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07/05/21
Regiones: Perú
Lo que pudo ser. La Constitución de Velasco
Por Héctor Béjar

Velasco nunca quiso eternizarse en el poder. Una de las primeras discusiones que tuvo con sus colaboradores, después de la Ley de Reforma Agraria, fue cómo y a quién transferir el poder.

La derecha y un sector de la izquierda han dicho que Velasco y las Fuerzas Armadas instauraron una dictadura el 3 de octubre de 1968. Es un consenso decir que era un gobierno autoritario.

Sin embargo, hay una historia que ha sido revelada solo en parte.

Desde el “golpe” institucional de 1962, era de sentido común en las Fuerzas Armadas que debían intervenir institucionalmente en el poder político, pero no para quedarse sino para modificar la situación anulando los factores de corrupción y elementos antinacionales que afectaban a la República.

Por eso, la Junta de 1962 – 1963 no se quedó en el poder, sino que creó las condiciones para que una fuerza política que se creía renovadora y limpia como la alianza AP DC de Belaunde alcanzara la Presidencia.

LA DECEPCIÓN

El período 1963 – 1968 fue una decepción. El candidato ganador, en vez de formar una coalición progresista, eliminó a sus propios sectores patrióticos encabezados por el vicepresidente Edgardo Seoane y rompió con sus militantes jóvenes de Cooperación Popular. Belaunde llamó a Manuel Ulloa, un agente de los prestamistas extranjeros, para que se haga cargo del Ministerio de Hacienda. Mientras soñaba con sus proyectos elefantiásicos, Ulloa endeudaba al Perú.

Belaunde, como después Ollanta Humala, creyó que eso calmaría a sus enemigos de la derecha terrateniente y del Apra macartista. No fue así. Por el contrario, los lobos salivaron esperando el momento de dar el asalto final contra su débil víctima. No llegaron a darlo porque antes intervino la Fuerza Armada.

Por eso, en el Manifiesto Revolucionario del 3 de octubre, las Fuerzas Armadas señalaban que los políticos habían traicionado los objetivos nacionales para dedicarse al enriquecimiento personal.

¿A QUIÉN TRANSFERIR EL PODER?

Una de las primeras discusiones, después de la Ley de Reforma Agraria, fue cómo y a quién transferir el poder. Encontré esa discusión cuando llegué al Consejo de Oficiales Asesores de la Presidencia (COAP), a comienzos de 1971.

Había varias posiciones entre los militares y los civiles.

Personajes como el millonario alcalde de San Martín de Porres, querían convertir el proceso en una especie de odriísmo renovado, con Velasco cual líder populista y bases en los pueblos jóvenes. Un nuevo Odría.

Desde la Dirección de Difusión de la Reforma Agraria, Efraín Ruiz Caro empezó a propiciar los Comités de Defensa de la Revolución. Lo mismo empezaron a hacer Francisco Moncloa y el grupo de periodistas de Expreso que acababa de ser tomado por sus trabajadores.

La idea no era agradable a muchos militares. Era copiar los comités de defensa cubanos y darle a la revolución un rostro que no le correspondía, a pesar que las relaciones del Gobierno con la revolución cubana habían empezado cálidamente desde el terremoto de 1970 cuando fueron las fuerzas de auxilio cubanas, con hospitales y médicos, las primeras que se hicieron presentes. Pero una cosa eran las relaciones y otra la construcción de un proceso que debía ser “sin calco ni copia”.

Surgió también la idea de formar un partido de la revolución.

Pero el fantasma del PRI mexicano asomaba su feo rostro cuando, con motivo del terremoto de México y la masacre de Tlatelolco, el PRI mostraba su decadencia corrupta y su entraña criminal. Los “líderes de la revolución mexicana” se habían convertido en multimillonarios.

Además, aunque no se dijera, el partido de la revolución eran las Fuerzas Armadas y no querían rivales.

EL SINAMOS

A comienzos de 1971, Velasco convocó a un equipo cívico militar liderado por Leonidas Rodríguez y Carlos Delgado. Fui incorporado al grupo. Leonidas era uno de los jefes más queridos de Velasco. Cusqueño, quechuahablante, con gran capacidad explicativa y oratoria, parecía el hombre indicado para dialogar con el pueblo.

Se sugirió el camino de la organización social. La revolución no debía crear partidos –que según Velasco “partían” por definición a la gente–, debía organizar al pueblo y hacer un proceso de transferencia gradual de los poderes revolucionarios al pueblo organizado, sin dividirlo, sin partirlo.

Se abrió una aguda polémica en los diarios.

A comienzos de 1971, el gobierno formó el Sistema Nacional de Apoyo a la Movilización Social para organizar a la gente y transferirle el poder. Carlos Delgado, Francisco Guerra García, Diego Robles, Jaime Llosa y otros pocos compañeros, formamos el llamado “Grupo Inicial” del Sinamos.

Se dio la ley de creación. Sinamos nacía con un gran poder para la época. El Fondo de Desarrollo Económico, todas las corporaciones de desarrollo departamentales con sus maquinarias para obras de infraestructura, la Dirección de Difusión de la Reforma Agraria, las Direcciones de Cooperativas y de Comunidades Campesinas fueron agrupados en un solo sistema “sin amos”.

Pero Sinamos fue demonizado, temido por su poder y hasta criminalizado desde el primer momento por izquierda y derecha.

Para la derecha era un nido de comunistas. Para una parte de la izquierda era el mismo fascismo con cachos y pezuñas.

Con unos cuantos miles de promotores de base, Sinamos trabajó formando cooperativas, ligas agrarias, comités de pobladores, a la vez que les iba transfiriendo poder económico y les transmitía una visión del país y del poder.

La Confederación Nacional Agraria fue creada con el apoyo institucional del Gobierno a través del Sinamos. Igual la Confederación Nacional de Comunidades Industriales. El Ejército, a través de sus once comandancias generales, se movilizó en el apoyo y trabajo conjunto con los líderes civiles y populares. Según la oposición, era una verdadera aplanadora. Y así nos llamaron: “la aplanadora”.

Pero al mismo tiempo, surgieron el Movimiento Laboral Revolucionario (MLR), apoyado por los mismos militares que ambicionaban un poder defensivo popular inmediato y no solo un poder en construcción. Las pugnas internas se apoderaron del proceso mientras las dificultades económicas se acrecentaban y los gobiernos de izquierda latinoamericanos iban cayendo uno a uno en Chile, Bolivia y Ecuador.

“VIENEN POR NOSOTROS”

Cuando se produjo el golpe de setiembre de 1973 en Chile, yo estaba en el COAP. El comentario del general Graham fue: “ahora vienen por nosotros”. El Ejército se armó hasta los dientes y preparó la invasión preventiva a Chile. Estados Unidos y la CIA movieron a sus agentes dentro del proceso.

La historia es conocida. Pero lo que interesa rescatar es que hubo una discusión interna que llevó desde el Plan Inca y el Manifiesto Revolucionario, a las Bases Ideológicas.

Grupo por grupo en casi todos los ministerios y las organizaciones que se iba construyendo, fueron discutidas y aprobadas las Bases que establecían la formación de una economía mixta con un sector autogestionario en prioridad. Y sobre esa base, una democracia participativa.

La ideología era socialista – libertaria y humanista, es decir, un socialismo renovado por las últimas discusiones que por esos días cuestionaban el dogmatismo estaliniano y burocrático y enfatizaban la autogestión de los trabajadores más una planificación y una democracia de base. “Una democracia participativa con el mínimo de intermediación”, según el lenguaje de la época. Un socialismo de base.

A mediados de 1975, con el Gobierno en plena crisis y Velasco enfermo, se formó la Organización Política de la Revolución Peruana, paso previo a la transferencia del poder a las organizaciones. Militares, civiles y dirigentes populares estábamos en el Comité Central provisorio.

Velasco ya había decidido dejar el poder a Morales Bermúdez como sucesor y la transferencia se daría en octubre para el aniversario de la revolución.

De visita en Cuba, Morales declaró con lágrimas en los ojos a Fidel y los dirigentes cubanos, ser “socialista”. Todos le creyeron y estaban felices. Ido Velasco y entronizado Morales, la revolución dejaría de ser “ni capitalista ni comunista”. Sería, simple y llanamente “socialista”. Qué felicidad.

Paralelamente, había empezado la socialización de los diarios de circulación nacional. No fue como dicen “para acallar la oposición” porque no había oposición desde los diarios. Se trataba de conferirles a las organizaciones nacientes poder económico, político y mediático.

Derecha y parte de la izquierda pusieron el grito en el cielo. Para ellos la socialización de los diarios era la confirmación del carácter tiránico del régimen.

LA RESTAURACIÓN OLIGÁRQUICA

El 29 de agosto se produjo el golpe contra Velasco y empezó la dictadura Morales – Richter – Cisneros. La invasión a Chile fue evitada en el último momento. Si se permitía la entrega formal del poder a Morales por Velasco, este quedaría como una sombra no querida por el nuevo régimen. Hubiera sido la conciencia de la revolución traicionada.

Un largo tejido de intrigas de la CIA más órdenes de Estados Unidos a ciertos jefes militares impidieron la invasión a Chile y la subsecuente transferencia gradual de un poder institucionalizado a las organizaciones.

Aun así, pasados cinco años más, cuando en 1978 la fracción de Morales arrojada del poder por la presión popular, negoció la retirada con el Apra y el PPC, las Fuerzas Armadas plantearon una Constituyente en que tengan participación directa las organizaciones populares además de los representantes salidos de elecciones generales. Una combinación de democracia representativa con democracia funcional. La propuesta no fue aceptada por los líderes apristas y pepecistas y entonces vino la rendición incondicional de las Fuerzas Armadas frente a los decrépitos políticos tradicionales.

La Constitución de 1979 que muchos ven como progresista consagró la restauración del poder oligárquico. Los Borbones regresaron y se quedaron hasta hoy. Ni olvidaron ni aprendieron. Y ahí tienen las consecuencias.

Se abrió el período más corrupto de nuestra historia.

Al cabo de cuarenta años tenemos cuatro expresidentes que deberían estar presos, un Congreso repudiado por más del 90% de la ciudadanía y un poder judicial que apesta. Nada es nuestro. Ni el aire ni el agua.

Mientras tanto, los generales de la revolución fueron muriendo en una decente pobreza. Nadie abrió cuentas en Suiza, Andorra o Panamá. Nadie se hizo millonario. Nadie robó.

EL PERÚ QUE NO LLEGÓ A SER

Si los sucesores de Velasco no se hubieran rendido, hoy el Perú tendría la primera flota pesquera del mundo, los astilleros más importantes del Pacífico, la corporación minera más productiva de esta parte del continente, una importante industria manufacturera, sus propias aerolíneas, sus puertos, su flota mercante, y los trabajadores organizados en la ciudad y en el campo gobernarían a través de un sistema político basado no en elecciones corruptas, sino en mecanismos directos de representación desde las bases. Las cooperativas agrarias y las empresas comunales habrían creado una poderosa base alimentaria para el pueblo y tendríamos varias generaciones de cuadros económicos y políticos salidos de una educación renovada.

¿Sueños? No. Lo que pudo ser. Lo que impidieron quienes lograron deponer y eliminar a Velasco.

ALGO MÁS

El recuerdo de Velasco crece como las sombras de los árboles cuando el Sol declina. En algún momento la obra será continuada. El sistema creado a partir de agosto del 75 se cae de putrefacto. Algún día el Perú retomará su camino.

Fuente:
Diario Uno

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