La ruptura con Emiratos Árabes Unidos, la reconstrucción del vínculo con Mali, el respaldo militar a Níger, el avance del gasoducto transahariano y la recomposición con España no son episodios aislados. Argelia intenta recuperar capacidad de decisión sobre el espacio que une el Mediterráneo con el Sahel en momentos en que el repliegue francés abrió una nueva disputa por África. Su apuesta recupera la tradición del no alineamiento, pero enfrenta una contradicción central: construir soberanía política mientras su economía continúa dependiendo de los hidrocarburos y del mercado europeo.
La decisión argelina de romper relaciones diplomáticas con Emiratos Árabes Unidos el 10 de septiembre de 2026 puede parecer, observada aisladamente, otro episodio dentro de las múltiples fracturas que atraviesan al mundo árabe. Sin embargo, el comunicado del Ministerio de Asuntos Exteriores de Argelia fue extraordinariamente severo: denunció la multiplicación de acciones “provocadoras u hostiles”, aseguró haber advertido reiteradamente a Abu Dabi y, después de considerar agotadas las posibilidades de preservar el vínculo, ordenó al embajador emiratí abandonar el país en 48 horas. Argelia evitó precisar públicamente la totalidad de los hechos que condujeron a la ruptura, una ausencia que impide presentar como comprobadas algunas de las interpretaciones que circularon posteriormente, pero el deterioro bilateral venía desarrollándose desde mucho antes y se inscribe en divergencias concretas sobre Marruecos, el Sáhara Occidental, Israel, Libia y, crecientemente, el Sahel.
La ruptura adquiere otra dimensión cuando se la coloca dentro de la secuencia política de los últimos meses. En julio Argelia y Mali comenzaron a cerrar la crisis diplomática que había enfrentado a ambos gobiernos; durante agosto se aceleró la cooperación con Níger y, frente a la insurrección militar ocurrida en Niamey, Argel envió cuatro cazas Su-30 para respaldar a las autoridades nigerinas; tres meses antes habían comenzado oficialmente las obras argelinas del gasoducto transahariano que pretende conectar Nigeria con el Mediterráneo atravesando territorio nigerino; mientras todo esto ocurría hacia el sur, Pedro Sánchez viajaba a Argel para reconstruir la relación hispano-argelina y definía nuevamente al país como socio estratégico de España. Lo que aparece detrás de estos acontecimientos no es, por lo tanto, una Argelia cambiando simplemente de aliados, sino un Estado intentando recuperar capacidad de iniciativa en un territorio sobre el que confluyen intereses europeos, estadounidenses, rusos, chinos, turcos, emiratíes y marroquíes.
La geografía explica una parte de esa necesidad. Argelia, con más de 2,3 millones de kilómetros cuadrados, es el país más extenso de África y conecta físicamente dos espacios que la cartografía política suele presentar separadamente: el Mediterráneo y el Sahel. Limita con Túnez, Libia, Níger, Mali, Mauritania, Marruecos y el Sáhara Occidental y posee más de seis mil kilómetros de fronteras terrestres sobre el Sahara y el Sahel. Para Francia, Estados Unidos, Rusia o Emiratos Árabes Unidos la región puede constituir un espacio de proyección; para Argelia constituye su propia periferia territorial. Allí reside una diferencia fundamental para comprender la política que está comenzando a desarrollar el gobierno de Abdelmadjid Tebboune: Argelia no desembarca en el Sahel porque, geográfica, histórica y políticamente, ya forma parte de él.
El regreso al sur: seguridad, energía y una nueva relación con la AES
El acercamiento con la Alianza de Estados del Sahel resulta particularmente significativo porque apenas un año atrás Argelia y los nuevos gobiernos sahelianos atravesaban una de las crisis más profundas de su historia reciente. La decisión de Bamako de abandonar en 2024 los Acuerdos de Argel de 2015 había cuestionado el papel histórico de mediación argelino en el conflicto maliense, mientras que el derribo de un dron de Mali cerca de la frontera común durante 2025 produjo una escalada que involucró a toda la AES. Durante meses pareció posible que Mali, Burkina Faso y Níger construyeran su nueva arquitectura regional marginando precisamente al Estado que durante décadas había sido uno de los principales interlocutores políticos y militares del Sahara central.
Esa dinámica comenzó a revertirse durante 2026. El 10 de julio el gobierno maliense decidió el retorno de su embajador a Argel y reabrió su espacio aéreo a las aeronaves civiles y militares argelinas; Tebboune respondió inmediatamente ordenando el regreso del embajador de Argelia a Bamako. No desaparecieron las diferencias respecto de los grupos armados del norte maliense, tampoco la desconfianza producida por la crisis anterior, pero la decisión reconocía una realidad material difícil de modificar mediante decretos diplomáticos: Argelia y Mali comparten más de 1.300 kilómetros de frontera y un espacio sahariano atravesado por poblaciones, comercio, organizaciones armadas, redes familiares y rutas históricas que ningún Estado puede controlar de manera completamente independiente del otro.
Níger llevó esa recomposición mucho más lejos. Durante 2026 Argel y Niamey profundizaron acuerdos petroleros, energéticos, comerciales y de infraestructura, mientras Sonatrach expandía su cooperación con la empresa estatal nigerina SONIDEP. Pero el salto cualitativo ocurrió después de la insurrección militar del 29 de agosto. A pedido del gobierno nigerino, Tebboune autorizó el envío de dos patrullas de cazas Sukhoi Su-30 —cuatro aeronaves en total— acompañadas por un avión cisterna. Los aviones aterrizaron en Niamey el día 30 y el propio Ministerio de Defensa argelino presentó la operación como expresión de la “cooperación estratégica” entre ambos Estados. Fuerzas nigerinas recibieron también asistencia rusa para recuperar instalaciones militares, lo que muestra que la defensa del gobierno de Abdourahamane Tiani reunió circunstancialmente a dos actores, Argelia y Rusia, cuyas agendas regionales no necesariamente coinciden en todos los escenarios.
El episodio tiene un significado que supera largamente el número de aviones enviados. La doctrina exterior argelina estuvo históricamente marcada por una fuerte resistencia a las intervenciones militares fuera de sus fronteras, principio asociado tanto a la experiencia de la guerra anticolonial como a una concepción de soberanía construida frente a más de un siglo de ocupación francesa. La reforma constitucional de 2020 flexibilizó jurídicamente aquella restricción, pero la prudencia continuó predominando. El despliegue sobre Níger no permite afirmar que Argelia haya abandonado esa tradición ni que esté construyendo una política intervencionista; sí permite advertir que está modificando la definición de su perímetro de seguridad. Cuando una desestabilización ocurre a pocos cientos de kilómetros de sus fronteras, sobre un territorio atravesado por infraestructura energética y en un Estado que Argel considera estratégico, la seguridad argelina parece comenzar antes de alcanzar la línea fronteriza.
La capacidad material para sostener esa política tampoco es menor. El gasto militar de toda África alcanzó en 2025 unos 58.200 millones de dólares, según SIPRI, de los cuales 35.000 millones correspondieron al norte africano. Argelia constituye uno de los componentes decisivos de ese gasto regional y posee unas fuerzas armadas construidas durante décadas alrededor de una hipótesis de defensa territorial de gran escala. El aumento de los recursos destinados a defensa debe observarse también dentro de la carrera estratégica con Marruecos, pero proporciona a Argel algo que pocos Estados africanos poseen simultáneamente: extensión territorial, recursos energéticos, capacidad militar y autonomía financiera relativa frente a las instituciones occidentales de crédito.
Sin embargo, reducir la aproximación a Níger a una cuestión militar dejaría afuera posiblemente el componente más importante de la estrategia. El 4 de junio Sonatrach inició oficialmente las obras del tramo argelino del Trans-Saharan Gas Pipeline (TSGP), proyecto que pretende unir los yacimientos nigerianos con el Mediterráneo atravesando Níger y Argelia. La empresa argelina estima que la infraestructura podría transportar entre 20.000 y 30.000 millones de metros cúbicos de gas por año hacia los mercados internacionales. Dentro de Argelia, el ducto seguirá el corredor de la carretera transahariana hasta Hassi R’Mel, desde donde podrá conectarse con la gigantesca infraestructura gasífera que conduce hacia el Mediterráneo.
Seguridad y energía dejan entonces de constituir dos políticas diferentes. La estabilidad de Níger significa para Argelia seguridad fronteriza, pero también significa petróleo, exploración, carreteras, comercio y la posibilidad de consolidar un corredor energético norte-sur capaz de aumentar considerablemente su peso frente a Europa. Incluso la histórica rivalidad con Marruecos aparece aquí bajo otra forma: mientras Rabat participa del proyecto de gasoducto Nigeria-Marruecos por la fachada atlántica africana, Argelia propone una conexión transahariana mucho más directa. Detrás de las tuberías aparecen dos proyectos de articulación territorial y dos Estados que llevan décadas disputando influencia en el Magreb.
Esta dimensión permite comprender mejor el acercamiento a la AES. Los gobiernos de Mali, Burkina Faso y Níger construyeron una parte importante de su legitimidad sobre el cuestionamiento de las antiguas estructuras francesas de subordinación política, monetaria y militar. El retiro de tropas francesas y estadounidenses abrió posibilidades de soberanía, pero también un enorme vacío que rápidamente comenzó a ser disputado por Rusia, Turquía, China y las monarquías del Golfo. Desde una perspectiva decolonial, ése es uno de los interrogantes centrales del proceso saheliano: expulsar a la antigua metrópoli no garantiza por sí mismo la descolonización si la dependencia simplemente cambia de bandera.
Argelia dispone frente a ese problema de una posición singular. No necesita construir una base militar para convertirse en vecino, posee empresas estatales capaces de participar en proyectos de infraestructura, comparte la experiencia histórica de una guerra de liberación contra Francia y mantiene una concepción particularmente fuerte de soberanía estatal. Pero eso no convierte automáticamente su política en una relación horizontal entre países del Sur. Argelia también persigue intereses nacionales, busca mercados, seguridad, recursos y capacidad de influencia. Una mirada antiimperialista rigurosa exige justamente evitar la idealización: la diferencia entre integración soberana y construcción de una nueva jerarquía regional dependerá de cuánto de esa infraestructura quede bajo control africano, cómo se distribuyan sus beneficios y qué capacidad conserven Níger, Mali y Burkina Faso para definir sus propias prioridades.
Emiratos, Marruecos y la disputa por quién organiza el espacio africano
La ruptura con Emiratos Árabes Unidos debe insertarse en ese escenario. Abu Dabi dejó hace tiempo de actuar solamente como una monarquía petrolera del Golfo y desarrolló una extensa política africana mediante inversiones, logística, infraestructura portuaria, financiamiento y asociaciones políticas y militares. Esa expansión no constituye por definición una política contra Argelia, pero sus intereses comenzaron a cruzarse en varios puntos especialmente sensibles para Argel: el Sáhara Occidental, Marruecos, Libia y el Sahel. Emiratos mantiene una estrecha relación con Rabat, respalda la posición marroquí sobre el Sáhara Occidental y fue el primer Estado árabe en abrir un consulado en El Aaiún, mientras Argelia continúa defendiendo la autodeterminación saharaui y sosteniendo al Frente Polisario. A ello se agregó desde 2020 la normalización emiratí y marroquí con Israel y el posterior crecimiento de la cooperación militar entre Tel Aviv y Rabat.
No existen elementos suficientes para sostener que Emiratos, Marruecos e Israel constituyan un bloque coordinado cuyo objetivo sea cercar a Argelia. Afirmarlo convertiría convergencias geopolíticas verificables en una explicación conspirativa que los datos disponibles no permiten demostrar. Lo comprobable es más interesante: tres actores estrechamente relacionados mantienen posiciones enfrentadas con Argel en cuestiones centrales para su seguridad y, simultáneamente, amplían su presencia sobre territorios que Argelia considera estratégicos. La preocupación argelina puede entenderse entonces menos como reacción a una conspiración que como respuesta a una modificación objetiva de la correlación regional de fuerzas.
Libia muestra claramente esa disputa. Argelia comparte casi mil kilómetros de frontera con un Estado que desde la intervención de la OTAN de 2011 permanece fragmentado institucional, territorial y militarmente. Aquella guerra constituye además un antecedente fundamental para comprender la doctrina argelina contemporánea: la destrucción del Estado libio no quedó contenida dentro de Libia, sino que dispersó armas, combatientes y redes hacia el Sahel, alimentando una cadena de inestabilidad que alcanzó Mali y transformó la seguridad de toda la región. Emiratos mantuvo durante años vínculos estrechos con el campo de Khalifa Haftar, mientras Turquía consolidaba su influencia en el oeste libio y diferentes potencias convertían el territorio en escenario de competencia. Para Argelia, la experiencia libia constituye casi una demostración histórica de aquello que pretende evitar en su frontera sur: Estados debilitados cuya soberanía termina fragmentada entre intereses extranjeros.
La posición argelina no surge entonces solamente de una reivindicación abstracta del principio de no intervención. Está atravesada por la memoria de lo ocurrido cuando las potencias occidentales decidieron que el cambio político libio podía imponerse mediante bombardeos. La caída de Muammar Gaddafi fue presentada en 2011 como una victoria humanitaria; desde el Sur, sus consecuencias regionales permiten una lectura diferente. Quince años después, Libia continúa dividida y buena parte del Sahel sigue pagando el costo de aquella intervención. La actual insistencia argelina en soluciones regionales y en el rechazo a las injerencias externas debe leerse también desde esa experiencia.
Es allí donde la expansión emiratí adquiere para Argel un significado mayor. Tebboune había advertido meses antes de la ruptura sobre el papel de un “micro-Estado” que, sin mencionarlo directamente, vinculó con consecuencias negativas en Libia, Sudán y el Sahel. Cuando el Ministerio de Exteriores rompió finalmente las relaciones el 10 de septiembre, habló de una acumulación de actuaciones hostiles y no de un único incidente. La respuesta emiratí evitó una escalada equivalente y manifestó su deseo de que la ruptura fuese temporal, lo que demuestra además que la interpretación argelina no es compartida por Abu Dabi.
El conflicto revela una disputa más amplia que la bilateral: quién tendrá capacidad para organizar políticamente los espacios que está abandonando el viejo orden neocolonial. La pérdida de influencia francesa no está produciendo un vacío permanente, sino una competencia feroz por ocuparlo. Rusia ofrece seguridad; China infraestructura y financiamiento; Turquía combina comercio, diplomacia y defensa; Emiratos capital, logística y redes políticas; Estados Unidos intenta conservar posiciones estratégicas después de perder algunas de sus principales plataformas militares en el Sahel. La pregunta decisiva desde África no debería ser cuál de esas potencias reemplazará mejor a Francia, sino si los propios Estados africanos pueden impedir que la emancipación de una dependencia termine inaugurando la siguiente.
Europa y la contradicción del no alineamiento
La política argelina se vuelve todavía más interesante cuando se observa hacia el norte, porque mientras confronta con Emiratos y reconstruye su relación con el Sahel, Argelia profundiza simultáneamente sus vínculos con Europa. Pedro Sánchez visitó Argel el 20 de julio y anunció junto con Tebboune una nueva etapa bilateral, incluida la celebración de la VIII Reunión de Alto Nivel. El gesto cerraba progresivamente la crisis iniciada en 2022, cuando Madrid modificó su posición histórica respecto del Sáhara Occidental y respaldó el proyecto marroquí de autonomía. Durante su visita, Sánchez definió a Argelia como “socio estratégico” y destacó un dato especialmente revelador: en lo transcurrido de 2026 Argelia había vuelto a convertirse en el principal proveedor de gas natural de España.
Italia representa otra pieza fundamental. Roma considera a Argelia un país prioritario de su política mediterránea y del Plan Mattei y señala oficialmente que se convirtió en su principal proveedor de gas. Tras los acuerdos Sonatrach-ENI impulsados desde 2022, el gas argelino llegó a cubrir alrededor del 39% de las importaciones italianas. Italia es además el tercer socio comercial de Argelia, su principal cliente y uno de sus principales proveedores, mientras empresas italianas participan en energía, infraestructura, construcción, defensa y agroindustria.
Los números muestran hasta dónde llega esa interdependencia. En 2025 la Unión Europea concentró el 49,6% del comercio exterior argelino. Los intercambios de bienes alcanzaron 43.400 millones de euros y las compras europeas a Argelia sumaron 26.500 millones; de ellas, 24.700 millones —el 93,2%— correspondieron a productos minerales. Argelia, a su vez, se mantuvo como tercer proveedor de gas natural de la Unión Europea. Difícilmente pueda hablarse entonces de una ruptura argelina con Occidente: prácticamente la mitad de su comercio continúa vinculada al mercado europeo.
Aquí aparece la principal contradicción de su proyecto de autonomía. Entre 2020 y 2024 los hidrocarburos representaron alrededor del 83% de las exportaciones argelinas, el 46% de los ingresos presupuestarios y el 13% del PIB, según el Banco Mundial. El país alcanzó en 2025 un PIB cercano a los 287.000 millones de dólares y un crecimiento del 3,8%, pero continúa dependiendo extraordinariamente del petróleo y el gas para financiar al Estado, obtener divisas y sostener su política social.
Este dato obliga a matizar cualquier lectura excesivamente épica de la soberanía argelina. Argelia posee mucha mayor autonomía que numerosos países africanos porque dispone de hidrocarburos, empresas estatales poderosas, muy bajo endeudamiento externo y capacidad militar propia; pero esa soberanía continúa asentada sobre una estructura económica que reproduce algunos rasgos clásicos de la división internacional del trabajo: exportación masiva de materias primas e importación de tecnología, maquinaria y productos de mayor valor agregado. La propia relación con Europa lo muestra con claridad. Mientras el 93% de las compras europeas a Argelia son minerales, las exportaciones europeas hacia el país están encabezadas por maquinaria, productos industriales, químicos y alimentos.
El desafío decolonial aparece precisamente allí. No alcanza con cambiar el destino del gas, negociar mejores contratos o diversificar socios si la matriz productiva continúa asignando al país el lugar de proveedor de recursos naturales dentro de la economía mundial. El TSGP puede fortalecer extraordinariamente la posición negociadora argelina, pero también puede profundizar esa especialización si el gas nigeriano simplemente atraviesa Níger y Argelia para alimentar las necesidades europeas sin generar industrialización, cadenas regionales de valor, acceso energético y desarrollo dentro de África. La diferencia entre un corredor de integración africana y un corredor extractivo no estará dada por el origen geográfico de sus propietarios, sino por quién controla la infraestructura, dónde queda la renta y qué sociedades se benefician de ella.
Esa contradicción ayuda a comprender por qué la reivindicación del no alineamiento realizada por Tebboune el 1° de septiembre tiene hoy un significado diferente al de la Guerra Fría. El presidente lo definió como una “opción soberana renovada” frente a las profundas transformaciones del sistema internacional y vinculó explícitamente esa posición con la indivisibilidad de la soberanía y con el rechazo a la aplicación selectiva del derecho internacional. No se trata simplemente de recuperar una consigna histórica: Argelia intenta adaptar una de las grandes tradiciones diplomáticas nacidas de Bandung y del Tercer Mundo a un sistema en el que las líneas de poder son mucho más complejas.
Durante la Guerra Fría, no alinearse significaba fundamentalmente preservar autonomía frente a dos grandes bloques. En el mundo actual implica algo diferente: vender gas a España e Italia, comprar tecnología y mantener cooperación estratégica con China, conservar una relación militar histórica con Rusia, reconstruir el vínculo con Mali, asistir militarmente a Níger y romper con Emiratos cuando Argel considera que su actuación atraviesa líneas estratégicas propias. Visto desde la vieja lógica binaria, ese comportamiento puede parecer contradictorio; observado desde la búsqueda de autonomía, presenta una coherencia mucho mayor.
Pero el no alineamiento del siglo XXI tampoco debería confundirse con equidistancia moral o neutralidad. La tradición política que dio nacimiento a la Argelia independiente nunca fue neutral frente al colonialismo. La revolución argelina convirtió a Argel durante las décadas de 1960 y 1970 en uno de los grandes centros políticos del Tercer Mundo y en lugar de encuentro de movimientos de liberación africanos, asiáticos y latinoamericanos. Aquella política no consistía en aislarse de las potencias sino en intentar relacionarse con ellas sin aceptar que ninguna tuviera derecho a decidir el destino del país.
Sesenta años después, el escenario es diferente, pero la pregunta continúa vigente. Francia perdió buena parte de su influencia política y militar en el Sahel; Estados Unidos debió abandonar posiciones que consideraba estratégicas; Rusia aumentó su presencia de seguridad; China consolidó su peso económico; Turquía y Emiratos se transformaron en actores africanos y Europa busca asegurar energía y minerales en un continente cuya población y mercados tendrán un peso creciente durante las próximas décadas. El viejo orden retrocede, pero todavía no está claro qué estructura lo reemplazará.
Es en esa transición donde Argelia intenta recuperar centralidad. Sus fortalezas son considerables: territorio, energía, fuerzas armadas, posición mediterránea, memoria anticolonial y una capacidad financiera que reduce la dependencia respecto de organismos multilaterales. Sus debilidades también lo son: una economía todavía petrolera, tensiones con Marruecos que bloquean cualquier verdadera integración magrebí, una relación compleja con Mali, fronteras sometidas a fuertes presiones de seguridad y una dependencia comercial europea que limita el margen de maniobra.
Por eso el verdadero examen de la política argelina no será cuánto pueda confrontar con Emiratos ni cuántos cazas pueda enviar a Níger. Será si consigue transformar esa acumulación de recursos en una arquitectura regional que produzca mayor soberanía africana. Si el gas nigeriano atraviesa Níger y Argelia pero la renta termina alimentando fundamentalmente las necesidades industriales europeas, el mapa habrá cambiado sin alterar demasiado la estructura. Si la retirada francesa es reemplazada simplemente por bases, mercenarios, empresas y capitales provenientes de otras potencias, habrá cambiado el administrador de la dependencia, pero no necesariamente la dependencia.
Allí está la dimensión más profunda del movimiento argelino. La disputa actual por el Sahel no debería reducirse a una competencia entre Occidente y Rusia, Estados Unidos y China o Francia y sus antiguos territorios coloniales. Esa manera de mirar África reproduce precisamente aquello que dice querer explicar: convierte nuevamente a los africanos en objetos de una confrontación protagonizada por otros. Argelia introduce una posibilidad diferente, aunque todavía no una respuesta definitiva: que uno de los grandes Estados del continente intente construir capacidad regional propia y negociar con todos sin entregar a ninguno el derecho de organizar su entorno.
El aterrizaje de cuatro Su-30 argelinos en Niamey, la reconciliación con Mali, las obras del gasoducto transahariano, la ruptura con Emiratos y la recomposición con España forman parte de ese mismo interrogante. Argelia parece haber comprendido que el repliegue de la vieja arquitectura francesa abre una oportunidad histórica, pero también un peligro: que el vacío colonial sea ocupado inmediatamente por nuevas formas de subordinación.
El desafío, entonces, no consiste solamente en recuperar influencia. Consiste en decidir para qué utilizarla. Si Argelia consigue convertir su peso energético, militar y diplomático en integración productiva, infraestructura compartida y mayor capacidad africana de decisión, el viejo no alineamiento podrá adquirir un contenido nuevo. Si se limita a administrar corredores que conduzcan materias primas africanas hacia los centros industriales externos, habrá conquistado autonomía geopolítica sin modificar la estructura económica heredada del colonialismo. Entre esas dos posibilidades se juega buena parte del verdadero regreso de Argelia al Sahel.
Fuente: PIA
