La carta lleva fecha del 21 de septiembre y fue enviada a varias comisiones del Congreso estadounidense. En ella el Departamento de Estado informa que Marco Rubio decidió dispensar el requisito de certificación sobre 320 millones de dólares del Financiamiento Militar Extranjero del año fiscal 2025 asignado a Egipto. Reuters obtuvo el documento y lo publicó el 1 de octubre. El memorando que acompaña la decisión, firmado por Rubio el 4 de septiembre, la considera esencial para la relación bilateral y para las prioridades de seguridad nacional de Washington, y menciona en particular el “papel útil” de El Cairo después de Operation Epic Fury, nombre con que el Pentágono designa la campaña contra Irán iniciada junto a Israel a fines de febrero. En qué consistió ese papel, el texto no lo explica.
Egipto recibe alrededor de 1.300 millones de dólares anuales en ayuda militar desde fines de los años ochenta, una renta que empezó a fluir con la paz firmada con Israel en 1979. Una porción de esos fondos está sujeta a condiciones de derechos humanos y democracia que el Ejecutivo puede saltear por razones de seguridad nacional, y eso es lo que suele ocurrir. Biden retuvo tramos en más de una ocasión y en 2024, con la guerra de Gaza en curso, terminó liberando el monto completo por primera vez en su mandato. En la práctica la condicionalidad es una herramienta de presión que se activa o se archiva según la coyuntura. La misma semana en que trascendió la carta, la policía egipcia detuvo a seis periodistas de un medio de verificación e investigación bajo la acusación de difundir desinformación por cuenta de la Hermandad Musulmana.
La decisión gana sentido cuando se la ubica en el calendario de agosto y septiembre. El 7 de agosto Recep Tayyip Erdoğan, Mohammed bin Salman y Shehbaz Sharif firmaron en La Meca un acuerdo de defensa conjunta del que Egipto quedó afuera. Hacia fin de mes Washington sancionó una sucursal del segundo banco egipcio por vínculos financieros con Irán. Xi Jinping aterrizó en El Cairo el 1 de septiembre y al día siguiente habló de una nueva arquitectura de seguridad regional sin injerencias externas. Dos días después Rubio firmó el memorando. Leída en esa secuencia, la dispensa aparece como una jugada en la disputa por el alineamiento egipcio, en un momento en que los propios socios de Estados Unidos dudan de su capacidad para sostener un orden en Asia Occidental. Lo que Washington necesita es que Egipto se quede donde está, fuera del pacto saudí y a una distancia prudente de Pekín, y para eso está dispuesto a pagar.
El Acuerdo de Defensa Conjunta de La Meca considera que un ataque armado contra uno de los firmantes es un ataque contra todos, y el canciller turco Hakan Fidan no tuvo reparos en compararlo con el artículo 5 de la OTAN. En Estambul, el 31 de agosto, la cúpula diplomática y militar de los tres países le dio forma institucional con una secretaría permanente en Arabia Saudita y compromisos de cooperación en industria de defensa. El texto reemplaza el acuerdo bilateral que Riad e Islamabad habían firmado en 2025 e incorpora a Turquía, que tiene el segundo ejército de la OTAN. Pakistán aporta el único arsenal nuclear del mundo musulmán. Arabia Saudita pone el financiamiento y eligió La Meca para la firma.
Ningún enemigo aparece en el texto. Riad aclaró que no pretende formar un bloque ni una alianza sectaria y que el pacto no afecta sus asociaciones con terceros, y Ankara repitió que Irán no figura como amenaza común. Un diplomático árabe que estuvo destinado en Turquía le dio a Mada Masr otra lectura, la de un mensaje saudí sobre su capacidad de armar una estrategia de defensa por fuera del esquema establecido. Ese esquema, en el Golfo, es la tutela estadounidense que arranca con el encuentro entre Roosevelt e Ibn Saud en 1945.
En Teherán hubo menos alarma de la que podía esperarse. El vocero de la cancillería, Esmaeil Baghaei, dijo que Irán no veía motivos de preocupación y que el pacto mostraba un cambio de percepción hacia Estados Unidos y en el enfoque regional de la seguridad. Koorosh Ahmadi, que fue diplomático iraní ante Naciones Unidas, lo atribuyó a la decepción de Riad con la impotencia de Washington. En el Majlis el registro fue más duro. Mahmoud Nabavian advirtió a los sauditas que turcos y pakistaníes no les garantizarían seguridad y Ebrahim Rezaei habló de un acuerdo de papel, mientras algunos clérigos y funcionarios respondieron con amenazas, según recogió Iran International, medio opositor con sede en Londres. Por debajo de esas diferencias, la diplomacia iraní tiende a leer el pacto como una señal del desgaste de la confianza en Estados Unidos antes que como un frente dirigido contra Irán. Además Teherán tiene con quién trabajar adentro, empezando por Pakistán, que hoy funciona como mediador aceptado tanto por Trump como por los mandos iraníes.
La ausencia egipcia tiene explicaciones contradictorias. Desde marzo, al margen de la cumbre árabe-islámica de Riad, El Cairo había participado en consultas a cuatro bandas con sauditas, turcos y pakistaníes, y Ankara empujó un formato cuadrilateral que no prosperó. Tres fuentes sauditas consultadas por Middle East Eye sostienen que fue Riad quien bloqueó el ingreso de Egipto, al menos por ahora, por tensiones bilaterales acumuladas y porque Turquía y Pakistán aportaban más en lo militar. Un exfuncionario egipcio citado por Mada Masr cuenta la historia al revés. Según él, Egipto no va a entrar en una coalición militar encabezada por Arabia Saudita, y si Riad necesita ayuda tiene a mano el Tratado de Defensa Conjunta Árabe, que ambos países integran desde hace décadas. Es posible que las dos cosas hayan pasado a la vez.
Hay también motivos de fondo. Horn Review recuerda que en mayo, después de los ataques iraníes contra los Emiratos, Egipto envió cazas Rafale a Abu Dabi, algo que no hizo por Arabia Saudita en la misma guerra. El Cairo amplía su comercio con India, mientras Pakistán arrastra con Nueva Delhi una rivalidad que viene de la partición y Turquía se alinea con Islamabad en esa disputa. Chatham House enumeró los adversarios que Egipto heredaría si firmara, desde Irán y los hutíes hasta Israel, los Emiratos, Grecia, Chipre e India. Con Grecia y Chipre comparte la arquitectura gasífera del Mediterráneo oriental. Con Abu Dabi comparte el apoyo a Haftar en Libia y la deuda política que dejó la inversión emiratí en Ras el-Hekma en 2024, cuando la libra se desplomaba. Firmar en La Meca lo dejaría del lado de un bloque turco-saudí-pakistaní, enfrentado a la red menos formal que vincula a Israel con los Emiratos e India.
Ankara no abandonó la idea. A mediados de agosto Erdoğan le dijo a Al Jazeera que la incorporación de Egipto era posible y que el acuerdo admite nuevos miembros, y Fidan aseguró que varios países quieren sumarse y que solo faltan resolver cuestiones técnicas. Con Egipto adentro, el cuadrilátero que Turquía viene ensayando desde el Foro de Antalya ganaría la profundidad árabe que Pakistán no le puede dar y se acercaría a una Pax Cilicia, con Turquía como nodo logístico y de seguridad entre el Mediterráneo oriental y el Golfo. La relación entre Erdoğan y Al Sisi se normalizó lo suficiente para que El Cairo trate con Ankara por separado de Riad, y esa misma normalización le quita apuro a cualquier compromiso formal con los turcos.
Para Washington, un Egipto adentro del pacto agregaría el ejército árabe más numeroso y el control de Suez a una estructura de defensa armada sin Estados Unidos, que además incomoda a Israel. Turquía suspendió el comercio con Israel durante la guerra de Gaza y Pakistán ni siquiera lo reconoce. La ayuda militar a Egipto se diseñó en 1979 para que el principal ejército árabe no volviera a integrar una coalición capaz de amenazar a Israel. Cuatro décadas de F-16 y de tanques Abrams ensamblados en Egipto, con generaciones de oficiales formados en academias estadounidenses, dejaron una dependencia doctrinaria y logística difícil de sustituir. La dispensa de Rubio actualiza aquel arreglo, que ahora paga también la abstención egipcia frente a un bloque sunita que prescinde de Washington.
El incentivo convive con castigos. El 24 de julio Estados Unidos aplicó a Egipto un arancel del 12,5 por ciento con el argumento de trabajo forzado en las cadenas de suministro, el mismo instrumento que usó con Libia y, con una tasa menor, con Jordania. Después vino la sanción bancaria, y Al Sisi publicó en la prensa egipcia una columna en defensa de la política exterior independiente de su gobierno la víspera de la llegada de Xi. El patrón se repite en buena parte de la periferia estadounidense, donde aranceles y sanciones secundarias se combinan con dispensas y la lealtad del aliado se evalúa por lo que se abstiene de hacer. Es una de las formas que toma el redespliegue, con un Estados Unidos que reduce su papel de garante del orden regional y amplía el de recaudador de multas y otorgante de excepciones.
Xi Jinping llegó a El Cairo el 1 de septiembre, en su primera visita en diez años y en el aniversario número setenta de las relaciones diplomáticas. En el palacio de Al Ittihadiya respaldó la construcción de una nueva arquitectura de seguridad para Asia Occidental a cargo de los países de la región, rechazó la injerencia externa y presentó una propuesta de cuatro puntos basada en la noción de seguridad común, integral, cooperativa y sostenible que Pekín promueve desde 2014. Dijo que Palestina sigue siendo el núcleo de la cuestión regional y ofreció cooperar en la protección de las rutas marítimas con Ormuz cerrado. Firmaron una declaración conjunta para profundizar la asociación estratégica integral y lanzaron la tercera etapa de la zona industrial chino-egipcia del canal.
China financió buena parte del distrito financiero de la Nueva Capital Administrativa y tiene presencia sólida en la Zona Económica del Canal de Suez, aunque el comercio es desparejo y dejó un superávit chino de 12.000 millones de dólares en los primeros siete meses del año. Lo que Pekín no ofrece son garantías militares. Su discurso sobre una seguridad regional construida por los propios países de la zona se parece bastante al que acompañó la firma en La Meca, y Pakistán, socio del pacto, es a la vez el aliado más cercano de China en Asia y el principal comprador de su armamento. No hay indicios de que Pekín haya intervenido en el acuerdo, pero en Washington difícilmente pasen por alto la coincidencia. El memorando de Rubio se firmó dos días después de que Xi dejara El Cairo.
Con la economía en el estado en que está, Egipto no puede rechazar ofertas. En la primavera el gobierno aumentó 30 por ciento el precio de los combustibles en medio de faltantes y la libra perdió cerca de un 13 por ciento, hasta rozar las 55 unidades por dólar, antes de volver a 51 o 52 en septiembre. Los ingresos del canal siguen golpeados por la inseguridad en el mar Rojo e Israel cerró el paso de Rafah apenas empezó la guerra. Cada uno de los actores que compiten por El Cairo controla algún flujo del que el país depende. Del Pentágono vienen la ayuda y los repuestos, de Abu Dabi las inversiones de emergencia, de Riad los depósitos en el Banco Central y de Pekín el crédito para infraestructura. La política exterior independiente que reivindica Al Sisi consiste en buena medida en administrar esas dependencias sin romper con ninguna.
A cambio, Egipto ofrece mediación. Al Sisi recibió al director de la CIA el 20 de septiembre. El 23, en Naciones Unidas, Abbas Araghchi se reunió con Steve Witkoff y Jared Kushner, con Qatar, Pakistán y Egipto como mediadores, y en menos de 48 horas Teherán propuso reabrir Ormuz y retomar las negociaciones nucleares en siete días a cambio del levantamiento del bloqueo. Trump rechazó la propuesta pero las conversaciones indirectas continúan. Badr Abdelatty volvió a ver a Araghchi en Nueva York el 25 y le planteó el retorno al diálogo como única salida. Reuters observa que el protagonismo egipcio en la mediación con Irán fue menor que en Gaza, donde resultó decisivo para la tregua de octubre de 2025, aunque según el Wall Street Journal fue la inteligencia egipcia la que, en los primeros meses de la guerra, abrió un canal con la Guardia Revolucionaria para los cancilleres reunidos en Riad.
El memorando premia a Egipto por su utilidad en una guerra contra un país con el que venía recomponiendo relaciones. En diciembre de 2024 Masoud Pezeshkian viajó a la cumbre del D-8 en Egipto, primera visita de un presidente iraní desde 2013, y en junio de 2025 Araghchi hizo su tercer viaje a El Cairo, donde se reunió con Al Sisi, según informó IRNA. Egipto también intermedió entre Teherán y el Organismo Internacional de Energía Atómica, y eso alimentó en las monarquías del Golfo la idea de que El Cairo es blando con Irán. Lo que Washington retribuye puede tener que ver con facilidades militares en Suez y en el espacio aéreo egipcio, o con el acceso a lo que circula por esos canales con Teherán. El documento no permite saberlo. Esa relación con Irán forma parte del valor de Egipto para Estados Unidos y es, al mismo tiempo, una de las razones de la desconfianza saudí.
Riad y El Cairo siguen cooperando donde los intereses coinciden. Desde comienzos de año egipcios y sauditas trabajan para sumar a Eritrea a un esquema de seguridad financiado por Arabia Saudita, siguiendo el modelo aplicado con Pakistán y Sudán. Lo que Egipto rechaza son los compromisos automáticos, y el exfuncionario citado por Mada Masr lo dijo sin vueltas al señalar que lo que a Egipto le interesa defender es el mar Rojo y que la seguridad del reino es asunto saudí. En redes sociales circularon mensajes de cuentas cercanas a la corte saudí en contra de la incorporación egipcia.
Washington no pudo impedir que su mayor cliente de armas en el Golfo firmara un pacto de defensa mutua con una potencia nuclear y con un socio problemático de la OTAN. Lo que le queda es evitar que ese pacto se amplíe, y Egipto es la pieza decisiva. Sin El Cairo, La Meca reúne a Riad con dos potencias no árabes. Con Egipto pasaría a ser la primera estructura de defensa colectiva del mundo sunita armada sin consulta a Washington. La estrategia es de contención parcial, y los 320 millones son una de sus herramientas.
Mientras nadie le exija definirse, el arreglo le resulta rentable a Egipto. La prueba vendrá si se reanudan los combates entre Estados Unidos e Irán y misiles iraníes vuelven a caer en territorio saudí, porque entonces Turquía y Pakistán deberán mostrar qué alcance tiene su firma y El Cairo tendrá que justificar ante Riad por qué sus Rafale fueron a Abu Dabi.
Fuente: PIA
