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13/12/21
Regiones: Argentina
El diálogo entre Cristina Kirchner, Alberto Fernández y la multitud de Plaza de Mayo
Por Luis Bruschtein

La Plaza se convirtió esta vez en una especie de bisagra entre la epidemia y el nuevo ciclo que se abre en la política y el cierre en un virtual diálogo de tres: la multitud, que sobrepasó la de los actos anteriores, Cristina Kirchner, que mantiene su carisma político y el presidente Alberto Fernández que encabeza el gobierno.

Una multitud que celebra la democracia, celebra también los derechos humanos. No existen en forma separada. Decirse democrático y al mismo tiempo calificar de curro a los derechos humanos es una contradicción insalvable en Argentina. Porque en los 38 años de democracia que se cumplieron este viernes, los derechos humanos han sido protagonistas en casi todos los terrenos. Cuando se avanzó en ese sentido, se abrieron puertas para la ampliación de derechos y para progresos en lo social y económico. Por eso, la coincidencia en el 10 de diciembre del 73 aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y de los 38 años de democracia en Argentina, más que una casualidad tiene una carga simbólica que es la marca indeleble del período democrático más largo en la historia independiente de este país.

Este aniversario, que durante los cuatro años del macrismo había pasado casi desapercibido, se produce en un contexto borrascoso en el mundo y en el país, en un resurgimiento pospandémico accidentado, con economías golpeadas, grandes desigualdades y el resurgimiento de fuerzas ultraconservadoras.

Al hacer entrega de los premios Azucena Villaflor, el mismo Presidente describió a la democracia como “asediada por corrientes y fuerzas políticas autoritarias” y frente a ese escenario reivindicó la importancia de la unidad de los sectores populares.

A nivel internacional, poco antes del acto, el presidente Alberto Fernández habló en la Cumbre de la Democracia, una conferencia organizada por el hegemonismo mundial norteamericano. Sin embargo, en un foro tan tendenciado, el presidente argentino advirtió que la democracia no se impone, cuestionó que no se haya invitado a países como Bolivia y defendió el derecho a la autodeterminación de los pueblos.

No dejó de ser polémica la participación argentina en una reunión destinada a consolidar el hegemonismo norteamericano, con poca relación con el pretendido título de Democrática. Esta participación se produjo a partir de una invitación especial del presidente norteamericano Joe Biden, cuya influencia sobre el FMI es decisiva en la negociación que lleva el gobierno por la deuda que dejó Mauricio Macri.

Cuando empieza a despejarse el horizonte para la acción política que había encorsetado la pandemia, el gobierno enfrenta numerosos desafíos, parecidos a los que tenía en 2019, pero agudizados por el año y medio de epidemia, que todavía da coletazos. La actividad económica repuntó rápidamente, en una de las reacciones más altas de la región y del mundo, pero con altos niveles de inflación y de pobreza.

Y en el plano de los derechos humanos, los gobiernos macristas dejaron un Poder Judicial enchastrado por el lawfare, por la mesa judicial macrista y por la utilización de sectores de la justicia para perseguir judicialmente a los opositores del macrismo. En el acto del jueves en la iglesia de la Santa Cruz, hubo un reclamo por la libertad de Milagro Sala. El proceso que llevó a la cárcel a la dirigente social en Jujuy ha sido uno de los más turbios y arbitrarios.

La respuesta presidencial al señalar que no tiene todos los resortes institucionales para resolver estas situaciones que se desarrollan en un Poder independiente, es cierta, pero no alcanza para disipar el malestar y las críticas a una situación injusta. La confusión que crearon los medios hegemónicos con Milagro Sala fue aclarada ayer cuando la prisionera del gobernador Gerardo Morales afirmó que se mantiene en contacto con el Presidente, quien se comunicó con ella para interesarse por la salud de su marido. “Tenemos que defender este gobierno nacional y popular” afirmó Milagro Sala y disipó cualquier duda.

La presencia de Lula y Pepe Mujica en el escenario, junto a Cristina Kirchner y Alberto Fernández y la impresionante multitud que colmó la Plaza y sus inmediaciones convirtió a la convocatoria en un formidable espectáculo de la política. Lula y Mujica, sorprendidos y emocionados por la popularidad que tienen en el país. Y el diálogo entre Cristina Kirchner y Alberto Fernández, que se desplegó con fuertes respaldos y observaciones sobre la negociación con el Fondo.

Cristina Kirchner historió los condicionamientos que impuso el Fondo a los gobiernos de Raúl Alfonsín e incluso al de Fernando de la Rúa, la forma en que les soltó la mano para provocar sus caídas y, en contrapartida, el enorme respaldo que le dio a Mauricio Macri.

La respuesta del Presidente también con altura y en coincidencia con ella: no se pagará con el hambre de los argentinos. “Me apuran a que firme un acuerdo, pero yo no voy a firmar nada que comprometa el crecimiento del país y el futuro de los argentinos”. La complicidad del Fondo con el gobierno de Macri estuvo en el centro de los dos discursos.

La Plaza se convirtió esta vez en una especie de bisagra entre la epidemia y el nuevo ciclo que se abre en la política. De hecho, la epidemia complicó al gobierno y favoreció a la oposición, que tuvo tiempo para rearmarse después de la contundente derrota de Mauricio Macri. El fin de la etapa crítica de la pandemia implica también la bandera de largada del gobierno para recuperar el tiempo que le arrebató el esfuerzo para combatirla.

El acto se convirtió en un diálogo de tres: la multitud, que sobrepasó la de los actos anteriores, Cristina Kirchner, que mantiene su carisma político y el presidente Alberto Fernández que encabeza el gobierno. Hubo devoluciones desde el público y exhortaciones entre los oradores sin que ese juego de voces surgiera disonante, sino armónico, un coro democrático.

Si los medios hegemónicos compiten para encontrar fisuras entre Cristina Kirchner y el Presidente, la articulación de textos y contratextos entre ambos dirigentes configuró una unidad por encima de los caracteres, una armonía de lugares y miradas diferentes pero que confían y coinciden en los temas de fondo. “No tengas miedo Cristina”, “los ajustes pasaron a la historia” se reafirmó en ese diálogo. En todo caso, la vicepresidenta reafirmó su liderazgo y lo volcó en su respaldo al gobierno, como si el acto hubiera sido convocado con ese fin.

El peronismo, el movimiento popular, se mueve con comodidad en la calle, en el diálogo frente a la multitud que, a su vez, reclama protagonismo en esa escena. Es la herramienta natural de esa política. Los manifestantes no tienen actitudes agresivas porque su participación está más en función de plantear metas y necesidades que despotricar contra sus adversarios. De alguna manera el acto de reivindicación de la democracia y los derechos humanos retomó el punto de partida del 2019, cuando fue el lanzamiento de Alberto Fernández. Cristina Kirchner muy central con un discurso fuerte que respalda el relanzamiento del gobierno.

La presencia de Lula tuvo una significación geopolítica muy concreta más allá de lo simbólico. Lula es precandidato para las elecciones presidenciales del año próximo en Brasil y las encuestas lo muestran con más del doble de respaldo que el presidente Jair Bolsonaro y cuatro veces más que el gran juez del lawfare que lo condenó, Sergio Moro. Lula tiene más del 40 por ciento de la expectativa de voto y Moro apenas pasa el diez por ciento.

Pero Brasil con Lula como presidente, en sintonía con el gobierno argentino, volvería a proyectarse con mucha fuerza hacia el resto del continente con el ideal de la Patria Grande.

Fuente:
Página12

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