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13/08/21
Temas: Educación
Regiones: Brasil
Mostrar a los niños los campos verdes y dejar que la luz del sol llegue a sus mentes
Por Vijay Prashad

Hace exactamente dos años, caminaba con mis colegas del Instituto Tricontinental de Investigación Social por el Campamento Marielle Vive a las afueras de Valinhos, en el estado de São Paulo, Brasil, con una sensación de déjà vu. El campamento se parece a tantas otras comunidades en el mundo de personas que viven desesperadamente pobres. Las Naciones Unidas calculan que una de cada ocho personas en nuestro planeta —mil millones de seres humanos— vive en ese nivel de precariedad. Las casas están hechas de una mezcla de materiales: pedazos de lona azul y madera, planchas de metal corrugado y ladrillos viejos. Mil familias viven en el Campamento Marielle Vive, nombrado en honor a la socialista brasileña Marielle Franco, quien fue asesinada en marzo de 2018.

El Campamento Marielle Vive no es cualquier favela, una palabra con tantas connotaciones negativas. En muchas favelas hay un ambiente desolador, en el que bandas criminales y organizaciones religiosas ofrecen un frágil pegamento social. Pero este campamento proyecta un aura diferente. Las banderas del Movimiento de Trabajadores Sin Tierra (MST) están en todas partes. Los pobladores transmiten una dignidad tranquila y amistosa, muchos de ellos usando camisetas y gorras de su organización. Tienen un aire de preparación: están preparados para defender su campamento de un eventual desalojo por parte de las autoridades locales y para construir una comunidad genuina con sus propias manos.

Cocina comunitaria en el Campamento Marielle Vive, 2019.

Al centro del campamento está la cocina comunitaria, donde algunxs pobladorxs comen sus tres comidas cada día. La alimentación es simple pero nutritiva. Cerca hay un pequeño centro de salud al que va un médico una vez por semana. Afuera de las casas hay jardines con flores y huertas con vegetales. Las autoridades municipales de la ciudad vecina dejaron de permitir que el autobús escolar recogiera a los y las niñas del campamento y los llevara a la escuela local. Como era un gran esfuerzo para madres y padres transportar a sus hijxs hacia y desde el colegio todos los días, el campamento construyó ahí mismo una sala de clases para actividades extraescolares, que ha seguido funcionando durante la pandemia.

Tassi Barreto, del MST, me dijo a principios de agosto de 2021 que el campamento no había tenido muertes producidas por el COVID-19, ya que habían “tomado acciones contundentes y firmes para evitar infecciones”. La municipalidad local sigue sin dar un abastecimiento adecuado de agua potable al campamento, lo que —como bien dice Barreto— es un “es un crimen contra los derechos humanos”. No obstante, los pobladores siguieron desarrollando su trabajo colectivo, fortaleciendo la cocina comunitaria y el centro de salud comunitaria, y progresando con la producción agroecológica de la huerta,  construida en forma de mandala. La huerta ha sido tan productiva que el campamento ha podido vender canastas de productos en las ciudades cercanas de Valinhos y Campinas.

El aula está en una zona prominente del Campamento Marielle Vive. Sin embargo, “los niños y jóvenes en edad escolar tenían muchas dificultades porque no había clases cara a cara [en la escuela municipal] y había actividades virtuales en las que no podían participar”, me dijo Barreto. Las y los líderes del campamento tuvieron que innovar: cada quince días imprimieron y distribuyeron hojas de estudio para los estudiantes y —como los profesores de la escuela pública no podían revisarlas— recurrieron a educadores de UNICAMP, una universidad pública cercana, para que supervisaran el trabajo. La educación de niños, niñas y adolescentes ha sido un desafío arduo.

El Instituto Tricontinental de Investigación Social lanzó su último dossier, El coronashock y la educación brasileña: un año y medio después (agosto 2021), que aborda en profundidad la crisis de la educación pública como resultado de esta pandemia. Nuestro dossier cita un estudio de la UNICEF que muestra que, a fines de 2020, alrededor de 1,5 millones de niños, niñas y adolescentes habían abandonado sus estudios y 3,7 millones se inscribieron formalmente pero no tenían las condiciones para acceder a las clases remotas.

La ONU estima que el 90% de los estudiantes del mundo —1.570 millones de niños y niñas— no pudieron asistir a la escuela en persona a lo largo de la pandemia, y a muchos se les señaló que debían conectarse a clases en línea. Sin embargo, un estudio reciente de UNESCO muestra que la mitad de la población mundial no tiene conexión a internet. Eso equivale a 3.600 millones de personas sin acceso a internet. De acuerdo a la investigación, “Al menos 463 millones de estudiantes, es decir, cerca de un tercio de los estudiantes del mundo, no pueden acceder al aprendizaje a distancia, debido fundamentalmente a la carencia de políticas de aprendizaje en línea o a la falta de dispositivos necesarios para que puedan conectarse desde sus hogares”. La mitad de las personas no tiene internet y quienes sí tienen acceso no tienen los recursos para pagar las dispositivos y herramientas necesarias para participar en el aprendizaje a distancia. La brecha digital es aún más profunda desde una perspectiva de género: en los países menos desarrollados, solo el 15% de las mujeres utilizaron internet en 2019, comparado con el 86% de las mujeres en el llamado “mundo desarrollado”.

El giro hacia la educación digital ha servido para que las grandes empresas acaparen los bienes comunes de la educación pública, haciendo cada vez más difícil que las masas de niñxs tengan acceso a cualquier tipo de educación. Los grandes negocios ven este escenario como una oportunidad. Como explicó Microsoft: “Las consecuencias del COVID-19, los continuos avances en tecnología digital y la intensificación de la demanda de aprendizaje centrado en el estudiante se han combinado para presentar una oportunidad sin precedentes para transformar la educación en todos los sistemas”. Como señaló para el dossier Bia Carvalho, del Levante Popular da Juventude, “Para estos empresarios, la educación a distancia es más rentable, porque les permite reducir una parte de los gastos y acceder a un número mucho mayor de estudiantes. Entonces, desde el punto de vista de la educación como mercancía, en que ellos van a vender clases, la educación a distancia tiene mucho más sentido”. De hecho, ya han sido utilizados fondos públicos para financiar la expansión de sistemas privados de educación digital.

Nuestro dossier cierra destacando tres asuntos clave: la necesidad de aumentar la inversión pública en infraestructura educativa (asegurando, a la vez, que no se haga ninguna privatización subrepticia de la educación); la necesidad de valorar, formar y apoyar el desarrollo profesional del profesorado; y la necesidad de luchar por un nuevo proyecto educativo. Esto último es de gran importancia. Instala la pregunta sobre el objetivo de la educación, que establece el escenario sobre el cual la juventud aprende a hacer preguntas sobre su sociedad, sobre sus valores, sobre las discrepancias entre los valores y las instituciones sociales, y sobre lo que uno puede hacer respecto a esa discrepancia. Hay una línea directa entre las protestas estudiantiles que convulsionaron a Chile en 2011, a Sudáfrica en 2015 y a India en 2015-2016, y la posición de nuestro dossier. Debemos elaborar un nuevo proyecto educativo, es una necesidad.

Sala de clases en el Campamento Marielle Vive, 2021 (fotografía del equipo de comunicaciones del MST-São Paulo).

Cuando caminamos por el Campamento Marielle Vive en 2019, dos jóvenes mujeres, Ketley Júlia y Fernanda Fernandes, se nos unieron. Nos contaron sobre su experiencia escolar, incluyendo clases de inglés que estaban tomando en la sala de clases del campamento. En los últimos dos años, Ketley se unió a otras mujeres del campamento como líder de su comunidad. Ella coordina el huerto mandala, ayuda en el almacén, y organiza donaciones de ropa y cobertores, todo a pesar de luchar con desafíos de su propia salud.

“En medio de la barbarie, la esperanza siempre logra aparecer”, me dijo Barreto. Ahora Ketley está embarazada, “una alegría que nos da fuerza en nuestra lucha”, dijo Barreto. Fernanda ahora vive en el Campamento Irmã Alberta, cerca de São Paulo, donde sigue participando en el MST mientras cría a dos niñxs. Lxs hijos de Fernanda y Ketley dan esperanzas, pero también necesitan que esta se plasme en el mundo con un proyecto educativo humano y esperanzador.

En 1942, el poeta, socialista y pacifista inglés Stephen Spender escribió “An Elementary School Classroom in a Slum” [Un aula de primaria en un barrio marginal]. En la escuela del campamento, los niños tienen un futuro “pintado con niebla” y sus mapas “barriadas tan grandes como la perdición”, escribió Spender. Debemos romper las ventanas de ese barrio, escribió Spender,

Y mostrar a los niños los campos verdes, y hacer que su mundo

corra azul sobre arenas doradas, y dejar que sus lenguas

corran desnudas sobre libros, las hojas blancas y verdes abiertas

La historia es de ellos cuyo lenguaje es el sol.

Fuente:
Instituto Tricontinental

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