Todo relato histórico sobre la emergencia del terror moderno debe tener en cuenta la esclavitud, que puede considerarse como una de las primeras manifestaciones de la experimentación biopolítica[1]. Necropolítica, Achille Mbembe.
Exordio
Esta desmemoria fue el desquite de las clases blancas hegemónicas ecuatorianas, por las derrotas sucesivas causadas por el cimarronismo montonero en alianza de hecho con liberalismo progresista. El alzamiento armado comenzó el 24 de septiembre de 1913, con el asalto a cuarteles de la policía y del ejército ecuatorianos, en la ciudad de Esmeraldas. Después sería la guerra más sangrienta y destructora en el Ecuador. Ciento diez años después del armisticio, continúa la sanción histórica a la memoria personal de Carlos Concha Torres y con ese castigo evocador aun se oculta uno de los más importantes eventos emancipadores de las comunidades negras americanas, para esta relación histórica las de Ecuador. Sin ninguna duda, fue una guerra de liberación antiesclavista. La repetida confusión libresca de historia con biografía, la historización -es decir el análisis de un hecho en un contexto temporal y social- racista, la innecesaria y prolongada estupidez de alguna venganza clasista contra el prócer esmeraldeño y la dejadez o ninguna instrumentación del pensamiento crítico.
El Prometeo del Teaone (provincia de Esmeraldas)
Los grupos reaccionarios crearon el artificio propagandístico, para condenar a quien ya los había derrotado en la Historia. El desastre nacional causado por la guerra civil en Esmeraldas fue endosado a una sola persona: Carlos Concha Torres. Cuando sus enemigos le empoderaron de la guerra civil -sus muertos y sus desastres económicos- sabían el perjuicio sin tiempo que le hacían a Carlos Concha T. y a las comunidades negras de la costa pacífica colombo-ecuatoriana. Y también a aquellos hombres negros que de otras partes del Ecuador no dejaron enfriar el ánimo emancipador y cimarronearon sus vidas en diferentes combates en Esmeraldas. Además, sus adversarios jamás sospecharon que el acumulado histórico perjudicial sería aceptado como erróneo valor positivo, por quienes favorecerían la buena memoria histórica del Coronel. Sus enemigos ganaron a su favor un capital simbólico de desquiciamiento moral a perpetuidad. Desde ahora será aparente. En Esmeraldas, en el Ecuador y en América hay escasa referencia satisfactoria a esa guerra anti concertaje. O mejor sería precisar la denominación como antiesclavista, porque el llamado concertaje era más de las mismas maldades de la esclavización, la diferencia mínima era la inutilidad del documento estatal que abolía la esclavitud. Esa inicial polarización entre liberales y conservadores había mutado, para esos años, a unos que partían de las raíces políticas (radicales o alfarista) y quienes se iban por las ramas del oportunismo (conservadores o placista[2]). Eloy Alfaro Delgado había sido cruelmente asesinado, el domingo 28 de enero de 1912, al mediodía, mientras a Leonidas Plaza Gutiérrez se le cumplía su ambición desmesurada de apropiarse de la Presidencia de la República. Hasta ese entonces, la negritud ecuatoriana participaba en cuanta contienda bélica que anteponía la palabra libertad como mandato primordial en sus proclamas. Los muertos, hombres y mujeres, se consumían con ese engaño.
De la obediencia esclavizante a la desobediencia armada
Leonidas Plaza G. ganó las elecciones a la presidencia de la República, programadas para realizarse entre el jueves 28 y el domingo 31 de marzo de 1912, con 62 374 votos (97,7 %). El candidato del partido conservador recibió apenas 754 votos (1.2 %). La población ecuatoriana era de 1 336 458 y los votantes apenas sumaban 63 830[3]. Por esa fecha, la ciudad de Esmeraldas tenía algo más de 5 mil habitantes. Carlos Concha T. vivía en un entra y sale de las cárceles o planificando y dirigiendo alzamientos armados, en diferentes lugares del litoral ecuatoriano. Eran meses turbulentos, porque peligraban aquellos alcances de la Revolución Liberal: Estado laico, educación laica y gratuita, construcción del ferrocarril transandino, se proclamó la igualdad de la ciudadanía, modernización de la economía ecuatoriana. Se proclamó la terminación del concertaje de los indígenas. El concertaje era la negación práctica de los derechos de ciudadanía. Las personas negras esclavizadas solo cambiaron la denominación, porque no fueron sujetos de derechos de ciudadanía. Sin importar su participación colectiva, en todas las batallas del liberalismo. Para 1913, mujeres y hombres negros eran conciertos en los hechos políticos, sociales y culturales. Al parecer el único derecho era la obediencia de ‘callar y soportar’. El cimarronismo montonero tenía voluntad y respuesta propia. Fue revelada con la rebelión armada.
La desigualdad política en la vida y en la muerte
Esta terquedad nominativa (“guerra de Concha”) es distracción semiótica que impide un conocimiento mejor de los procesos históricos de las comunidades negras del Ecuador y en qué les favoreció la Revolución Liberal. Mujeres y hombres afroecuatorianos, en su intimidad colectiva, es muy probable que pelearan por su propia revolución liberadora. Es correcto suponer que más que por la revolución liberal luchaban por su liberación. La diferencia no es solo de significado, sino de sentido. Sentido común cimarrónico. Es posible que hubiera alguna identificación liberal partidaria, pero se requería algo más y eran aquellos derechos que para otros segmentos sociales ecuatorianos eran imprescindibles. El racismo implícito del liderazgo liberal estancó cualquier acción progresista favorable a la gente negra. El concepto de libertad no era igual para quienes luchaban, en términos teóricos y bélicos, por la Revolución Liberal. A los cuerpos negros aquella carga ideológica insuficiente y distinta a sus proclamas iniciales les imponía poderosos límites políticos, sin importar su arriesgada participación en las luchas armadas, por eso, con el transcurrir del tiempo, aquello causó hastío emancipatorio pertinaz del sentido común libertario e identitario. Las sucesivas realidades opresivas y opresoras no siempre debieron cocinarse a fuego lento, más aún cuando cuerpos negros se pudrían en los campos de batalla. Y sin ningún reconocimiento efectivo y cotidiano.
Revolución Negra
El error mayúsculo, en este y en otros temas históricos referentes a las comunidades negras americanas, es confundir biografía con historización. La vida del o de los líderes, mujeres u hombres, ha sido entendida como un contacto milagroso con los liderados; alguna decisión individual exitosa multiplicaba las capacidades de quien lideraba hasta llegar a lo fantástico o rozar lo divino. Ocurre con Carlos Concha T. La guerra civil en Esmeraldas no es historizada y más bien biografiada, ocultando el torrencial y complejo proceso histórico de las comunidades negras de la costa pacífica colombo-ecuatoriana y la solidaridad intercomunitaria dentro y desde fuera del Ecuador. Nelson Estupiñán Bass y Adalberto Ortiz Quiñónez, con sus novelas[4], intentan una aproximación historiológica explicativa de las causas reales de esta guerra civil. Ambos escritores coinciden que fue una guerra contra el concertaje, es decir, para terminar con la esclavización simulada con otro nominativo. En pocas palabras una Revolución de la Negritud ecuatoriana. A pesar de la degradación racista de uno de los principales líderes, el comandante Federico Lastra (hasta se afecta su apellido, Lastre).
Volver a Ser donde se negaba ese derecho supremo
El hervor sanguíneo de Carlos Concha T., se trasladó, con toda su calentura, al Manifiesto de Tachina, ese documento fue escrito para destrozar cualquier indiferencia política o cultural de quienes lo leyeran o escucharan. Hay tres candentes enunciados: se culpa a Leonidas Plaza G. de asesinar a líderes del liberalismo partidario; se lo culpa del robo descarado del dinero público; y del intento de empeñar o vender a Estados Unidos las islas del entonces llamado Archipiélago de Colón. Pero, en toda esa fogosidad, ni media palabra sobre el concertaje de la gente afroecuatoriana. El alzamiento, entonces, tenía dos objetivos complementarios. Uno: respuesta bélica a los traidores del liberalismo transformador liderados por Leonidas Plaza. Dos: rebelión armada para enfrentar el concertaje estatal y social. Esas dos acciones combativas se complementaban en los liderazgos: Carlos Concha, Federico Lastra, Víctor Martínez, Julio Sixto Mena, Sacramento Mina, entre otros. Las mujeres negras es posible que también participaran directamente en los combates, aunque hasta ahora no se tiene ningún dato documental, pero es conocido que participaron en variadas misiones de inteligencia y en la provisión de logística a la montonera cimarrona. La furia racista del Gobierno L. Plaza y de una parte de la ciudadanía ecuatoriana fue expresada mediante la prensa de aquellos años. El periódico El Comercio publicaba, en su edición del 31 de octubre de 1913, “El comandante Olarte ha recogido a Icaza y sus soldados que corrían peligro de ser comidos por los negros hambrientos y sedientos de don Carlos”[5]. Estas líneas tendrían relación con aquella frase placista despectiva: “son cuatro negros pelagatos”. La historicidad antirracista de esta guerra civil obliga a estudiar, desde otras perspectivas semánticas, sus causas sin los estorbos del privilegio racial, social o político partidista y desechar al fin la sacralización de ciertas personalidades referenciales. El Ser (en el concepto filosófico del Abuelo Zenón)[6] y entender en sí mismas a las comunidades negras productoras de historia por comprensión de aquellos tiempos políticos y sociales, por análisis más aproximados a la verdad de la causa y los hechos de aquella rebelión armada y por fin no fomentar mitos discutibles y equivocadas interpretaciones semióticas de esa prolongada violencia material en el territorio esmeraldeño.
Guerra sin dueño
Otorgar en propiedad exclusiva un tiempo de violencia matadora y destructora a una sola persona, por ningún motivo respetable o análisis didáctico sirve para halagar infinitamente, al revés es condena terrible para la posteridad. Es cierto que quienes se consideran adherentes al inventado dueño de esa guerra, romantizan muertes, sufrimientos, odios prolongados y destrucción espiritual y material. Fueron tres años y semanas de combates causantes de siete mil personas muertas y la deuda del Estado ecuatoriano fue de más de setenta millones de sucres-oro, Un dineral imposible para esa época. En la práctica ocurrió la quiebra económica del Estado ecuatoriano y duró más de una década. Aunque también se alcanzaron beneficios políticos y sociales la ciudadanía, por ejemplo, la jornada de 8 horas laborables, se abolió la prisión por deudas y lo más importante se eliminó por fin la esclavización disimulada (adorno político-cultural verbalizado como concertaje). La guerra civil en Esmeraldas debe ser entendida como desquite violento por siglos de esclavización. Más del 90 % de hombres y mujeres combatientes, es decir, casi la totalidad de quienes integraron las organizaciones armadas, fueron de la afroecuatorianidad, sin importar el lugar de procedencia, de Colombia o del Valle del Chota. Por eso, hacer dueño de esa catástrofe a una personalidad es irrespetar y a la vez condenar su memoria, pero también ocultar la respuesta ideológica a la opresión estructural del racismo histórico del Ecuador. Y continuar prolongando, en el tiempo, la malvada subestimación de las personas negras.
Fuente: Resumen Latinoamericano
