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25/08/26

Mientras el ébola mata a miles de personas, una tormenta perfecta dificulta la erradicación del virus

Por Devi Sridhar

¿Sabías que hay un brote grave de ébola en la República Democrática del Congo y que va camino de convertirse en el más mortífero de la historia? Ya es el segundo peor brote de ébola de la historia, con la transmisión comunitaria más rápida que se haya registrado jamás. Se calcula que ha habido al menos 4.900 casos y más de 2.300 fallecidos, lo que supone una tasa de mortalidad cercana al 50 %. La situación es grave. Ese es el consenso entre los expertos en salud mundial.

Sin embargo, este brote de ébola no está atrayendo mucha atención por parte de los medios de comunicación ni del público. Si lo comparo con mi trabajo durante el brote de ébola de 2014, el silencio actual es asombroso. Aquel año, ébola fue uno de los términos más buscados en Google en todo el mundo, se comentaba habitualmente en los informativos de televisión de muchos países fuera de la región y acaparaba titulares de periódicos y portadas de revistas. Quizá todo el mundo esté simplemente cansado de las enfermedades tras la pandemia: la “fatiga covid-19”, como se la denomina. Créeme, nadie quiere oír hablar de enfermedades infecciosas.

Por desgracia, la situación no hace más que empeorar en la región. Una tormenta perfecta de factores hace que la propagación sea difícil de controlar y aún más difícil de frenar, y el impacto sanitario es devastador. Un factor preocupante es que la mayoría de los casos, y de las muertes, se producen en la comunidad antes incluso de que los pacientes lleguen al hospital: se calcula que los trabajadores sanitarios locales solo están llegando al 30 % de los casos.

Para agravar aún más la situación, los niños y niñas representan una cuarta parte de los casos confirmados y casi un tercio de todas las muertes. Y esas son solo las muertes directas causadas por el virus del ébola: los servicios sanitarios rutinarios, como las campañas de vacunación infantil contra el sarampión y las intervenciones básicas para la supervivencia infantil, se han visto interrumpidos, lo que se traduce en un mayor número de muertes indirectas por falta de atención sanitaria.

No se trata solo de la infancia. Las muertes maternas en Ituri (la provincia más afectada) se han duplicado, debido a complicaciones en el parto y a la falta de personal sanitario cualificado, pero también a que la infección por ébola durante el embarazo está relacionada con la pérdida fetal.

¿Por qué resulta tan difícil detenerlo? En primer lugar, está el propio virus. El brote se debe a una nueva especie, Bundibugyo. y no disponemos de una vacuna ni de un antiviral eficaz contra ella. Los brotes anteriores se debieron a la especie Zaire. Además, se ha sugerido que la mutación viral es un factor que explica por qué este brote se está propagando más rápido que los esfuerzos para detenerlo. La mutación podría haber hecho que esta especie fuera más contagiosa, ya que la propagación comunitaria es mayor y más rápida que antes.

La ubicación del brote también complica las cosas: la provincia de Ituri es inestable, con milicias que merodean por la zona y un conflicto en curso. Antes de que se confirmara que se trataba del ébola, parece que el virus llevaba tres meses propagándose, siendo diagnosticado erróneamente como malaria o fiebre tifoidea. Un gobierno eficaz y unas condiciones de vida seguras son requisitos previos para la seguridad sanitaria, y en estos momentos faltan ambos.

También hay cambios globales de mayor envergadura que dificultan una respuesta coordinada. En el brote de África Occidental de 2014, los gobiernos de EE UU., el Reino Unido y Francia colaboraron con la Organización Mundial de la Salud (OMS) para intensificar la respuesta, aportando una coordinación de tipo militar, los recursos necesarios, la logística y personal cualificado. Una comisión sobre el ébola que copresidí poco después analizó algunas de las lecciones científicas para la respuesta de la OMS ante emergencias sanitarias, pero no pudimos predecir lo que depararía la siguiente década en el ámbito político.

Hemos tenido dos mandatos presidenciales de Trump bajo el lema “America First”. EE UU ya no forma parte de la OMS ni colabora de forma multilateral, y prefiere una respuesta en solitario. Esto se inscribe en el contexto de la reducción de la financiación de la ayuda exterior, la censura a los científicos, el cierre de USAID, la implosión de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades y un movimiento de “devolver la salud a EE UU” centrado en flexiones y visitas a la sauna en lugar de la salud pública fundamental.

El Reino Unido también ha dado un paso atrás en sus responsabilidades, recortando la ayuda exterior. Es lógico que el actual primer ministro, Andy Burnham, se centre en los asuntos nacionales: cuando las desigualdades en materia de salud y el aumento de la pobreza hacen que los niños británicos se encuentren entre los menos sanos de Europa occidental, resulta políticamente complicado desviar recursos al extranjero. Pero esas decisiones políticas tienen consecuencias para los países que se quedan con menos recursos para luchar contra la propagación de la enfermedad.

En una situación tan grave, un rayo de esperanza lo constituyen los trabajos en curso sobre vacunas y antivirales. Utilizando la misma tecnología que la vacuna contra la covid-19 de Oxford-AstraZeneca, la Universidad de Oxford ha iniciado ensayos en humanos de la vacuna contra el virus de Bundibugyo, mientras que la OMS patrocina un ensayo clínico en la República Democrática del Congo sobre dos terapias antivirales ya existentes.

No se trata solo de ciencia de laboratorio. Se ha recurrido a las ciencias sociales y las humanidades para comprender cómo llegar a las personas de comunidades remotas y cómo generar confianza en las campañas de salud pública: dada la historia de las intervenciones sanitarias coloniales y el hecho de que se utilizara a los residentes como conejillos de indias, cualquier respuesta sanitaria debe comprender por qué la gente teme la ayuda externa.

Los recortes presupuestarios en la educación superior también han tenido consecuencias. Brotes como este demuestran una vez más por qué el conocimiento, la educación y la investigación importan, y por qué las decisiones políticas que se adoptan en una parte del mundo tienen importantes ramificaciones que afectan a la vida de otras personas en distintas partes del globo.

Fuente: Viento Sur

Etiquetas: ébola | Pobreza

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