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24/08/21
Regiones: Mundo
Cómo Estados Unidos nos lava el cerebro
Por Juanlu González

En este mes se conmemoran los bombardeos nucleares de Hiroshima y Nagasaki, ejecutados, respectivamente, por Estados Unidos el 6 y el 9 de agosto de 1945. A pesar de ser dos actos de terrorismo de estado sin par en la historia contemporánea, que deberían estar catalogados como crímenes de lesa humanidad, la todopoderosa maquinaria mediática estadounidense los ha blanqueado hasta el punto de convertirlos en actos humanitarios que supuestamente salvaron muchas más vidas que las que cercenaron. Sólo este hecho, nos debería hacer recapacitar cada año acerca de la capacidad que tiene el hegemón mundial de que veamos las cosas según el prisma de sus propios intereses, por muy alejados que estén de la realidad. Es más, el Día Internacional de los Crímenes Estadounidenses contra la Humanidad, iniciativa propuesta en 2017 por la Red de Intelectuales en Defensa de la Humanidad, debería llevar pareja una vertiente permanente de análisis del papel de los medios de comunicación en la preparación, ejecución y justificación de los delitos de la superpotencia.

Cada día que pasa se hace más evidente que, sin la necesaria colaboración de las brigadas mediáticas, sería imposible perpetrar los crímenes de estado que Estados Unidos comete en el conjunto del planeta. A veces actúan a posteriori, deformando relatos o creando épicas inexistentes mediante una labor sistemática, machacona, de martillo pilón, de gota malaya lavadora de cerebros. El caso más significativo lo tenemos con la atribución del más determinante vencedor de la II Guerra Mundial del bando aliado. Recién terminada la contienda, la población de toda Europa sabía de sobra, que quien se había empleado más a fondo y había sido más decisivo en la derrota del nazismo fue la Unión Soviética, cuyas tropas liberaron Berlín y acabaron con Hitler.

Sin embargo, un estudio demoscópico realizado en Francia durante tres etapas de su historia reciente 1945, 1995 y 2004, muestra a las claras cómo se modificó esa percepción en muy poco tiempo. Si en 1945 el 57% de los franceses y francesas sabía positivamente que la URSS había sido quien más había contribuido a ganar la guerra y achacaba a ese mérito sólo en un 20% a EEUU, las tornas se vuelven en poco menos de sesenta años, cuando sólo el 20% se lo adjudica a Moscú y un 58% a Washington. ¿Qué ha sucedido durante este tiempo para dar la vuelta a una realidad objetiva tan clara? Hay que tener en cuenta que más del 90% de las bajas del ejército alemán se produjeron a manos del ejército rojo.

La bandera soviética sobre Berlín tras la llegada de tropas soviéticas, que fueron las primeras en tomar la capital alemana y poner fin a la guerra en Europa.

Para explicarlo, habría que tener en cuenta dos factores muy relacionados entre sí. Por un lado, la demonización de la URSS acontecida durante todo el periodo de la Guerra Fría, con los coletazos subsidiarios añadidos que aún hoy se producen contra Rusia y contra el significado del comunismo. Esta campaña ha llegado a su culmen al equiparar comunismo con nazismo en el Parlamento Europeo en un acto ideológico y profundamente antihistórico (no podemos obviar la sistemática y acreditada compra de intelectuales y periodistas a ambos lados del Atlántico que sigue vigente aun hoy). Por otro lado, y quizá más importante en el caso que nos trae a colación, la inestimable colaboración de Hollywood como máquina de propaganda al servicio de las políticas de Estados Unidos. Y si ello ha ocurrido en un país que se dignó a proteger al cine patrio como parte de la defensa de su identidad, de su cultura y sus empleos, ¿qué no se haría en otros como España que no hicieron lo propio o que ni tenían industria cinematográfica que proteger?

Porque, desgraciadamente, hay mucha gente que se informa —incluso se jacta de ello— a través del cine, y con “cine” nos referimos a la factoría de ficción y propaganda con sede en Hollywood que se sirve en bandeja a todo el planeta. Y nada es inocuo, tampoco casual. La convergencia de los poderes económicos con los poderes del estado (también los militares) en un gobierno profundamente oligárquico como es el estadounidense, conlleva necesariamente la unicidad de los discursos y un mismo programa político. Si a ello unimos las medidas activas de promoción de la bandera mediante permanentes cameos y las enormes subvenciones en forma de exenciones fiscales que recibe el cine, tenemos armado el cansino cóctel con el que se ataca a nuestros cerebros desde la más tierna y moldeable infancia por tierra, mar y aire.

Tampoco es algo nuevo, la primera vez que se tiene constancia del uso patriotero del cine fue en 1898, durante la guerra colonial de EEUU contra España por el dominio de Cuba, en un plano destinado a emocionar a sus masas, la bandera del malvado país que los había «atacado» —la de España— se arriaba violentamente y era sustituida por la enseña gringa. Desde entonces hasta hoy mucho ha llovido, pero se podrían contar con los dedos de la mano las producciones de Hollywood que no cuenten con algún plano donde aparezca la Old Glory.

La primera víctima de la propaganda es el propio pueblo norteamericano, que vive en una auténtica burbuja artificial que los convierte en partícipes de la doctrina de la “responsabilidad de proteger” al mundo, que luego sufrimos en nuestras carnes el resto de habitantes del planeta. Muchos de sus nacionales son incapaces de comprender cómo las políticas de su país son tan odiadas en todo el mundo. Piensan que son una especie de pueblo elegido por dios como garantes de la libertad, la democracia y la justicia. Asumen completamente el excepcionalismo en el que se basa la injerencia norteamericana en todo el mundo. Sin embargo, obvian que es para modelarlo a su antojo y permitir el robo de los recursos que necesita para mantener en marcha la maquinaria industrial y la acumulación de capital por parte de sus multinacionales.

Llamar, pues, democracia a Estados Unidos es un insulto a la inteligencia, ya sea por sus políticas dentro o fuera del país. Un gobierno de ricos para los ricos donde se vulneran los derechos humanos no es nada de lo que sentirse orgulloso y, menos aún, modelo para exportar a ningún sitio. Un país que practica sistemáticamente el terrorismo de estado, que apoya a las tiranías mayores del planeta si sirven a sus intereses, que crea grupos terroristas para usarlos como mercenarios en sus guerras de agresión, que usa el castigo colectivo —la versión moderna de los asedios medievales— para rendir por hambre a poblaciones enteras… es cualquier cosa menos una democracia. Más bien un peligro para la humanidad, para la justicia, la paz y la democracia.

Pero para mantener este estatus quo, además de la industria cinematográfica, es estrictamente necesaria la participación de la prensa. Sin su adoctrinamiento permanente, sin su capacidad para crear opinión en lo inmediato, la población no asumiría como propias las aventuras imperiales, no permitiría la sangría humana y económica que lleva aparejada cada operación bélica, ni permitiría de demonización de líderes de países que pretenden seguir un rumbo propio al margen de las imposiciones norteamericanas. Son parte de una atroz guerra contra el mundo y como tal debe ser tratada. La prensa occidental de masas, esa que llaman grandilocuentemente prensa libre, es uno de los mayores enemigos de la democracia en todo el planeta. Walter Lippmann primero y Chomsky y Hartman después, investigaron sobre los métodos de creación de consenso para conseguir que la opinión pública abrazara cualquier proyecto descabellado de sus gobernantes aunque supusiera la pérdida de vidas humanas y la pérdida de recursos millonarios del erario público. Son un conjunto de técnicas de lavado de cerebros, implementadas mediante acciones de propaganda perfectamente elaboradas, para cuyo desarrollo es imprescindible la colaboración de los mass media corporativos de la mano de gobiernos, multinacionales y el sector financiero.

Estos días de agosto, al rememorar los bombardeos inútiles y criminales de Hiroshima y Nagasaki y el conjunto de delitos de lesa humanidad cometidos por Estados Unidos desde entonces hasta nuestros días, deberíamos preguntarnos hasta qué punto hubieran sido posibles sin la cooperación de la prensa corporativa. Es necesario delimitar la responsabilidad que merecen periodistas y medios en bombardeos, guerras, invasiones, secuestros, torturas… organizadas por el imperio para exigir que sean tratadas en consecuencia. No se trata de atacar la libertad de prensa, todo lo contrario, se trata de que cumpla su cometido de la manera lo más fiel posible para que el acceso a la información sea de verdad un derecho humano, una herramienta de contrapoder y no una mercancía de consumo para domesticar a las masas para que actúen zombificadas y teledirigidas desde poltronas de gobiernos y asientos de consejos de administración.

Fuente:
REDH Argentina

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