El presidente de Estados Unidos esperaba al pie de la escalerilla. Donald Trump, acompañado de la primera dama, recibió personalmente a Xi Jinping y a Peng Liyuan en una ceremonia con guardia de honor, banda militar que interpretó ambos himnos, salva de 21 cañonazos, una exhibición de seis F-16 y seis F-22 y el sobrevuelo de dos bombarderos B-1 Lancer.
Es la primera visita de Estado de un líder chino a Estados Unidos en más de una década, y llega meses después de la visita de Trump a Pekín en mayo. La lectura fácil, la que dominará los titulares occidentales, es la del “espectáculo”: Trump, maestro del show, agasajando a un rival para arrancarle concesiones.
La lectura más exigente, y la que sostiene este análisis, es otra, la magnitud del ritual, la tregua comercial que se prorroga en lugar de resolverse, las presiones políticas que asfixian a la Casa Blanca y el retroceso de la carta taiwanesa configuran un cuadro coherente.
Washington no ha conseguido doblegar a China ni con aranceles, ni con presión tecnológica, ni con la retórica de la competencia estratégica. Se ve obligado a gestionar la relación con un actor que ya reconoce, de hecho, como par.
Lo que Trump no hace con nadie
El protocolo es lenguaje, según la cobertura del SCMP, que cita a Fox News, la de Xi fue la primera bienvenida presidencial en Andrews a un líder extranjero, exceptuando a los papas, desde que John F. Kennedy recibió al primer ministro británico Harold Macmillan en 1962.
Trump, además, nunca había recibido a un mandatario en esa base; lo habitual es esperarlos en la Casa Blanca. Los precedentes recientes lo confirman. Cuando la primera ministra japonesa Sanae Takaichi visitó Washington en marzo, la recibió en Andrews un coronel de la Fuerza Aérea, no el presidente.
Esta misma semana, Takaichi se reunió con Trump en Nueva York durante la Asamblea General de la ONU, un día antes de la llegada de Xi, y los medios chinos subrayaron que fue recibida por funcionarios japoneses, sin alfombra roja, sin delegación de protocolo y sin presencia oficial estadounidense.
El contraste entre el trato al principal aliado asiático y el trato al principal competidor es, en sí mismo, un dato geopolítico. Diao Daming, profesor de la Universidad Renmin, lo calificó de excepcionalmente raro en la historia diplomática estadounidense y lo interpretó como señal de la prioridad que Washington concede a la cumbre.
Sun Chenghao, de la Universidad de Tsinghua, vio en el recibimiento “una señal política clara” de que Trump aprecia al líder chino y quiere avanzar mediante la diplomacia entre jefes de Estado. Incluso un observador estadounidense poco sospechoso de simpatía hacia Pekín, Graham Allison, ex decano de la Escuela Kennedy de Harvard, habló de un “respeto sin precedentes”.
Hay un detalle aún más elocuente, el SCMP recuerda que ese gesto no se le concedió a Trump durante su visita a Pekín en mayo. Es decir, Estados Unidos ofrece un trato ceremonial superior al que recibió.
Se puede argumentar que Trump lo hace por cálculo, para diferenciarse de sus antecesores, como sugiere el economista John Gong, de la Universidad de Negocios Internacionales y Economía de Pekín. Pero incluso si así fuera, la pregunta pertinente es por qué necesita hacerlo: se invierte en cortesía con quien se necesita, no con quien se ha derrotado.
La tregua de Busan: el arte de aplazar
El segundo indicador es económico. Mientras Xi aterrizaba, el secretario del Tesoro, Scott Bessent, anunció que la tregua arancelaria pactada en Busan, que expiraba en noviembre, se prorroga del 10 de noviembre al 10 de enero. No es una solución, es una prórroga corta, de dos meses, más breve de lo que muchos observadores esperaban, y ya había sido extendida en agosto.
Quienes defienden el éxito estadounidense señalarán que la tregua se mantiene y que no hubo escalada. Pero la lectura opuesta es más consistente con los hechos. Tras cerca de dos años de guerra comercial, Washington no logró imponer un acuerdo estructural; lo que obtiene, una y otra vez, es tiempo. Y el detalle más significativo del proceso es quién propuso qué.
Según Bessent, en una reunión no programada en la sede del Banco Mundial el miércoles por la mañana, la parte china planteó un “acuerdo más grande”. El funcionario estadounidense respondió que su país estaba abierto tanto a continuar el arreglo de Busan como a examinar ese pacto ampliado: “estamos bien con ambos”. Esa reunión llegó después de ocho horas de conversaciones entre Bessent y el viceprimer ministro He Lifeng en Nueva York, el domingo, que concluyeron sin resultados sustanciales.
La secuencia importa. La iniciativa de ampliar el marco proviene de Pekín; Washington administra y reacciona. Shen Yi, de la Universidad de Fudan, sostiene que el ciclo vicioso de aranceles de represalia se ha detenido o, al menos, suspendido, lo que indicaría que el mecanismo bilateral de consulta económica funciona, y que Washington va aceptando la premisa china de que el comercio y la inversión son mutuamente beneficiosos y no deben quedar enteramente subordinados a la seguridad. Es la valoración de un investigador chino, pero coincide con lo observable: una superpotencia que apostó por el desacople coercitivo acaba negociando calendarios de pausa.
Existe además una agenda de fondo, que abarca compras agrícolas, adquisición de aeronaves, tecnología de semiconductores, minerales críticos y la eventual prórroga de la tregua. Wang Yong, de la Universidad de Pekín, advirtió que es irreal esperar un “megaacuerdo” súbito que resuelva todo, y que lograr acuerdos accionables en esos capítulos ya tiene valor considerable. Esa es la lógica de una relación entre iguales: no se pacta la rendición de nadie, se construye un régimen de coexistencia por partes.
El B-1, la mueca y la brecha que se cierra
El episodio más comentado de la ceremonia fue casi anecdótico. Durante el sobrevuelo de los B-1, las cámaras captaron a Trump encogiéndose, apretando los dientes y bajando el saludo por el estruendo, mientras Xi seguía el avión con la mirada y una reacción mínima. “Eso fue muy ruidoso”, comentó el presidente estadounidense. El vídeo circuló con profusión en redes chinas y estadounidenses.
Sería ligero fundar un análisis en una mueca. Pero el episodio tiene una resonancia histórica, durante décadas, en China se interpretó la reacción de sus dirigentes ante el material bélico estadounidense como símbolo de la brecha militar. La imagen clásica es la de 1980, cuando el almirante Liu Huaqing, en su primera visita a un portaaviones norteamericano, se puso de puntillas para observar.
Que ahora sea el presidente de Estados Unidos quien exhiba incomodidad ante su propio armamento, mientras el líder chino permanece impasible, invierte simbólicamente esa imagen. Los propios medios chinos recuerdan que Trump reaccionó poco cuando Putin giró tres veces la cabeza ante los cazas en Anchorage, el verano pasado; los símbolos son azarosos, pero se acumulan.
Más sustancial es el dato estratégico. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, describió la modernización militar china como “rápida, formidable y holística”, y el secretario de Estado, Marco Rubio, admitió que ambos países poseen probablemente los dos ejércitos más poderosos del mundo, y que China protagoniza “probablemente el mayor rearme de la historia”.
La cobertura internacional añade que China ha reducido la brecha tecnológica en varios ámbitos y que en algunos, como el reabastecimiento satelital y los misiles hipersónicos, habría tomado la delantera.
Sobre las pruebas de vuelo del caza de sexta generación J-36, desde China se admite que no pudo confirmar las imágenes que circulan en redes. Aun con esas cautelas, el patrón es nítido, el discurso oficial estadounidense ya no habla de contener a un retador, sino de administrar a un igual militar.
“Estabilidad estratégica constructiva”: el marco de Pekín
El concepto que articula la posición china es el de un nuevo marco de “estabilidad estratégica constructiva”, surgido de la cumbre de Pekín de mayo. Los investigadores chinos citados coinciden en que el éxito de esta visita no depende de grandes titulares, sino de consensos prácticos y cautelosos que llenen de contenido ese marco.
Según Wang Yong, la prioridad de Pekín es estabilizar los vínculos reforzando el marco mediante acuerdos concretos y mecanismos de comunicación, y preservando el comercio normal en sectores no sensibles.
Lo relevante, desde una lectura multipolar, es el cambio de posición relativa. Wang sostiene que lo más profundo de esta etapa es el papel cada vez más proactivo de Pekín en la orientación de la relación bilateral, consecuencia de un cambio sustantivo en el equilibrio de poder que habría obligado a Washington a reconocer a China como competidor de igual rango. Shen Yi añade una advertencia dirigida a quienes minimizan este reequilibrio: subestiman el valor del consenso estratégico y desconocen lo avanzado mediante los mecanismos establecidos.
El discurso escrito de Xi, difundido por Xinhua tras su llegada, condensa la apuesta. China y Estados Unidos “deben ser socios y no rivales”, dijo, y la “gran revitalización de China” y el objetivo de “hacer grande a América de nuevo” pueden ser mutuamente inclusivos y reforzarse.
Es una fórmula hábil, adopta el lema de Trump y lo integra en el proyecto nacional chino, presentando la prosperidad de una potencia como compatible con la de la otra. Detrás hay un mensaje que Pekín repite, no busca desplazar violentamente a nadie, pero tampoco aceptará un orden en el que su ascenso sea tratado como amenaza.
La delegación que acompañó a Xi confirma la seriedad del enfoque: Cai Qi, quinto en la jerarquía y jefe de gabinete del presidente; el canciller Wang Yi; el ministro de Comercio Wang Wentao y el de Finanzas Lan Foan, con He Lifeng y el viceministro Ma Zhaoxu esperando en la pista. Es una delegación económica, diplomática y política, diseñada para negociar acuerdos, no para posar.
Dos calendarios políticos, dos grados de urgencia
Ninguna cumbre se entiende sin los calendarios internos. Rush Doshi, del Consejo de Relaciones Exteriores, lo resumió con precisión, Trump afronta las elecciones intermedias en menos de seis semanas, mientras que Xi regresa a casa para iniciar un año de preparación del congreso del Partido del próximo otoño, donde se espera que asegure otro mandato de cinco años.
La caída de la aprobación de Trump amenaza con arrastrar a los republicanos en noviembre, con votantes que culpan a su administración por los precios elevados y una economía frágil. Pekín, por su parte, enfrenta un repunte económico lento y un quinto pleno en octubre para discutir la nueva composición de la dirigencia.
Se dirá que ambos lados tienen debilidades, y es cierto. Pero la asimetría es reveladora. Trump necesita resultados visibles y rápidos, y la presión electoral acorta su horizonte; Xi opera con horizonte plurianual y con un calendario político interno previsible.
Esa diferencia de tiempos otorga ventaja negociadora al que puede esperar. Que la prórroga de la tregua sea corta también sugiere que ninguna de las partes quiere comprometerse demasiado antes de noviembre, pero solo una de ellas está bajo la amenaza de perder el control del Congreso.
Hay además un dato de política interna estadounidense que ilustra la fragmentación: mientras Xi llegaba, las grandes cadenas de televisión, que forman parte del pool de la Casa Blanca (ABC, CBS, CNN, Fox News y NBC), mantenían su boicot a la cobertura de los actos públicos de Trump, en protesta por el veto a varios medios, entre ellos CNN.
Según el New York Times, la llegada del líder chino fue captada por unos pocos medios digitales pequeños, porque los equipos que esperaban una resolución judicial que levantara el veto desmontaron tras el aplazamiento del juez. Un país cuyo presidente no puede garantizar cobertura de un acontecimiento diplomático de primer orden proyecta una imagen de división que dificulta, como señala el propio análisis, que los funcionarios chinos fijen el tono de un vínculo estable.
Taiwán: cuando la carta pierde valor
El capítulo más delicado es Taiwán. Trump lo ha llamado antes una “muy buena ficha de negociación”, expresión que en sí misma resume la lógica transaccional que tanto inquieta en Taipéi. Segun se pudo saber previamente que Washington estudiaba retrasar las ventas de armas a la isla antes de la visita de Xi.
Aunque se trata de una información periodística y no de una decisión confirmada, es coherente con el clima de la cumbre, una Casa Blanca que administra los tiempos de sus compromisos con Taiwán en función de una negociación con Pekín.
Shen Yi ofrece la lectura china: la “carta de Taiwán” fue históricamente un subproducto de una dinámica de poder asimétrica, y ese apalancamiento se desvanece a medida que crece la fuerza de China y Pekín se reserva el derecho a responder. Su pregunta retórica, “si Estados Unidos adoptara una postura positiva sobre Taiwán, ¿no correspondería China?”, condensa la oferta implícita: el reconocimiento de la centralidad del asunto para Pekín a cambio de reciprocidad en otros expedientes.
La reacción interna estadounidense: el diagnóstico de los críticos
El mejor testimonio de que algo cambió proviene de quienes se oponen a Trump. Los demócratas del Senado criticaron con dureza la recepción horas antes de la llegada, acusando al presidente de ofrecer un trato excesivamente cálido que podría debilitar la posición estadounidense en asuntos que van de la inteligencia artificial a la manufactura.
La senadora Elissa Slotkin, de Michigan, ex oficial de la CIA y del Pentágono, dijo haber participado en decenas de visitas de Estado y que le resultaba “muy difícil” ver a Trump “desplegar la alfombra roja” y “caer rendido” ante Xi. Advirtió, además, contra cualquier acuerdo que permita a los fabricantes de automóviles chinos producir en territorio estadounidense.
Este debate revela que la discusión en Washington ya no es si China puede ser derrotada, sino cuánto cederle para estabilizar la relación. Incluso Rubio, al defender la ceremonia, no habló de victoria sino de que el vínculo entre ambos países “definirá el siglo XXI” y de que la visita era esencial pese a los desacuerdos profundos. Es el lenguaje de un gestor de riesgos, no de un vencedor.
El pulso en marcha
El objetivo declarado de la política estadounidense hacia China durante casi una década fue preservar una primacía que ya no se puede dar por sentada, contener el ascenso tecnológico, forzar concesiones económicas estructurales y disciplinar la conducta china mediante presión sostenida.
Los hechos de esta semana muestran otra cosa. La tregua se prorroga sin resolverse. El presidente de Estados Unidos concede honores inéditos. Sus principales funcionarios definen la relación como determinante del siglo y a China como potencia militar de primer orden.
El aplazamiento de armas a Taiwán se contempla como moneda de cambio. Y la agenda de encuentros futuros, con el APEC de noviembre en Shenzhen y el G20 de diciembre en Miami, según Bessent, confirma que el diálogo se institucionaliza entre dos polos.
Desde una perspectiva multipolar, el dato mayor no es quién ganó la cumbre, sino que se realiza en términos que ya no son los de la unipolaridad. Washington sigue siendo inmensamente poderoso, y su capacidad de dañar o de cooperar es real, pero su poder ya no le permite dictar la agenda.
Como resumió Shen Yi, la constante de la relación es que Pekín mantiene una postura estable y predecible en sus intereses centrales, mientras que la incertidumbre proviene del lado estadounidense. Esa asimetría de previsibilidad es una forma de poder.
Silicon Valley se sienta a la mesa, Pekín se queda sin ejecutivos
El resultado más revelador de la cumbre, más allá de los comunicados oficiales, puede leerse en la disposición de los asientos de la cena de Estado del jueves en el Salón Este. Junto a Xi, Peng Liyuan, Trump y Melania Trump se sentaron el CEO de Nvidia, Jensen Huang; la CEO de AMD, Lisa Su; el presidente ejecutivo de Apple, Tim Cook, y el CEO de Tesla, Elon Musk. Los cuatro suman un patrimonio neto combinado superior al billón de dólares, y sus empresas, una capitalización bursátil conjunta de más de 12 billones al cierre del mercado del jueves.
Wang Shengyu, investigador del Centro de Análisis de China del Asia Society Policy Institute, interpretó esa mesa principal como el reflejo de la centralidad creciente de la infraestructura de inteligencia artificial como posible fuerza de convergencia entre ambas potencias: Nvidia y AMD lideran el diseño de los semiconductores que entrenan los modelos de IA, mientras China sigue siendo un nodo crucial de esa cadena de suministro global, como centro de empaquetado y pruebas de chips y como proveedor de tierras raras. Wang añadió que estas empresas, con “gran exposición a China”, son probablemente las principales defensoras, dentro del empresariado estadounidense, de un mayor compromiso con Pekín.
El contraste con la última cena de Estado ofrecida a un líder chino, organizada por Barack Obama en 2015, es elocuente: aquella mesa incluía a Tim Cook, Mark Zuckerberg y Satya Nadella, pero también a figuras de medios tradicionales como Bob Iger (Disney) y Jeffrey Katzenberg (DreamWorks).
Esta vez, de los 39 líderes empresariales estadounidenses presentes, 15 —el mayor contingente— provenían del sector tecnológico, entre ellos Zuckerberg, Jeff Bezos y Michael Dell, además de directivos de Qualcomm y Micron, proveedores clave de la cadena de suministro de chips. La educación superior, en cambio, apenas estuvo representada por la presidenta de la Universidad de Nueva York, Linda Mills, lo que Wang señaló como prueba de la baja prioridad que la administración actual concede a los intercambios académicos, pese a que “el talento se está volviendo tan importante como la computación” en la competencia tecnológica bilateral.
Una ausencia resultó especialmente comentada: ningún representante de Anthropic asistió, en línea con la postura de su CEO, Dario Amodei, crítico abierto de Pekín y defensor de controles de exportación estrictos en IA. En cambio, sí fueron invitados Sam Altman y Greg Brockman, de OpenAI, pese a que esa empresa no tiene presencia operativa en China. Del lado chino, la ausencia fue aún más marcada: pese a la especulación previa sobre una delegación corporativa que explorara acuerdos de inversión, ningún ejecutivo tecnológico chino relevante estuvo presente el jueves.
Wang subrayó que ese vacío, frente a la destacada presencia de los cuatro gigantes estadounidenses, deja claro quién impulsa hoy el acercamiento empresarial. Victor Shih, especialista en política de élite china de la Universidad de California en San Diego, consideró poco probable que Xi se sorprendiera por la disposición de la mesa —”Estados Unidos es un país capitalista”—, aunque advirtió que ese protagonismo empresarial podría reforzar en Pekín la percepción de que la administración Trump “respeta la riqueza más que las instituciones gubernamentales”.
Los resultados sustantivos: lo confirmado y lo pendiente
Según la analista Wendy Wu, los controles a la exportación de tierras raras figuraban entre las prioridades de la agenda comercial y se esperaba que se abordaran durante la visita, aunque no se difundieron detalles concretos de ningún acuerdo.
Tampoco hubo información pública sobre compromisos de compra de gas natural licuado (GNL); Wu recordó el precedente de 2017, cuando las compras chinas de GNL estadounidense se estancaron con el rápido deterioro posterior de la relación bilateral, lo que ilustra la fragilidad de cualquier entendimiento alcanzado en el marco de una visita de Estado.
Pese a esas incertidumbres, Wu sostuvo que la cumbre no debe reducirse a una “congelación arancelaria para la foto”: la prórroga de dos meses de la tregua comercial generará, en su lectura, impulso para nuevas negociaciones. Sobre la posibilidad de que fabricantes chinos de vehículos eléctricos, como BYD, instalen plantas en Estados Unidos —una vía que interesaría a Trump por su énfasis en la manufactura doméstica—, Wu la calificó de muy improbable en el futuro previsible: grupos comerciales automotrices de Estados Unidos, Europa y Japón han pedido excluir a los fabricantes chinos, y existe oposición bipartidista en el Congreso, invocando seguridad nacional y competencia de precios.
Las preocupaciones estadounidenses sobre la inversión extranjera directa china fueron, de hecho, una de las causas del estancamiento de la Junta de Inversiones acordada durante la visita de Trump a Pekín en mayo, lo que confirma que ese expediente sigue sin resolverse pese al nuevo clima de cordialidad.
El enigma presente
El conjunto de estos elementos —el lenguaje corporal que no registra concesión alguna por parte de Xi, una mesa de honor dominada por la industria de IA estadounidense sin contraparte corporativa china, un simbolismo histórico que equipara la visita con los grandes deshielos de la Guerra Fría, y una agenda sustantiva (tierras raras, GNL, inversión automotriz) que permanece sin resolver— refuerza la tesis central del análisis principal, la cumbre exhibió gestos y pompa en abundancia, pero los resultados verificables se limitan, de nuevo, a una prórroga corta de la tregua comercial.
El poder de convocatoria de Washington sobre su propio sector tecnológico fue total; su capacidad de arrancar concesiones estructurales a Pekín, mucho más limitada.
Fuente: PIA
