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01/07/22
Temas: Pintura | Temas
Regiones: Bolivia
Cristian Laime, la identidad joven de la plástica aymara con acentos milenarios

Encontré por las redes sociales la obra de este joven artista plástico y me pareció una mezcla entre surrealismo y ese realismo mágico con el que nacen nuestras culturas latinoamericanas y caribeñas. Empecé a seguirlo y me impresionó la calidad de los trazos fuertes, con los colores de un tejido de aguayo vuelto en imágenes más grandes y definidas; me recordó mi paso por las calles paceñas, donde la pupila se afina viendo los contraste culturales, entendiendo como se renueva la cultura y sobrevive adaptándose a los tiempos, por algo dicen los escritores que la cultura no es una forma estática.

La pintura de Laime, con esa marcada influencia aymara, trata de estar en armonía con la Madre Tierra y hace que surja en parte de su obra una protesta por el abuso que comete el humano en contra de la Naturaleza, con el uso del plástico que ha remplazado elementos más naturales como el barro o las fibras orgánicas para la ropa, entre otras. Entonces emerge la figura femenina de su madre, ahora inmortalizada a propósito en su pintura, una musa vestida con largos metros de plástico que sustituyen ese aguayo de la tierra… el nailon que hemos asumido con naturalidad en una simbiosis extravagante y peligrosa contra la especie. 

En Correo del Alba quisimos conocer el pensamiento de Cristian Laime, su vida y novel obra que, sin duda, depara un prodigioso futuro en los más altos escalafones de las artes bolivianas y del mundo.

¿Cómo fue tu inicio en la pintura, cómo llegaste a orientarte hacia las artes?

Casi desde que tengo uso de razón los dibujos y las pequeñas pinturas en acuarela siempre fueron mi afición, una necesidad muy natural, nadie me lo impuso, ni tuve ninguna influencia cercana. Ya en la escuela me caracterizaba por esta faceta, como el que dibujaba y pintaba, por eso terminando el bachillerato tenía claro que esa era mi vocación

La técnica…

Generalmente uso una técnica muy antigua y académica, el óleo sobre lienzo; es una de las formas más nobles de representar una idea, un concepto, y en mi caso una de las mejores para poder expresarme, sin embargo, no soy ajeno a las nuevas técnicas, al contrario, me gusta mucho experimentar con diferentes materiales, la pintura acrílica igual tiene sus propias características, el secado rápido y la viveza de los colores que en sí mismo son expresivos… la acuarela y su fluidez, en algún momento, fue de mis mejores trabajos, el barro, los ocres y sus texturas las suelo trabajar como experimentos, como un contacto más cercano con las formas y los colores que hacen que una idea pueda ser más sensible al ojo humano.

¿Qué significa para ti la pintura y el arte?

El arte es uno de esos conceptos más ambiguos en su significado, al que a lo largo de la historia muchos autores, filósofos, historiadores, poetas y pintores intentaron aproximarse, plantear un significado en común, el que aún ahora yo no puedo comprender ni expresar correctamente, porque siento que, como ellos, solo puedo dar y hacer una aproximación.

Para mí el arte es tan sublime que ni siquiera se puede llegar a entender en su magnitud, es esto que la humanidad hace para tratar de entender el mundo, su mundo, que para cada generación es distinto y que a lo largo del tiempo nos da una idea de la historia, por lo que hoy y ahora podemos identificar como nuestro pasado, nuestra cultura. Del mismo modo podrán ver las futuras generaciones a nuestro mundo, a nuestro tiempo, el arte, por lo tanto, la pintura, la escultura, la arquitectura, entre otros… tienen esa capacidad sublime de perdurar en el tiempo.

Tu pintura tiene características sociales, con su toque aymara que se vincula con la tierra, con la cultura indígena ¿cómo la defines tú?

Toda pintura y arte, en algún momento, tiene un corte social, de acuerdo a su contexto y la concepción del mundo en el que habita; creo que mi trabajo no es la excepción, sino al contrario, que lleva una carga social-cultural más fuerte, que se convierte en una tregua entre forma y contenido.

Soy partidario de que el arte siempre debe expresar una idea, no solo personal, sino también colectiva, ya que lo uno es el reflejo del otro, y si las masas no pueden entender este arte es que no se identifican, por tanto algo falla en este diálogo estético entre el artista y su cultura; y si algo falla significa que no puede ser considerado arte. Arte es el testimonio, la huella trascendente de la humanidad en un momento determinado.

Sé que soy un sujeto alienado, que los medios que utilizo para expresar mi forma de hacer arte no son propios de mi pueblo, pero ¿qué es mi pueblo? Lo aymara implica un conocimiento de las culturas precolombinas y ancestrales y se sitúa en ese contexto, en un tiempo del que casi no se tiene más memoria que el idioma y alguno que otro vestigio arqueológico; la sociología me puede dar la razón al decir de que la cultura indígena aymara no es la misma de hace cientos de años, en el que el medio más habitual de hacer arte fueron la escultura, la cerámica y los textiles.

“Arte es el testimonio, la huella trascendente de la humanidad en un momento determinado”

¿Dónde entra entonces la pintura al óleo sobre lienzo de Cristian Laime en el mundo andino aymara?  

La respuesta está ahí, en que el mundo andino no es el mismo de hace más de 500 años porque existe este nuevo concepto del sincretismo, donde lo originario se difumina con lo europeo y nace el barroco-mestizo, luego de esta síntesis la mujer aymara deja la bayeta de tierra y viste las sedas europeas… nace la chola, que es la máxima expresión viva de la cultura.

Claro que este proceso no fue ni de lejos un cambio natural, en su trayecto está la huella indeleble de la sangre y la sobreexplotación y casi extinción de múltiples culturas americanas. En todo ello es donde mi trabajo trata de buscar una voz de identidad, de nueva cultura, con valores milenarios, pero con nuevas estéticas.

La musa y modelo de la mayoría de tus cuadros ha sido tu madre ¿por qué?

A raíz de un hecho común a toda nuestra generación, la pandemia, me había cerrado muchas puertas, pero igual había abierto otras, algunas de las que tenía miedo, como a quedarme sin trabajo y poder dedicarme a esto que tanto me apasionaba y a lo que no le ocupaba las mejores horas del día.

Me propuse hacerle un retrato a mi madre, ya tenía en mente unas cuantas ideas, confieso que el confinamiento me había forzado a repensar algunas de ellas; el uso del plástico como textura, el concepto de medioambiente y cambio climático eran meras excusas para el tema primordial: la casi sutil presencia del rostro de mi madre como tema en primer plano tiene un contexto más profundo, de que su imagen sea perdurable en el tiempo, de que su presencia pueda ser equiparable a las grandes obras maestras del arte universal, que pueda ser elevada a la categoría de arte –no cualquiera tiene ese privilegio– y algo más simple aún, del anhelo de un hijo de que su madre sea eterna.

¿Cómo piensas que ha influenciado en tu entorno, en lo familiar y en lo personal, la transformación política de estos últimos años que ha vivido tu país?

El país siempre ha estado convulsionado, creo que es el proceso más común de toda nación para que se generen cambios sociales, y creo que muchas más transformaciones se vienen en los años posteriores, esperemos que para bien de la sociedad y su desarrollo cultural.

Estos últimos años el cambio del país, a raíz de la crisis política, y por supuesto la crisis mundial a causa del virus, habrán transformado la mentalidad de la gente, del valor de la vida fundamentalmente; sin embargo, al mismo tiempo, valores de la misma importancia, como el cuidado de la Madre Tierra, siguen como siempre.

A nivel personal, y en cuanto a lo que debo decir como artista, me hace analizar mucho más los hechos humanos como el cambio climático y la contaminación, y creo que es mi responsabilidad hablar de ello con los medios que me sean posibles.

A la Revolución Cultural de Bolivia ¿qué agregarías y que quitarías?  

A la Revolución Cultural le quitaría todo, y no le agrego nada. En estos últimos años he visto que a nombre de “revolución” tergiversan muchos de los aspectos esenciales de la cultura; tengo algunos ejemplos pésimos, como el uso indiscriminado de la Chacana (Cruz Andina), el uso indiscriminado de la religiosidad andina en el caso de Tiwanaku y sus “sacerdotes” que no tienen un origen definido, y que hacen uso y desuso de símbolos y elementos ancestrales como una mala copia, un cover de mala calidad, que cae en lo cómico. Lo sé porque el ciudadano andino de a pie sabe que el contexto no funciona de esa manera, si bien hay una religiosidad y una espiritualidad andino-amazónica, de respeto a la Pachamama y a sus elementos, me parece que el desarrollo cultural es un proceso gradual y de lento proceder, y cuando se quiere forzar este hecho se corre el riesgo de que la cultura se fragmente y se pierda en el olvido. Al tener una cultura milenaria tan rica puede ser fácil perder el horizonte convirtiéndola en algo frágil.

Sí creo en los conceptos de revalorización, de identidad y de cultura, y por lo tanto preservarlas será un trabajo en común como sociedad.

¿Se puede vivir del arte?

Claro que sí, se puede vivir del arte como se puede vivir del aire, como del agua, por lo que mi pregunta sería, ¿se puede vivir sin arte?

La respuesta sencilla es que un ser humano mientras haga lo que más ame hacer y se sienta libre de hacerlo puede vivir de ello, independientemente de lo económico. Es bien sabido que un artista, en mi caso pintor, no está alineado con el sistema y los réditos económicos que brinda un trabajo convencional.

Creo que vive de su arte un pintor tanto como un músico, un poeta, una bailarina; las diferencias pueden ser abismales entre uno y otro, pero cada uno, según lo que le apasiona hacer, puede elegir de vivir libremente con lo mucho o con lo poco que esto le dé para comer de aquello a lo que le ha dedicado la vida: sin su arte no podría estar vivo.

¿Cuántos premios y reconocimientos has obtenido desde los inicios de tu trayectoria como artista plástico?

Uno de los mayores premios que se otorga al arte nacional es el concurso Pedro Domingo Murillo, del que me hicieron acreedor el año 2018 con la obra “Himno Nacional coro general”.

En 2012 gané el primer premio del concurso nacional Eduardo Abaroa, en la categoría de Pintura, con la obra “Siglo de injusticia”. En 2010 el salón “ANBA”, también primer premio. Y el mismo año gané el concurso Arte Joven en la galería NOTA y la Embajada de Italia.

Eso  entre otros y satisfactorios reconocimientos que reafirman mi vocación a lo largo de mi trayectoria como pintor.

Fuente:
Correo del Alba

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