La XVIII Cumbre de los BRICS, celebrada los días 12 y 13 de septiembre en el complejo Bharat Mandapam de Nueva Delhi, no será recordada como un ejercicio protocolar más en el calendario diplomático del Sur Global. Fue, por el contrario, uno de esos episodios donde la fotografía, el texto firmado y la cifra económica confluyen para narrar, sin necesidad de interpretación forzada, el desplazamiento del centro de gravedad del poder mundial.
Once miembros plenos —Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica, Egipto, Etiopía, Irán, Emiratos Árabes Unidos, Indonesia y Arabia Saudí, esta última en un rol aún ambiguo— más una decena de socios bajo el paraguas BRICS Plus, se sentaron bajo el lema “Construyendo para la resiliencia, la innovación, la cooperación y la sostenibilidad” para poner sobre el papel lo que hace apenas un lustro era discurso de futuro, un sistema económico y financiero que ya no pide permiso a Washington ni a Bruselas.
Para los que hemos seguido de cerca la trayectoria del bloque desde la cumbre de Kazán hasta la reunión de asesores de seguridad nacional celebrada en la propia Nueva Delhi en julio pasado, esta cumbre confirma una tendencia que veníamos señalando, la arquitectura multipolar no avanza pese a sus contradicciones, sino, en buena medida, gracias a ellas.
La diversidad de intereses —India equilibrando su relación con Washington y el Quad mientras profundiza su vínculo energético y militar con Moscú; Irán y Emiratos Árabes Unidos avalando el mismo texto pese a sus tensiones regionales; Etiopía y Egipto disputándose la centralidad africana— no ha impedido la unanimidad. Al contrario, la ha hecho más significativa.
LA DECLARACIÓN DE NUEVA DELHI
El documento central de la cumbre, adoptado por unanimidad el sábado 13 de septiembre, es un texto extenso —45 páginas— que condena de forma explícita las sanciones unilaterales, rechaza las amenazas nucleares y reclama una reforma profunda de la Organización de las Naciones Unidas para desmontar lo que el bloque describe como un monopolio occidental en el Consejo de Seguridad.
La Declaración de Nueva Delhi retoma y amplía compromisos previos —la declaración de 2026 sobre la preservación del sistema multilateral de comercio y la de 2025 sobre la reforma de la Organización Mundial del Comercio— para reafirmar el respaldo del bloque al trato de nación más favorecida y al trato especial para las economías en desarrollo, en un contexto donde el proteccionismo arancelario de Washington ha golpeado por igual a aliados y a rivales de Estados Unidos.
El texto expresa además una honda preocupación por la escalada bélica en Asia Occidental y llama a la máxima moderación y al diálogo multilateral, en lo que constituye una crítica indirecta pero inequívoca a la lógica de guerra permanente que Washington y Tel Aviv han impuesto en la región.
Los BRICS calificaron también como inaceptable cualquier intento de alterar la composición del G20 y ratificaron su respaldo pleno a la participación de Sudáfrica, en un gesto de solidaridad frente al hostigamiento diplomático que Pretoria ha sufrido por parte de la administración estadounidense en los últimos meses.
Lo relevante, no es solo el contenido del documento sino el hecho mismo de su existencia unánime. La diplomacia india logró que Teherán y Abu Dabi, con posiciones enfrentadas en Asia Occidental, firmaran el mismo texto.
Esa capacidad de síntesis es, en sí misma, una demostración de que el multilateralismo del Sur Global funciona con reglas distintas a las del bloque atlantista: no exige homogeneidad ideológica, sino convergencia de intereses estratégicos frente a un adversario común, la hegemonía unipolar en retirada.
La declaración final da cobertura política a un embrión de sistema financiero paralelo al que Occidente ha controlado desde Bretton Woods.
LA FOTOGRAFÍA QUE DESNUDÓ AL VIEJO ORDEN
Si el texto es la sustancia, la imagen fue el símbolo. Narendra Modi difundió desde su propia cuenta una fotografía que recorrió el mundo en horas, el primer ministro indio tomado de la mano de Xi Jinping y de Vladímir Putin, en un gesto que ya se había hecho viral el año pasado en China y que en Nueva Delhi se repitió con una carga aún mayor.
Modi compartió también una segunda imagen, quizás la más comentada por su significado político inmediato, caminando de la mano del presidente iraní Masoud Pezeshkian, flanqueados por Putin y por el presidente sudafricano Cyril Ramaphosa, en el marco de la Cumbre Empresarial de los BRICS.
Esa fotografía condensa, mejor que cualquier párrafo de comunicado, el reacomodo geopolítico en curso. India, que sostiene simultáneamente una relación de defensa con Washington a través del Quad, una relación de amistad con Israel y una compra sostenida de crudo ruso con descuento, elige exhibir públicamente su cercanía con Teherán en medio de la guerra que Estados Unidos e Israel libran contra Irán.
El gesto no es ingenuo ni casual, es una declaración de autonomía estratégica frente a la presión de Washington, que en los últimos meses ha castigado a Nueva Delhi con aranceles por su comercio energético con Moscú. Modi, en ese apretón de manos, le dice al mundo —y particularmente a la Casa Blanca— que India no está dispuesta a renunciar a su margen de maniobra en nombre de una alineación automática con Occidente.
La imagen también documenta el rol de India como puente diplomático, pocos países en el mundo pueden sentar en la misma mesa a Irán y a Emiratos Árabes Unidos, a Rusia sancionada por Ucrania y a economías que aún dependen del sistema financiero occidental. Ese papel de bisagra, que Nueva Delhi ha cultivado con paciencia durante su cuarta presidencia del bloque —tras 2012, 2016 y 2021—, es hoy uno de los activos geopolíticos más valiosos del Sur Global.
EL REGRESO DE XI JINPING
La presencia del presidente chino en suelo indio tiene, por sí sola, un peso simbólico que trasciende la agenda formal de la cumbre. Xi Jinping no pisaba India desde hacía siete años, un lapso marcado por la tensión fronteriza en el Himalaya y por el enfriamiento bilateral que siguió a los enfrentamientos en el valle de Galwan.
Su retorno a Nueva Delhi, coincidiendo con la presidencia india del bloque, es la confirmación de que Pekín y Nueva Delhi han optado por subordinar sus diferencias bilaterales al proyecto común de construcción multipolar.
Esta distensión sino-india no borra las tensiones estructurales entre ambas potencias —la disputa fronteriza sigue sin resolverse, y la competencia por la influencia en el sur de Asia continúa—, pero sí demuestra algo que hemos sostenido de forma consistente, el proyecto BRICS no depende de la armonía perfecta entre sus miembros, sino de la capacidad de estos para gestionar sus contradicciones sin permitir que Washington las instrumentalice en su favor.
Que Xi y Modi compartan tribuna, se den la mano en público y avalen juntos un texto que cuestiona el orden liderado por Estados Unidos es, en sí mismo, una derrota diplomática para quienes en Washington apostaban a explotar la rivalidad chino-india como palanca de contención.
LA DESDOLARIZACIÓN DEJA DE SER UNA CONSIGNA
Entre los puntos de agenda que la cumbre efectivamente avanzó figura la creación de mecanismos de liquidación en monedas nacionales, un objetivo que el bloque persigue desde hace años pero que en Nueva Delhi adquirió una hoja de ruta más concreta.
El comercio intra-BRICS, que ya representa una porción creciente del intercambio entre sus miembros, se mueve de forma acelerada hacia esquemas bilaterales y multilaterales que prescinden del dólar como moneda vehicular, el yuan en el comercio chino, el rublo y el yuan en el intercambio ruso-chino, la rupia india en acuerdos con socios del Golfo, y experimentos de canastas de divisas para el comercio energético entre Rusia e India.
Este avance no es retórico. Cada transacción bilateral que dos economías BRICS liquidan sin pasar por el dólar erosiona, de forma marginal pero acumulativa, uno de los pilares del poder estadounidense, la capacidad de proyectar su política exterior a través del sistema financiero internacional.
Es precisamente esa capacidad la que Washington ha usado para congelar activos del banco central ruso, sancionar a Irán y presionar a terceros países con la amenaza de sanciones secundarias. Cuantas más transacciones escapen a esa arquitectura, menor será el margen coercitivo de Estados Unidos sobre el resto del planeta.
BRICS PAY: DEL PROYECTO PILOTO AL ANUNCIO OFICIAL
El anuncio que corona esta tendencia es el de BRICS Pay, la plataforma de pagos concebida para interconectar los sistemas financieros nacionales de los países miembros y facilitar transacciones directas en monedas locales, sin intermediación del dólar ni de la red SWIFT controlada por Occidente.
Propuesta originalmente por el Consejo Empresarial del bloque, la iniciativa llega a Nueva Delhi con un salto cualitativo, China, Rusia e India confirmaron el avance hacia una implementación operativa que integraría sistemas ya existentes como el Pix brasileño, el UPI indio, el CIPS chino y el SPFS ruso, además de explorar la interoperabilidad con las monedas digitales de banco central que varios de sus miembros desarrollan de forma independiente.
La propuesta técnica se apoya en herramientas ya probadas —blockchain, tarjetas y códigos QR— lo que reduce significativamente la barrera de implementación frente a alternativas más ambiciosas, como la propuesta de una moneda común BRICS que en su momento generó fricciones internas y amenazas arancelarias directas desde Washington.
BRICS Pay, en cambio, no reemplaza las monedas nacionales, las conecta. Esa es, precisamente, su fortaleza política, porque permite avanzar en la desdolarización sin exigir a ningún miembro que ceda soberanía monetaria.
El objetivo declarado es doble, reducir los costos de transacción para el comercio y el turismo intra-bloque, y blindar a sus miembros frente a futuras sanciones financieras occidentales, una lección aprendida de forma dolorosa por Rusia tras el bloqueo de las reservas de su banco central en 2022.
Con un bloque que ya representa más de un tercio del producto interno bruto mundial y cerca de la mitad de la población del planeta, la escala de BRICS Pay, incluso en su fase piloto, es suficiente para inquietar a los arquitectos del sistema financiero occidental.
En los últimos cinco años, más del 40 % del producto interior bruto mundial fue generado por los Estados BRICS, mientras que la contribución del G7 apenas alcanzó el 29 %. — Vladímir Putin, Foro Empresarial de los BRICS, Nueva Delhi
LOS NÚMEROS QUE PUTIN PUSO SOBRE LA MESA: EL G7 REZAGADO
Fue el propio presidente ruso quien, en el Foro Empresarial previo a la cumbre, ofreció el argumento más contundente de todo el encuentro: los datos macroeconómicos. Putin recordó que en el último lustro los países BRICS generaron más del 40 % del producto interno bruto mundial y cerca de la mitad del crecimiento económico global, frente a un G7 que aporta apenas el 29 % del PIB planetario y un magro 18 % del crecimiento.
El mandatario ruso no se limitó a exponer la cifra, cuestionó, con una ironía que no pasó desapercibida, por qué se sigue llamando “grandes” a un grupo cuyo peso relativo en la economía mundial se reduce año tras año.
El argumento de Putin demuestra que el G7 no ha perdido su poder por una conspiración externa, sino por su propia inercia estructural. Mientras el bloque atlantista se aferra a un modelo de crecimiento estancado y a una política exterior centrada en sanciones y aranceles —una estrategia que termina golpeando también a sus propios aliados—, el Sur Global crece apoyado en la expansión de sus mercados internos, en procesos de urbanización acelerada y en la proyección internacional de sus propias empresas, desde las tecnológicas chinas hasta las energéticas rusas y los conglomerados indios.
El mensaje geopolítico de fondo es claro, el G7 ya no puede reclamar para sí la representación del centro económico del mundo. Esa centralidad se ha desplazado, con datos verificables, hacia el bloque que se reunió en Bharat Mandapam. Y esa realidad estadística, más que cualquier declaración diplomática, es la que legitima el proyecto de desdolarización y de reforma de la gobernanza global que la Declaración de Nueva Delhi pone por escrito.
CONTRADICCIONES QUE NO DETIENEN LA MARCHA
Sería bastante necio ignorar las tensiones que atraviesan al bloque. La ausencia de Lula da Silva (con la excusa de las elecciones en Brasil), representado por su canciller, evidencia que no todos los liderazgos del Sur Global sienten la misma urgencia por proyectar cercanía con Moscú en este momento particular.
La relación entre India y China sigue marcada por una desconfianza estructural que ningún apretón de manos disuelve por completo. Arabia Saudí mantiene una posición ambigua dentro del bloque, atrapada entre su alianza histórica con Washington y su creciente interés por diversificar sus alianzas. Y la propia India, anfitriona de la cumbre, continúa sosteniendo vínculos militares y comerciales con Estados Unidos que en ocasiones chocan frontalmente con la retórica antihegemónica del texto que acaba de firmar.
Estas contradicciones son reales, pero conviene leerlas con la perspectiva correcta, ningún proyecto de reordenamiento global se ha construido nunca sobre una homogeneidad perfecta de intereses. La Unión Europea, para citar el ejemplo más cercano al bloque atlantista, arrastra fisuras internas mucho más profundas —entre el eje franco-alemán y los países del este, entre las políticas fiscales del norte y del sur del continente— y eso no le ha impedido avanzar en su propia integración.
Lo mismo ocurre con los BRICS en donde la coexistencia de posiciones divergentes no es un signo de debilidad sino la prueba de que el bloque funciona como un espacio de negociación genuina, no como un satélite ideológico de una potencia hegemónica, que es precisamente el modelo que el atlantismo intenta imponer a sus propios socios.
LO QUE NUEVA DELHI SIGNIFICA PARA EL SUR GLOBAL
La cumbre de Nueva Delhi deja tres certezas que desde PIA GLOBAL consideramos centrales para entender el momento geopolítico actual.
La primera es que el multipolarismo ha dejado de ser un horizonte discursivo para convertirse en infraestructura concreta, una declaración de 45 páginas firmada por unanimidad, un mecanismo de pagos con nombre y hoja de ruta propios (de aca a 20 años), y un avance medible en la liquidación de comercio en monedas nacionales es un claro reflejo de todo esto.
La segunda es que la centralidad económica del planeta ya no reside en el G7, y que esa realidad, sostenida con cifras por el propio Putin, empieza a filtrarse incluso en medios ajenos a la órbita del bloque.
La tercera, y quizás la más relevante, es que el Sur Global ha aprendido a convivir con sus propias contradicciones sin que estas paralicen su avance, una lección que contrasta con la creciente incapacidad de Occidente para gestionar sus propias fracturas internas.
La fotografía de Modi tomado de la mano de Pezeshkian, con Putin y Ramaphosa al costado, quedará como una de las imágenes definitorias de este ciclo geopolítico, la de un Sur Global que ya no necesita la mediación de Washington para sentarse a negociar su propio futuro.
Nueva Delhi no resolvió todas las tensiones que atraviesan al bloque BRICS, pero demostró, una vez más, que esas tensiones no son un obstáculo para su marcha, sino el precio natural de construir, por primera vez en varias décadas, un orden mundial que no gira en torno a un único centro de poder.
Fuente: PIA
