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20/05/22
Temas: Cultura
Regiones: Argentina
Entrevista con Luisa Calcumil, actriz, cantora, narradora popular y dramaturga mapuche
Calcumil: “Ni raíz ni dueños: somos mapuche, gente de la tierra”
Por Bárbara Schijman

El arte como vehículo para narrar la identidad y preservar la memoria. La tecnología, la escritura y los riesgos de la deformación de la lengua en las culturas orales.

Se define como “una mujer mapuche, actriz, cantora, narradora popular y dramaturga”. Sus propuestas, todas ellas de cuño indígena y popular, surgieron con “inquietud artística y espíritu paisano”. Nació en el Alto Valle de Río Negro, en Fish’c Menuco, una localidad que la Conquista del Desierto rebautizó como General Roca. A los 23 años descubrió, un poco de casualidad y un poco entre sueños, que el arte sería un aliado indisoluble en su vida. Desde sus inicios llevó al cine y al teatro temáticas que defiende a ultranza, como la cultura, las costumbres y la idiosincrasia de los pueblos originarios. Para la artista rionegrina, “el arte es un modo de estar en la vida; el arte se nutre de la vida y la vida del arte”.

–Tanto a partir del canto o de la actuación, las cuestiones vinculadas con la identidad y las tradiciones de la comunidad mapuche siempre ocuparon un rol central. ¿Cuándo sintió la necesidad de plantear desde el arte la defensa de su palabra y sus orígenes?

–Vi teatro de joven, de adolescente, pero no me atrajo, me pareció solemne y antinatural. Años después acompañé a una amiga a tomar clases de teatro porque no se animaba. En esas circunstancias, Eugenio Filipelli, un director y gran maestro de teatro independiente, llegó hasta el Sur. Acompañé a mi amiga pero le aclaré que yo no pensaba hacer ese taller. Estaba en la platea mirando las primeras consignas del taller y Filipelli me dice: “Bueno, ahora te toca a vos”. Le contesté que no me interesaba pero insistió para que me subiera al escenario. Y todavía no me bajé. Supongo que también habrá influido en mi elección el haber vivido una infancia en una casa humilde, de gente trabajadora de raíz indígena, campesina y barrial, con padres espontáneamente solidarios y sin discursos. Se vivía así. Sigo sintiéndome representada por la palabra humilde, el sector humilde y trabajador. Después aparecieron otros conceptos y tipificaciones que no me representan.

–¿A qué se refiere concretamente?

–Hay tipificaciones con las que no me identifico. Por ejemplo, en muchas ocasiones se habla de “lo marginal”, que tiene mucho de prejuicio y que no deja pensar cómo será el universo del otro o cómo podemos hacer para que ese sea nuestro universo también.

–¿Cuánto cambió, con el paso de los años, su trabajo sobre el escenario?

–Comencé haciendo teatro argentino pero percibía que había cosas que no las sentía como el resto de la gente. Indagar en la historia y en las situaciones que nos han tocado vivir en los años de la última dictadura militar me fueron transformando, me fui informando e interesando por cosas que no solo tenían que ver con el sector indígena sino también con el sector trabajador y con las mujeres. Mi acercamiento al teatro estuvo ligado, al mismo tiempo, con cierta necesidad de celebrar, de crear, de jugar y de conmover fundamentalmente. Una vez que empecé a trabajar seguí estudiando y trabajando a la vez. Ha sido simultánea esa formación con distintos maestros, estilos y producciones. A veces con mucho dinero, otras veces con poco, pero siempre ahí. Cuando no había personajes para mí me ofrecía para hacer luces, escenografía o sonido. Trabajar desde ahí fue un gran aprendizaje también.

–En una oportunidad en la que se le pidió una reflexión sobre su tarea dijo que “la cultura mapuche, con su culto al trabajo y el respeto a la persona, tiene mucho que aportar en este momento de grave amenaza a algunos aspectos vitales de la condición humana”.

–Se ha avanzado en esa consideración y en el espacio que nos han dado, pero también nos vemos envueltos, como el resto de la humanidad, en la inmediatez y el oportunismo. Todo es un flash. En este momento es muy difícil tener ese tiempo, ese objetivo de escuchar al otro, de ponerse un rato a la par, de observarnos y tenernos en cuenta. Aunque no hablemos, aunque no tengamos una acción concreta, materializada. Un proverbio mapuche dice: “No somos solos, no estamos solos”. Nos han criado a partir de esa génesis, con muy poquitas palabras y a veces con ninguna, pero en este sector humilde en el que me crie había voluntad, no nos robábamos ni nos hacíamos daño.

–¿Qué recuerdos vienen a su mente cuando piensa en la infancia?

–De chica escuchaba las conversaciones de mi papá con otros hombres, con otros trabajadores o con mi mamá, con mi comadre o con las vecinas. Era una época en la que venía mucha gente de Chile, con familia, caminando, casi anocheciendo; gente que no tenía a dónde ir. En mi casa, que era muy humilde, mi papá y mi mamá decían: “Pero cómo van a seguir caminando en la noche con esos niños. Pasen la noche acá”. Yo me ofrecía para hacer de niñera, mi mamá no quería, pero yo lo hacía para que la vecina pudiera salir a trabajar. De esas vecinas aprendí mucho también. Criados de una forma no heroica sino natural; no se concebía ser de otro modo. Creo que en la infancia, esa etapa en la que los niños absorben tantas cosas, está todo el caudal, la fuerza, la inocencia.

–¿Cree que la sociedad conoce realmente el origen y las razones de las reivindicaciones de los pueblos originarios?

–El modo en que estamos viviendo todos, indígenas y no indígenas, hace que no exista ese tiempo para pensarse con el otro. La propuesta de lo material y del confort como si fuera ese todo el objetivo. Yo no me siento ni tan inteligente, ni héroe, ni machi, ni sabia. Es simplemente mirar con honestidad el día a día y no sentirse ni mártir ni héroe sino responsable. La palabra responsabilidad… Eso va desde que se es niño hasta que se es anciano. Muchas veces se les garantiza todo a los niños; después, cuando salen a la vida, no tienen paz porque no la vieron, no la recibieron o no se dieron cuenta. En ocasiones veo padres más adolescentes que sus propios hijos. Lo que digo tiene que ver con la dignidad, el trabajo, el conocimiento, con el estar despierto. No cuesta tanto.

–Recién hablaba de responsabilidad, y cuando se le pregunta por su faceta artística, siempre dice de usted que es “una artista con responsabilidad”. ¿A qué alude con eso?

–Se me fue presentando esta idea ante la posibilidad de hacer cine. Jamás soñé con filmar una película. O sí, lo soñé. Nosotros en la cultura mapuche tenemos los sueños como señales, como aprendizajes. Pero no lo tenía tanto en cuenta. Tenía 22 años y estaba haciendo algunos juegos con un maestro de teatro que había empezado a venir a estos lados. Le conté que había soñado que iba a filmar una película. Todos mis compañeros se largaron a reír y me cargaron por varios días. Algunos años después, tal como lo había soñado, dos desconocidos, como esas dos personas que me vinieron a buscar en el sueño, se acercaron a mi casa para decirme que querían que hiciera Gerónima. Esas dos personas fueron Raúl Tosso y Carlos Paola.

–¿Qué recuerda de esa primera película?

–Fue muy conmovedor y un gran aprendizaje: la experiencia íntima y la experiencia con los demás. Una de las cosas que me asombró y me llamó mucho la atención fue descubrir que el éxito revoluciona a la gente. Creen que el éxito ronda en todas partes, que cada uno va a ser tocado con la varita mágica. Algo que yo no entendía. Estaba preocupada por esa responsabilidad de llevar adelante el rol de una persona que había existido, que también seguramente tendría familiares por acá, por el campo. Eso me quitó el sueño. Es una responsabilidad muy grande cada vez que se abordan temas que tienen que ver con nuestra cultura. Me he pasado la vida estudiando y aprendiendo de nuestra propia cultura.

–En tiempos de luchas y reivindicación de derechos, de avances y pendientes, ¿qué sucede hoy con los estereotipos y las luchas de las mujeres en el seno de la comunidad mapuche?

–En el país hemos logrado muchas cosas con el colectivo de mujeres. Pero en el caso de la cultura mapuche esa consideración también viene del hombre. Del hombre mayor, del adulto, del más joven, incluso de los niños. Hay algo natural. Se ve claramente en nuestras ceremonias, en el Kamaruco o el Nguillatún, donde hay roles muy nobles, precisos e intocables. La vida cotidiana de las comunidades va generando actividades necesarias, indispensables y posibles. Tal vez para quien mira esto desde afuera, o de manera temporaria, no sean eficaces o primordiales. Pero existen referentes. Conozco rucas con familias que, más allá de los cargos, son visitadas, consultadas y cultivan un vínculo respetuoso, responsable y solidario no solo con los lugareños sino con la gente que va de paso. Han heredado de sus ancestros esos modos. Hoy existen leyes que se lograron con esfuerzo, lucha y trámites. Ha mejorado la vida de nuestra gente, pero no todos se han puesto al amparo de estos logros.

–¿En qué sentido?

–Llama la atención que, en nuestro país, la palabra “paisano” con frecuencia se usa de manera despectiva. El gran Atahualpa Yupanqui nos dejó dicho: “Paisano el que lleva el país adentro”. Si hablamos de raíz aquí en el Sur, sugiero pensar en el viento que modela no solo nuestro acento sino también nuestro carácter. “Lo que el viento no arranca, lo afirma” nos dejó escrito el poeta de Ushuaia, Julio Leite. Pienso en Aimé Painé Iem, nuestra primera cantante mapuche, quien nos cobijó y fortaleció con su pensamiento: “Saber quién es uno es el principio de ser culto”. Nuestras ancianas nos dejaron dicho: “No estamos solos, no nos gobernamos solos”.

–Se dice que antiguamente la comunidad mapuche era matriarcal. ¿Lo sigue siendo? 

–Es notable el lugar que tenía y tiene la mujer en las comunidades, en el ámbito de nuestra cultura mapuche. De eso dan cuentan las ceremonias ancestrales y antiguas, como el KamarucoKamaricún o el Nguillatún. En estas ceremonias tenemos distintos roles, que se heredan o se asumen de común acuerdo con quien lleva adelante la rogativa. Las ancianas y los ancianos son valorados y tenidos en cuenta en situaciones no solo espirituales sino también en cuestiones de derechos territoriales políticos y como fuente de conocimiento. En nuestra cultura, de la cual se dice que muy antiguamente era matriarcal, la mujer es la encargada de transmitir los valores. Si bien la influencia de la cultura occidental ha teñido mucho las relaciones, el hombre mapuche reverencia el conocimiento y la capacidad de la mujer. Vivimos en una sociedad que margina, que mete en geriátricos a sus padres y trata mal a la gente grande, pero para el pueblo mapuche las abuelas son quienes llevan la sabiduría; la mapuche es una cultura oral y son las abuelas las que la guardan en su memoria. También los abuelos, pero mayormente las mujeres. Después de la derrota que significó la Conquista del Desierto fueron solo ellas quienes pudieron recordar cómo vivía su pueblo y mantener vivos sus conocimientos.

–Contaba recién que la mapuche es una cultura oral. En la escritura muchas veces aparecen deformaciones del habla, de la lengua. ¿Qué piensa sobre esto?

–Es un riesgo. Eso me interpeló fuertemente porque las ancianas partían y partían, y no iba quedando nada salvo su familia. La misma querida e irremplazable Aimé Paine ya no está. Entonces creo que está bueno que se escriba, pero que se escriba con una ética como cuando se escribe con otras culturas o para la vida propia. Que esa escritura sea cercana a lo humano, a la condición humana y no antojadiza.

–¿Teme que el tiempo, las nuevas tecnologías, la partida natural de las abuelas socaven la permanencia de las tradiciones?

–Estamos viviendo un tiempo que nos interpela. Si con esto que está pasando no replanteamos nuestra resistencia, nuestra vida cotidiana y nuestras visiones, poco va a quedar. Hay algo que el universo nos está diciendo. Es tan concreto, tan tremendo y tan inconmensurable que uno se siente nada. En la actualidad, con la tecnología que ofrece multiplicidad e inmediatez, algunos temas importantes se banalizan o estereotipan, provocando una adhesión pasajera que prontamente cae en el olvido. Se dice, se escribe: “Ustedes son la raíz”, “Ustedes son los dueños de la tierra”. Ni raíz ni dueños. Somos mapuche, gente de la tierra. Esta concepción implica pertenencia, responsabilidad y convivencia, alejada de toda jactancia.

–¿Cómo analiza la cobertura que los medios de comunicación masivos suelen dar a las problemáticas o demandas de los pueblos originarios?

–Hay cierta misión de cubrir la nota o de llevar lo más importante o impactante a la pantalla y después nadie vuelve sobre ese tema, sobre cómo se las arregló esa comunidad o cómo cambió su vida. Seguramente hay detrás de eso muchos ejemplos de sobrevivencia y de gestos humanos que no aparecen porque no vende, aburre, no entretiene. Creo que en algún momento la mayoría va a pensar en esto. Porque si no vamos a un destino muy terrible y lo estamos generando los humanos, no solo con la naturaleza sino con nosotros mismos. Por eso será que en distintas épocas han aparecido diferentes religiones, mesías y todo eso. Yo no espero a un mesías; espero que nosotros entre todos, cultivemos la paz o lo que vayamos pudiendo hacer.

–En su extensa trayectoria actuó, cantó, escribió y fue reconocida en el país y en el exterior. ¿Qué momento o qué imagen la sintetiza como artista?

–“Con lo poquito que tengo, con lo nadita que soy, mientras me dure la vida cantando se a donde voy. Con lo poquito que tengo, con lo nadita que soy mientras me dure la vida, cantando sé adonde voy”. Que estas estrofas lleguen como un abrazo de una mujer de raíz, de mujer argentina, de este tiempo. Como mujeres que somos capaces de andar a la par de los hombres, de los hijos, de los amigos, de los luchadores, de los soñadores.

Una artista con responsabilidad

Actriz, cantora, narradora popular y dramaturga mapuche, Luisa Calcumil nació en 1950 en el Alto Valle de Río Negro, en Fish’c Menuco, que en lengua mapuche significa “pantano frío”, el nombre de aquellas tierras antes de la llegada de Julio A. Roca.

Comenzó sus estudios de teatro a los 23 años en uno de los primeros talleres de la zona.

En 1986 protagonizó Gerónima, una película de Raúl Tosso. También actuó en Amor a AméricaHijo del río y El grito en la sangre. Con el tiempo comenzó a escribir sus propias obras, entre las que se destacan Es bueno mirarse en la propia sombraAlma de maízLa tropilla de RupertoFolil, y unipersonales en los que incorpora música, relatos y distintos aspectos que forman parte de la cultura mapuche.

Su trabajo La Cantora estuvo nominado para los Premios Gardel 2008 y fue ternado como Mejor Álbum Nuevo Artista de Folclore.

Inspirada en la artista mapuche Aimé Painé, a quien define como “una hermana”, Calcumil escribió una obra de teatro en plena pandemia. Paso El Reparo, con Silvina Mañueco, Lilen Quintin y Mariana Calcumil, que se presenta los viernes de abril y mayo en la sala teatral “Feliza Camú” de Fish’c Menuco. En junio próximo estrena, en cine, Cuentos de la tierra, de Pablo Nisenson y Viviana Suarez.

Llevó la voz del pueblo mapuche por toda la Argentina y más allá también. A lo largo de su carrera participó en festivales a lo largo y ancho del país, así como en México, Perú, Brasil, Paraguay, Cuba, Uruguay, España, Francia, Alemania, Dinamarca, Bolivia, Estados Unidos y Australia. Recibió numerosos premios y reconocimientos, entre ellos, el Gran Premio Trayectoria del Fondo Nacional de las Artes (FNA) en 2020. 

Fuente:
Página 12
Etiquetas: Luisa Calcumi | Mapuches

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