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12/05/22
Regiones: Cuba
Por qué la biotecnología no debe ser excepción
Por Agustín Lage Dávila

En los días cercanos al éxito de las vacunas cubanas en el control de la COVID-19, y al reconocimiento que recibimos todos los trabajadores de BioCubaFarma al ser escogidos para abrir el desfile del Primero de mayo, se discutió mucho, y en muchos escenarios, sobre el rol de la ciencia en el proyecto social socialista cubano, y en especial en la economía.

La mayoría de esos comentarios, en los medios, en las reuniones y en la calle, han sido elogiosos sobre lo que han hecho y hacen los científicos y las instituciones científicas cubanas, y en especial los de BioCubaFarma.

Generan en nosotros agradecimiento y compromiso. Y decimos con humildad, como dice una vieja canción de Carlos Puebla: “Soy del pueblo, pueblo soy, y a donde me lleve el pueblo, voy…”.

Hay que reconocer que esa visión que tienen el pueblo y su Gobierno sobre la biotecnología cubana mueve también el pequeño componente de vanidad que, como seres humanos, todos tenemos.

Pero esa visión contiene también su porcentaje de error, pues si vemos el desarrollo de la biotecnología cubana como una experiencia puramente científica dependiente de científicos brillantes y dedicados, nos equivocamos y nos perdemos la parte más interesante de la historia, porque el despegue del sector biotecnológico en Cuba no es esencialmente una experiencia científica: es una experiencia de conexión de la ciencia con la producción y con la economía, y eso es algo muy diferente.

Cuando surgió en Cuba el sector de la biotecnología en los años ochenta, bajo la conducción muy directa y sistemática de Fidel, es cierto que se partió de grupos científicos preexistentes mayoritariamente en el sector presupuestado, pero esos grupos se transformaron y la transformación consistió esencialmente en que:

  1. Se crearon instituciones nuevas. Primero, fueron unidades de tratamiento especial, y luego “empresas”.
  2. Esas instituciones recibieron una atención directa de la máxima dirección del país. No se dejaron a merced de los mecanismos que estaban establecidos desde antes para atención a las empresas.
  3. Se asignó un financiamiento diferenciado, protegiendo así a las nuevas instituciones en la inevitable fase de ensayo y maduración.
  4. Las instituciones surgieron con el concepto de “ciclo completo”, es decir, con capacidades de investigación científica, de producción y de comercialización de sus productos, en la misma organización.
  5. La mayoría de las nuevas instituciones, incluso antes de ser formalmente empresas, recibieron atribuciones (y obligaciones) de exportación directa, cada una con su entidad comercial.
  6. Las atribuciones de negociación internacional incluyeron la “negociación de intangibles”, es decir, negociar licencias sobre proyectos que todavía no habían generado productos tangibles comercializables.
  7. Se mantuvo, a pesar de las restricciones financieras, un importante nivel de inversión en investigación-desarrollo, discutido caso a caso y año por año.
  8. Se promovieron conexiones científicas internacionales, incluyendo despliegue de empresas mixtas en el exterior.
  9. Se seleccionaron cuidadosamente los cuadros a poner al frente de cada nueva organización: jóvenes, revolucionarios, dispuestos a la consagración al trabajo, comprometidos con Cuba y con el socialismo, y técnicamente competentes.
  10. Muchos cuadros y especialistas fueron puestos en contacto con experiencias de desarrollo científico, tecnológico y empresarial en otros países.

Si leen ustedes otra vez los puntos del 1 al 10, verán que la palabra “biotecnología” no se menciona ni una vez. Es que las innovaciones principales fueron gerenciales.

Si vemos los productos de la biotecnología cubana como frutos de científicos excepcionales  (que los hay, los conozco y los admiro), podríamos premiarlos, pero entonces la historia no sería replicable, sino que sería excepción, casi que por definición.

Pero si comprendemos que las innovaciones principales estuvieron en el campo de la gestión empresarial, entonces estaríamos ante una historia repetible.

Nada impide que hagamos algo similar en la informática, la electrónica, las nanotecnologías, los nuevos materiales, la producción y almacenamiento de energía, la automatización, la robótica, la inteligencia artificial, el procesamiento masivo de datos, la manufactura aditiva (impresión 3D), la producción de alimentos y otros tantos campos de la economía del conocimiento, donde necesitamos acciones de reindustrialización basadas en la ciencia y conectadas con la economía mundial.

El desarrollo económico implica producción industrial, y el socialismo requiere desarrollo económico, pero no tenemos tiempo histórico para reconstruir el camino de la industrialización tradicional. Hay que acceder directamente a la economía basada en el conocimiento y a las tecnologías de la industrialización avanzada (la llamada “cuarta revolución industrial”). Y en un país de nuestras dimensiones, eso significa también una economía insertada en la economía mundial, por canales múltiples y distribuidos.

En el sector de la biotecnología se logró, y se hizo rápido, pero el valor de esa experiencia no depende solamente de que siga siendo exitosa, ni siquiera de que crezca más en sus exportaciones, sino fundamentalmente de que sea reproducible en otros sectores de nuestra economía.

La construcción de conocimiento (eso es lo que hacen los científicos) es esencial, pero también lo es la conexión del conocimiento con los sistemas productivos, y los científicos tenemos que asumir esa tarea también. No solo como “asesores”, sino también como participantes.

De nuestro sistema de ciencia, tecnología e innovación tendrán que emerger empresas nuevas. Nuestros científicos y nuestros empresarios tendrán que crearlas juntos.

José Martí ya nos había dicho esto desde el siglo XIX: “La razón, si quiere guiar, tiene que entrar en la caballería”.

Fuente:
Cubadebate

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