Los espacios geográficos no son meros receptáculos de procesos ni se explican por sí mismos sino que se encuentran “cargados” de densidad histórica, ambiental y cultural al tiempo que son atravesados por determinaciones verticales de poder (por ejemplo, aquellas provenientes de las determinaciones globales que “emergen” a escala local).

Desde este horizonte de sentido, la valorización y apropiación de existencias naturales pueden entenderse como la cristalización de disputas de poder entre sujetos geopolíticos mediadas por estructuras espaciales las cuales son intrínsecas (no ajenas ni diferenciadas) al conflicto político y social contingente. Por tanto, los espacios geoestratégicos permiten dilucidar el interjuego y reconstituir la totalidad social-natural constitutiva a las relaciones de poder, siempre asimétricas, que se expresan a múltiples escalas.

Desde esta perspectiva, el espacio en sí mismo deviene agencia política en una concepción, por cierto, bien alejada de la geografía tradicional que asume a los espacios geográficos como meros soportes a-significantes sobre los que apenas se montan procesos definidos en otras esferas. Según Dikec (2005), el espacio no se vuelve político solo en virtud de estar lleno de poder o de intereses en conflicto. Se vuelve político “al convertirse en el lugar donde se puede abordar un error y se puede demostrar la igualdad” (Dikec, 2005). Esta definición es relevante en la medida que el espacio y las existencias materiales que contiene no solo constituyen un elemento definitorio de lo político, sino también una suerte de instancia totalizante de la [potencial] transformación del orden de dominación (Dikec, 2005).

El planteo hasta aquí desarrollado habilita establecer el estatuto ontológico de la naturaleza -y de sus nociones asociadas como medio ambiente, sustentabilidad, etc.- desde su radical politización en el contexto del capitalismo tecnofinanciero global -ahora en disputa por su comando a escala planetaria- y su lógica cultural. Su politización como su condición constitutiva. De la misma manera, no existe proyecto de poder sin proyecto territorial. Y no hay justicia social sin justicia espacial… y viceversa. Por eso, la tan promovida “desterritorialización” del Consenso de Washington constituye una falacia dado que no es tal, el espacio siempre está, ontológicamente hablando. En rigor, a toda “des” territorialización le corresponde una re-territorialización (Haesbaert, 2011-2014) bajo una nueva lógica de poder que subsume a la anterior.

De acuerdo a Swyngedouw (2011), no existe algo semejante a una Naturaleza prístina, externa a la lógica sociopolítica y su hegemonía cultural a partir de la cual pueda construirse una política ambiental que vise una planificación de corte tecnocrático, ambientalmente “límpida”, “respetuosa” o “equilibrada” de la dinámica ecológica como propone el orden post-político del neoliberalismo globalizado con sus nuevas formas de Gobernanza-más-allá-del-Estado, de corte autocrático por parte de corporaciones transnacionales, organismos internacionales y ONGs. Dado que toda planificación ambiental e intervención territorial implica una cierta “violencia” a las dinámicas bióticas y abióticas, no producidas históricamente, de carácter ineludible. El punto crucial a considerar entonces radica en dónde recae el poder de decisión de dicha recurrencia social. Es decir, los quién, qué, cómo, cuándo y dónde se implementan y distribuyen las consecuencias negativas y eventuales beneficios (económicos, ambientales, socioterritoriales) de la recurrencia a lo natural implícita en la apropiación de los componentes físico-naturales valorizados. Esto es, lógicas de poder que invisten determinados componentes naturales -y no otros igualmente disponibles- y que permiten dar sentido, por ejemplo, al intercambio de “espejitos de colores por oro” o concebir que “el oro vale más que el agua”.

En este punto es donde empieza a cobrar relevancia la dimensión estratégica como parte inescindible del estatuto conceptual de “recurso natural”. En rigor, ya no es concebido como tal sino como objeto social/natural total resultante del proceso de valoración y apropiación de existencias materiales, solo en principio no producidas históricamente, por parte de sujetos (geo) políticos concretos dotados de intereses, visiones y capacidades efectivas de intervención a diferentes escalas. Operativamente, la categoría recursos estratégicos resalta la preeminencia del conflicto social y político en la apropiación de atributos intrínsecamente naturales. En sentido amplio, esta denominación comprende, no solo el “producto” final del proceso de apropiación (ergo, los componentes físico-naturales extraídos/modificados/investidos/manipulados) sino todas las instancias intermedias necesarias para efectivizar dicha valorización, apropiación y puesta en circulación en el circuito productivo en el marco del despliegue de estrategias de poder. Un conglomerado complejo y traslapado de dispositivos socio-institucionales y existencias materiales con “valor de uso” de carácter científico, tecno-comunicacional, simbólico-ideacional, político-regulatorio, económico-financiero- judicial-logístico, entre otros, cuya eventual participación activa permite realizar, facilitar, orientar o potencialmente obturar tales apropiaciones.

En sintonía con este planteo, Bruno Fornillo (2014) propone asumir una noción más abarcativa e integral a partir del concepto de recursos naturales estratégicos. Afirma que un recurso natural, para que sea estratégico, debe responder a las siguientes condiciones relativas a su valor de uso, por sí mismas suficientes: a) ser clave en el funcionamiento del modo de producción capitalista; y/o b) ser clave para el mantenimiento de la hegemonía regional y mundial; y/o c) ser clave para el despliegue de una economía verde o de posdesarrollo; y a las siguientes condiciones relativas a su disponibilidad o existencia, de por sí necesarias: a) ser escaso –o relativamente escaso–; b) ser insustituible –o difícilmente sustituible–; c) estar desigualmente distribuido. Además, un recurso estratégico impone necesariamente un protocolo de investigación-acción acerca de su situación actual y su proyección a futuro.

Desde este horizonte se desprenden las siguientes preguntas orientadoras: ¿dónde se encuentra? ¿Porqué y para quien es estratégico? La respuesta no remite a una mera localización del recurso en un plano de coordenadas ni a una caracterización general de los actores interesados sino a la reconstrucción de toda la complejidad (geo) política y socio-territorial allí sedimentada y las modalidades de intervención de los actores involucrados a diferentes escalas.

Luego de cinco siglos de orden colonial y semicolonial, la condición periférica, fundante de nuestra región tanto como su voluntad emancipatoria, mantiene plena vigencia. La misma no se cristaliza únicamente en la esfera de la economía, la político-institucional o en el plano cultural y pedagógico sino -además- se “hace cuerpo” en los espacios y territorios donde discurre la vida cotidiana de nuestros pueblos. En definitiva, los espacios geográficos con sus disponibilidades materiales, simbólicas y naturales son –o pueden devenir en- espacios existenciales. Devienen, de hecho, en ámbitos de lucha emancipatoria y resistencia política en sí mismos ante el avance implacable de la “commoditización” de la vida.

Para el tecnocapitalismo globalizado -ora anglosajón ora chino- el control de los recursos mineros, energéticos, marítimos y agrícolas de nuestra región resulta un elemento nodal para su consolidación y/o reproducción. El orden de poder a escala planetaria fija las condiciones para la reprimarización de la estructura económica latinoamericana promoviendo el desarrollo de enclaves y corredores exportadores para satisfacer la demanda de mercados de consumo que aprovechan al máximo (léase, rapazmente) las disponibilidades naturales y societales que nuestros países ofrecen muchas veces en detrimento de los propios intereses nacionales. “Todo está permitido para los latinoamericanos menos dejar de ser extractivistas”, reza la máxima no escrita que rememora aquella otra sentencia de Lord Ponsonby en el siglo XIX, “dadme el control del comercio exterior y no me importa quien gobierne”. Que bien podría complementarse con la que sigue: “Dadme el control de los recursos y no me importa quien gobierne”.

He aquí un campo crítico de acción mancomunada -el control soberano de los espacios geoestratégicos- dado que ya ningún desafío se define a escala de las patrias chicas ante un, cada vez más urgente y necesario, relanzamiento de la integración continental bajo nuevas coordenadas vitales. Una integración regional de nuevo cuño una vez agotados los giros economicista, institucionalista y constructivista de los intentos integracionistas ensayados desde principios de siglo inspirados, las más de las veces, en la experiencia europea de integración antes que en los propios problemas de nuestra región, emanados de nuestra condición periférica aún irresuelta. El Portal Geopolítica de los recursos estratégicos aspira a constituirse en una herramienta fecunda para imaginar y bregar por otra integración.

* Licenciado en Geografía por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Docente- investigador del Observatorio Malvinas de la Universidad Nacional de Lanús (OM-UNLa) y el Centro de Estudios de Investigación Latinoamericana “Manuel Ugarte” (CEIL-UNLa).

Lecturas sugeridas:

– Argumedo, A. (2018). China se reinventó en 40 años y ahora planea regresar al socialismo. En Revista Nación trabajadora. Disponible en: https://lanaciontrabajadora.com/ensayo/argumedo-china/

– Dikec, M. (2005). Espacio, política y política Medio ambiente y planificación D: Society and Space, 23 (2) pp. 171-188.

– Escolar, M. Natenzon, C.; y Tsakoumagkos, P. (1988). «Algunos límites ideológicos, económicos y conceptuales del discurso ecológico ambiental», En Aportes para el Estudio del Espacio Socioeconómico 11. L.Yanes y A.M.Liberali, compiladores. Buenos Aires, El Coloquio (11. Algunos elementos críticos sobre las nociones de «recursos naturales» y «materias primas»: 182-201).

– Fornillo, B. (2014) ¿Commodities, bienes comunes o recursos estratégicos? La importancia de un nombre. Revista Nueva Sociedad, No 252, Buenos Aires, julio-agosto de 2014.

– Fornillo, B. (2014) “La idea de Recursos Naturales en Sudamérica. Notas de trabajo”. En América Latina hoy. p. 31 – 45. Imago Mundi.

– Haesbaert, R. (2011). El mito de la desterritorialización. México, Siglo XXI.

– ——————-. (2013). Del mito de la desterritorialización a la multiterritorialidad. En Cultura y representaciones sociales, 8(15), 9-42.

– Moraes, A. (1987) Bases epistemológicas de la cuestión ambiental: el método. En: 11° Seminario Nacional sobre Universidad y Medio Ambiente. Secretaría Especial de Medio Ambiente/ Universidad Federal do Pará. Belém, noviembre de 1987.

– Perón, J. (1953) Conferencia en la Escuela Nacional de Guerra. Disponible en: file:///C:/Users/vanes/Downloads/70009-Texto%20del%20art%C3%ADculo-4564456589253-1-10-20200615.pdf

– Swyngedow, E. (2011). “¡La naturaleza no existe! La sostenibilidad como síntoma de una planificación despolitizada”. En Urban N° 1. Departamento de Urbanística y Ordenación del Territorio, Universidad Politécnica de Madrid. pp. 41-66.

– Urteaga L. (1999) “Sobre la noción de recurso natural”. En: Scripta Vetera. Universidad de Barcelona págs. (441-454).

Fuente:
Allá Ité

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