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15/06/21
Cuentas verídicas: la experiencia de Nicaragua
Por Stephen Sefton

Los esfuerzos por describir el periodismo como si alguna vez hubiera existido en la forma idealizada de sus propagandistas son cada vez más ridículos. El periodismo, como la contabilidad, no es más que otra subcategoría de la actividad de reportaje. Al igual que la contabilidad y otras actividades informativas, el trabajo de reportaje periodístico puede ser buena o mala, excepcional o mediocre, honesta o criminal. Una de las fábulas más insidiosas que se cuenta en el Occidente es que las sociedades europeas y norteamericanas promueven la libertad de expresión y priorizan la información honesta. Sin embargo, países desde Libia, Irán y Siria hasta Cuba, Nicaragua y Venezuela ofrecen ejemplos innegables de lo absurda que es esa ficción.

Una anécdota personal relacionada con Nicaragua resume la realidad de cómo se maneja la información en Occidente. Recientemente, pregunté a un periodista extranjero de mucha trayectoria, que ha cubierto América Latina durante varias décadas, principalmente para medios de comunicación europeos, si podría estar disponible para entrevistar a un conocido sandinista en Nicaragua sobre las elecciones de este año. Este periodista contestó que le gustaría, pero que no podía porque los medios de comunicación con los que trabaja no quieren informar sobre Nicaragua dando lo que esta persona consideraba una visión justa y leal de los acontecimientos aquí. Lo que implica esto es a la vez muy siniestra y también notablemente común y corriente.

Por un lado, para poder trabajar con prácticamente cualquier medio de comunicación, los reporteros generalmente tienen que aceptar la política editorial y la tendencia ideológica del medio y cumplir con ellas. En ningún lugar del mundo esto es inusual. Pero llevada a otro nivel, esta realidad puede ser muy siniestra porque significa que informar honestamente sobre, en este caso, Nicaragua, pero podría ser Siria o cualquier país atacado por Estados Unidos y sus aliados, está sujeto a una abrupta y brutal represión profesional, económica y social. No sólo cualquier periodista profesional decidido a informar honestamente sobre países como Nicaragua se arriesga a perder trabajo. El efecto secundario es que puede acabar condenado al ostracismo por parte de sus colegas, que no están dispuestos a contaminarse por asociación, arriesgando así su propio estatus dentro de sus respectivas redes de apoyo.

Tampoco tiene sentido pretender que se trate de un mero efecto amedrentador aislado sin implicaciones más allá de unos pocos medios de comunicación. El poder político corporativo en Norteamérica y Europa asfixia la vida pública. Lo estrangula de una forma tan completa que es prácticamente un suicidio económico y social para las personas en cualquier tipo de trabajo informativo cruzar los límites establecidos por las dos variedades dominantes del fascismo occidental. Ni el fascismo neoliberal de los políticos de derecha como Donald Trump o Boris Johnson ni el fascismo neoliberal de políticos más socialdemócratas como Hillary Clinton o Angela Merkel tolera la disidencia. Todo se subordina al matrimonio del poder corporativo y político y a los imperativos que esa unión engendra.

Salir de la protección de las respectivas y amplias redes políticas mafiosas que esos sabores del fascismo fomentan, garantiza precariedad económica, aislamiento social y, en casos extremos como el de Julian Assange entre muchos otros, la persecución penal. Esto es más evidente para los periodistas de los medios de comunicación y las personas que trabajan en las ONG occidentales o en las principales instituciones internacionales con sede en países del Occidente. Pero también es cierto para los investigadores científicos, los economistas y otros profesionales de las finanzas, los académicos de todo tipo, cualquiera que produce reportajes los cuales toca de una manera u otra a los intereses de las élites corporativas y las políticas que favorecen, incluyendo la política exterior de sus respectivos países. Más que nunca, el ethos es un ultimátum «o estás con nosotros o contra nosotros» o, en su versión gansteril aún más abierta, «haz lo que queremos, o ya verás…»

Así, la información se supedita deliberadamente a una filiación política muy amplia, pero generalmente no abiertamente reconocida. En Estados Unidos, los medios de comunicación alineados con el partido Demócrata, como la National Public Radio, el Public Broadcasting System, el New York Times, el Washington Post, la CNN, la MSNBC y la plétora de medios similares, y más aún sus opuestos alineados con el partido Republicano, nunca informarán de una manera veraz sobre Nicaragua o cualquier otro país que se resista a los deseos del gobierno de Estados Unidos y la Unión Europea. Tampoco lo harán sus homólogos en Europa, como la BBC, The Guardian, El País, Deutsche Welle, Le Monde, el Irish Times o cualquier otro medio de comunicación europeo de similar inmerecido prestigio. Los reportajes sobre asuntos exteriores de todos esos medios consisten, por lo general, en una descarada propaganda en apoyo a la política exterior de los Estados Unidos y sus países aliados.

Lo mismo ocurre con las fuentes informativas que alimentan estos medios. En el ámbito de los derechos humanos, Amnistía Internacional, la Federación Internacional de Derechos Humanos y Human Rights Watch, por ejemplo, sesgan innegablemente sus informes para atacar los países agredidos por los gobiernos de Estados Unidos y de la Unión Europea y, en consecuencia, restan importancia a los abusos de los países aliados de Estados Unidos y de la UE. Esto queda claro en cualquier comparación justa entre lo que estas ONGs informan sobre las violentas guarimbas en Venezuela o sobre Nicaragua durante el violento intento fallido de golpe de Estado de 2018 y sus informes sobre los horrorosos abusos y violaciones por las autoridades colombianas de vieja data y ahora contra las legítimas protestas masivas que siguen en ese país.

Lo extraordinario del caso de Nicaragua es la facilidad con que incluso algunos medios de información autodenominados antiimperialistas imitan la cobertura agresiva de sus homólogos en los principales medios corporativos internacionales. Ha sido instructivo la experiencia de los escritores que nos oponemos a los esfuerzos de los gobiernos de Estados Unidos y de la Unión Europea por derrocar el gobierno democráticamente elegido de Nicaragua. No importa el cuidado con el que se presenten los hechos ni el rigor con el que los argumentos refieran a fuentes de mucha credibilidad, el consenso general, incluso entre muchos medios de comunicación autodenominados progresistas, tanto en inglés como en español, es de rechazar de plano cualquier reportaje que ofrece una visión verdadera y bien soportada de los acontecimientos en Nicaragua. En realidad, estos medios que se autodenominan antiimperialistas apoyan la agresiva política imperialista de Estados Unidos y sus aliados.

Una forma de contrarrestar esta cultura de falsedad absurda es publicar entrevistas de primera mano con nicaragüenses a nivel de base que den testimonio de sus propias experiencias, vidas y opiniones. Este tipo de testimonio genuino son fácilmente verificables, se dan libremente y están arraigados en la realidad personal y cotidiana. Es material que contrasta enormemente con los falsos testimonios confeccionados bajo soborno y coacción, tan típicos de los relatos presentados en los medios de comunicación de la oposición política en Nicaragua y las organizaciones no gubernamentales afines, prácticamente todos ellos financiados por el gobierno de Estados Unidos y las corporaciones que financian las organizaciones sin ánimo de lucro de ese país. Esto es así no sólo en el caso de Nicaragua, sino también en el de Siria, Cuba, Venezuela, Irán, o cualquier otro país bajo ataque económico, diplomático y de guerra psicológica por parte de los Estados Unidos y sus aliados.

La mayoría de los escritores que se solidarizan con la Revolución Sandinista de Nicaragua escribimos porque amamos a Nicaragua y a su pueblo y rechazamos por completo los esfuerzos de los gobiernos de Estados Unidos y de la Unión Europea, dominadas por los intereses de las grandes corporaciones internacionales, por derrocar a su exitoso gobierno socialista. Nadie nos paga por escribir en defensa del derecho a la autodeterminación de Nicaragua. Lo hacemos porque los ataques de EEUU y sus aliados contra Nicaragua son ilegales e injustos. Siendo de verdad independientes, nadie puede intimidarnos con alguna amenaza implícita del desempleo y la pobreza. Escribimos por convicción basada en una investigación diligente y en testimonios irrefutables.

Por contraste, la información que predomina sobre Nicaragua es elaborado por periodistas de medios corporativos, por ONGs financiadas por las grandes corporaciones y por burócratas de las instituciones internacionales financiadas por gobiernos occidentales. Todas y todos trabajan bajo un sistema despiadado de intimidación y censura efectiva. Nunca corroboran sus informes con fuentes realmente independientes y omiten sistemáticamente los hechos que contradicen sus reportajes. Reciclan permanentemente los informes falsos de las ONGs y medios nicaragüenses que simpatizan con la oposición política del país y que son financiadas directa o indirectamente por los gobiernos de Estados Unidos y de la Unión Europea. Sin embargo, de una manera muy cínica, los medios occidentales las describen como fuentes independientes.  Los reportajes occidentales sobre Nicaragua confirman que en Norteamérica y Europa prácticamente no existen medios de comunicación verdaderamente independientes y tampoco una cultura genuina de la libertad de expresión.

Fuente:
TeleSUR
Etiquetas: Fake news | Periodismo

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