El aroma a café recién colado que inunda los hogares venezolanos cada mañana esconde tras de sí una de las transformaciones estructurales más profundas de la historia agrícola contemporánea del país: El Plan Comunal del Café. Lo que durante décadas funcionó como una cadena de asimetrías y subordinación para el campesino de las zonas altas, hoy se redefine bajo un nuevo paradigma económico. El Plan Comunal del Café revolucionó la producción cafetalera como una respuesta integral que democratiza la distribución de la riqueza en el campo y estabiliza el bolsillo del consumidor urbano.
Como el mate para los argentinos, el café ocupa un rol cultural y fundamental en la vida de los venezolanos/as. No es un componente nutricional más de la dieta, es un gesto de compartir, de hospitalidad, de agradecimiento por la visita, de dar. El café es identidad venezolana.
Catalogado formalmente dentro de los productos esenciales de la Canasta Alimentaria Familiar (CAF), el consumo interno se ha consolidado en una escala masiva, alcanzando una demanda doméstica de aproximadamente 1.800.000 de quintales anuales (alrededor de 2.5 kilos per cápita al año). Este mercado masivo estuvo históricamente dominado por un oligopolio de marcas tradicionales. Tras los procesos de reestructuración de la última década, el espectro de la gran industrialización y comercialización privada se consolidó en torno a firmas líderes como Café Amanecer (con la mayor distribución y gasto en mercadeo del país) y Café Flor de Arauca, las cuales controlan el grueso del mercado. Paralelamente, la estatal Corporación Venezolana del Café (CVC) administra marcas históricas como Fama de América y Café Madrid.
Aunque los balances financieros de estas corporaciones de capital cerrado se manejan de manera privada, algunos analistas estiman rentabilidades corporativas sólidas debido a la alta rotación del rubro. La asimetría histórica radicaba en que, mientras el consumidor final adquiría el kilo de café comercial en los supermercados a precios de entre 10 USD y 14 USD, el productor primario escasamente cubría los costos internacionales de los fertilizantes.
La estructura productiva primaria cuenta con más de 250.000 hectáreas sembradas que se distribuye en 21 Estados Venezolanos, pero son los estados Lara y Portuguesa quienes aportan el 84% de la cosecha nacional total, secundado por la Región Andina (Táchira, Mérida y Trujillo) y el eje oriental de Monagas y Sucre.
Son alrededor de 58.000 productores caficultores censados en todo el territorio nacional, de los cuales el 85% son pequeños productores que manejan parcelas familiares menores a las 5 hectáreas. Durante décadas, este eslabón atomizado sufrió el azote de una figura implacable en la economía de los cerros: el intermediario o «puyero». Debido al colapso de las vías agrícolas y la falta de transporte propio, los campesinos se veían obligados a vender su grano «a puerta de finca» a comisionistas que subían en camiones rústicos. El «puyero» (nombre con el que se conoce popularmente al intermediario) imponía un precio de compra asombrosamente bajo, aprovechándose de la necesidad inmediata del productor, para luego revender el grano acumulado a las grandes industrias de las ciudades con márgenes de ganancia exorbitantes. El esfuerzo físico se quedaba en la montaña; la riqueza de la plusvalía bajaba a los valles urbanos. La esencia del capitalismo es el plusvalor arrebatado de las familias campesinas de los cerros.
El Plan Comunal del Café: Si no tienes plan estás en el plan de otro
La vida y la realidad se enmarca siempre en un plan, si no es tu plan es el plan de otro. Durante muchos años los cafetaleros funcionaron en el plan de los empresarios, del capitalismo. Los comuneros caficultores producían en los cerros y bajo el sol, pero la riquezas se las apropiaban otros.
Frente a la vulnerabilidad del productor y la concentración industrial, el Plan Comunal del Café se ha erigido en los últimos dos años como el brazo ejecutor de una transformación radical y revolucionaria. El eje de esta política no es el subsidio asistencialista, sino la intervención directa de los productores organizados en toda la cadena de valor, garantizando que el valor agregado del procesamiento se quede en el territorio comunal.
La estrategia clave ha sido la transferencia legal y operativa de complejos agroindustriales a las bases populares. El ejemplo más contundente de este éxito organizativo es la reciente puesta en marcha de la Empresa de Propiedad Social Directa Comunal (EPSDC) «El Cafetal», ubicada en el estado Portuguesa. Esta mega-infraestructura industrial es administrada plenamente por un circuito que articula a 79 comunas caficultoras de la región.
Los datos productivos avalan la viabilidad del modelo: las comunas organizadas ya controlan y aportan de forma directa cerca del 30% de la producción nacional del rubro. Al asumir el acopio, secado, tostado, empaquetado y distribución, las comunas logran un doble impacto macroeconómico: liquidan la figura del «puyero» al pagar un precio justo y predecible al productor en el campo, y simultáneamente colocan el producto terminado en las redes de consumo local a un precio final más bajo y solidario para el pueblo, rompiendo los márgenes especulativos de la intermediación comercial.
Fuente: Nodal
