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01/10/22
Temas: Música
Regiones: Uruguay
Pablo Estramín en el recuerdo. Una historia nunca contada

Pablo Estramín, quien partió prematuramente cuando apenas contaba 47 años de edad, se ha destacado como un artista comprometido con su tiempo y con la generación de hechos que condujeran al establecimiento de una sociedad libre en donde la justicia social no quedase en la mera formulación teórica.

Como un hombre íntegro y siempre solidario, ha dejado una huella realmente profunda en la sociedad en la cual transcurrió su existencia.

Ya hemos señalado que ha sido uno de los cantautores más queridos y respetados por la gente y por sus propios colegas. También hemos afirmado en más de una oportunidad que su producción artística está indisolublemente ligada a su modo de ser. Los textos de sus canciones elaborados con palabras sencillas, de fácil comprensión, han calado hondo en eso que denominamos la memoria colectiva. Tal es el caso, por citar tan solo algunos ejemplos, de: “Se verá que pasará”, “De adolescentes”, “Navega mi corazón”, “Estamos acostumbrados”, “De los abuelos”, “Cuando llora la esperanza”, “Morir en la capital”, “Son como son”, “La vida de Magdalena”, “Lo nuestro” o “Escribo y canto”.

Su firme personalidad aquilatada en alegrías y dolores, en decepciones y logros, ha sido su mayor carta de triunfo en su corto, pero fructífero tránsito por la vida. A la calidad artística sumó, entonces, una coherencia humana sin dobleces. Eso, vaya logro, es la mayor recompensa que cualquier artista puede cosechar.

Sus fonogramas tienen una notable difusión y arraigo popular. Ellos son “Cantacaminos”, grabado junto a Juan José de De Mello y el dúo Larbanos/Carrero, “Pablo Estramín” (Sondor),

“Se verá que pasará” (Orfeo), “Estamos acostumbrados” (Orfeo), “Morir en la capital” (Orfeo), “Lo mejor de Pablo Estramín” (Orfeo), “La Campana” (Orfeo), “Canciones de mis amigos” (Orfeo), “Disco de Oro” (EMI), “De mis amores” (Sondor) “Gardel posta posta” (Obligado) grabado junto a Vera Sienra y Pepe Guerra. Luego llegó su último trabajo titulado “Trozos de Luna”.

A principios de los años ochenta, como un cronista fiel y comprometido, Estramín comenzó interpretando y componiendo canciones donde prevalecía la raíz folclórica-telúrica, canciones comprometidas con el amor, los trabajadores, con la lucha contra los regímenes políticos autoritarios.

Considerado uno de los cantores populares más importantes de nuestro país, durante años se ha presentado ante el público con distintas formaciones instrumentales.

Estramín dejó este mundo cuando aún tenía mucho por decir. Sus trabajos discográficos son ineludibles, un muestrario imprescindible a la hora de elaborar una síntesis del cancionero popular uruguayo. Percibir su talento, su compromiso y la sensibilidad con que ha llevado adelante su proyecto cancionístico es siempre un placer. Su permanente búsqueda de formas de expresión del alma, le ha permitido desmarcarse de sus pares con un inconfundible estilo propio.

Una historia sin narrar

Cierta vez en el Festival del Reencuentro, a Orillas del Olimar, que se realiza cada año en un predio ubicado a la entrada de la ciudad de Treinta y Tres, junto al río del mismo nombre, ya entrada la madrugada y tras la actuación de Pablo en el cierre de esa jornada, una humilde mujer acompañada por su pequeña hija de unos ocho años de edad, pugnaba por acercarse al cantor rodeado de gente que le solicitaba autógrafos. La señora contó que su hija afectada por una leve discapacidad quería cumplir su sueño y ese sueño era darle un beso al cantor que escuchaba todos los días en un viejo reproductor de casetes.

Pablo alzó en sus brazos a la pequeña y conversó con ella. Luego de unos minutos, mostrando su emoción y alegría, madre e hija envueltas en la noche partieron hacia su domicilio. El sueño de la niña se había hecho realidad, se había cumplido.

Un par de horas más tarde y luego de cargar los instrumentos y con toda la banda a bordo del micro para retornar a Montevideo, de pronto Pablo le dijo al conductor que tomase un desvío y que se detuviera frente a una modesta vivienda. Estaba buscando igual que su canción, igual que su corazón, la puerta o el puerto donde la gente construye, donde las manos tienen siempre un apretón, un puerto de las mañanas de la esperanza y de la fe, ya que al puerto de los olvidos, al puerto del desamor, al puerto de la injusticia, a esos puertos, y al puerto de los indiferentes, Pablo ha dicho, a esos puertos yo no voy.

Descendió del bus y llamó golpeando las palmas de sus manos. Tras un par de minutos de silencio en que solo se escuchaba el canto de los grillos y el ladrido de algún perro, la puerta se abrió mostrando sorprendidos a la señora, su esposo y su hija. Abrazos, emoción y la promesa de retornar el año próximo. Pablo en su esencia, navegando con su canto y siempre presente buscando el puerto donde nos podamos encontrar.

Y esta historia no termina aquí. Contaré ahora algo que Pablo no quiso que se supiera: Esa noche en esa sorpresiva visita y con absoluto respeto y discreción, el cantor montevideano que había cobrado su cachet un rato antes, lo dejó íntegro a esa humilde y digna familia olimareña.

“Hay una voz que viene de muy adentro, una voz que me dice que hable de ellos. Escribe y canta lo que estás viendo, escribe y canta, canta por ellos. Canto por ellos, por los humildes, por los sin techo, por los que nunca tienen derechos y por las madres que aprietan fuerte entre los brazos hijos hambrientos” (Escribo y canto, Pablo Estramín).

Fuente:
La Red 21

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