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16/07/23
Temas: Derecha
Regiones: Venezuela
¿Por qué no se debe subestimar la amenaza que personaliza María Corina Machado?
Por Clodovaldo Hernandez

A un enemiga como María Corina Machado (en este caso no vale el suavizante «adversaria» o «contrincante»; es una enemiga, según sus propias y reiteradas declaraciones) es mejor incluso sobreestimarla que subestimarla.  

El comentario, seguramente, lucirá fuera de lugar para mucha gente, pero es casi un deber advertirlo, al margen de las bromas merecidas sobre su traje estilo Cruella de Vil y su negativa a “agarrarse de las manos con la chusma” de los otros candidatos.

El pecado de la subestimación ha sido hasta ahora característico de nuestra oposición (es nuestra, nadie nos la puede quitar) y le ha dado, por cierto, muy malos resultados, al menos en lo que se refiere a su empeño de acabar con el proceso revolucionario. Así pues, sería triste y trágico que de este lado se incurriera en el mismo error. 
Considerémosla, entonces, como una enemiga muy peligrosa, con los siguientes argumentos.  
El respaldo del poder hegemónico
Ella tiene el apoyo del poder imperial; de todas las fuerzas de la derecha mundial; del uribismo paraco; de la rancia oligarquía a la que pertenece; de la corporatocracia global a la que le ha ofrecido al país entero, con todo y gente; de los organismos financieros multilaterales; de la servil burocracia diplomática enquistada en los organismos internacionales; de la jerarquía católica (tanto la clásica como la que posa de progresista); de las falsas ONG financiadas por los poderes anteriores; y de la maquinaria mediática planetaria. No son conchas de ajo. 
 
Se podrá decir que esa conjunción de malévolas fuerzas siempre ha acompañado a los dirigentes opositores cuando han sido candidatos o cuando han intentado apoderarse del Estado venezolano por rutas inconstitucionales. Es cierto, pero en esta oportunidad hay elementos adicionales que se deben meter en la ecuación. 

El cuadro general descrito vale para cualquier candidatura de la oposición. No es algo exclusivo de Machado, pero es claro que ella podría capitalizarlo mejor que otros. ¿Por qué? Intentemos descifrarlo. 
El clima de posguerra (o de plena guerra)
El primer punto diferenciador es que la de 2024 será una contienda presidencial luego de ocho años de medidas coercitivas unilaterales, si es que queremos ubicar el comienzo de estas en el decreto del afroblanqueado Barack Obama, en 2015. 
 
De esos ocho años, hubo cinco (entre 2016 y 2020) que transcurrieron con el sabotaje permanente y sistemático del Poder Legislativo; y al menos tres (2019-2021) cargando con el lastre del supuesto gobierno encargado, con todos los gravísimos daños que esa maniobra política causó a la economía nacional, a la cohesión social y a la unidad familiar. 
 
En rigor, Venezuela va a elecciones presidenciales como un país que ha atravesado por una guerra muy sucia o, mejor dicho, que está aún en medio de ella. Y numerosos estudios sobre el comportamiento electoral de los pueblos indican que ese tipo de climas es terreno abonado para las opciones autoritarias e ilusionistas de la ultraderecha. 
De hecho, ya la oposición venezolana logró una victoria contundente, en las parlamentarias de 2015, tras someter al país a una inmisericorde guerra económica interna, con un molde parecido al que trituró la economía de Chile para derrocar al gobierno de Salvador Allende. 
Se puede oponer la objeción de que ya pasamos por una elección presidencial así, incluso en un momento comparativamente peor, como fue 2018. Admitido, pero téngase en cuenta un detalle nada menor: en esa oportunidad, la oposición –siguiendo instrucciones de los bosses gringos- recurrió a su viejo y muy fracasado truco de boicotear los comicios. Perdió por forfeit. 

A la competencia de 2024, el gobierno llega entonces con seis años más de desgaste, algo que les pasa a todos los gobiernos, si a ver vamos. Pero se trata de un desgaste reforzado por el bloqueo y las medidas coercitivas unilaterales que han causado, según lo planificado (y reconocido) por sus autores, toda clase de sufrimientos y calamidades al pueblo en general. 
Aunque una parte importante de la colectividad nacional entienda que la dirigencia opositora es la responsable del gravísimo deterioro sufrido por la economía nacional, es bastante probable que el grueso del voto castigo se dirija contra el gobierno. Así fue planificado y de esa manera se ha cumplido en otros países en los que el poder imperial ha puesto a ganar a sus favoritos haciendo que los pueblos pasen por auténticos calvarios. A eso es lo que ellos llaman “elecciones libres”. 
Agreguemos que el gobierno del presidente Nicolás Maduro arribará a esa cita electoral con la rémora de grandes casos de corrupción cometidos por funcionarios de altísimo nivel dentro del zigurat de la Revolución. Esas tramas le han restado contundencia a los argumentos en contra de las medidas coercitivas unilaterales y el bloqueo. 
[Por supuesto, que la influencia de este factor en 2024 dependerá del rumbo que tomen los procesos judiciales contra los responsables. Si son castigados severamente, serán puntos a favor del gobierno; si escapan de la sanción, puntos en contra y por partida doble. Pero ese es no es el ángulo del análisis de hoy]. 
Ojo con el discurso
El discurso de Machado es troglodita y engañoso. Ella, de paso, no transmite sinceridad, luce bastante falsa. Pero, ojo, es el mismo discurso que la ultraderecha está produciendo en serie para todo el mundo. Y ya ha tenido mucho éxito en diversos países, sobre todo cuando lo pronuncian líderes antipáticos y odiosos. Por alguna razón, personajes como el estadounidense Donald Trump, el brasileño Jair Bolsonaro, los españoles Santiago Abascal e Isabel Díaz Ayuso, el argentino Javier Milei y el francés Eric Zemmour gozan de mucha popularidad siendo dirigentes raigalmente antipopulares, supremacistas, racistas, xenófobos y, en suma, malas personas. 

Fuente:
Portal Alba

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